Deje de ser cretino

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Miserables mercachifles con pretensiones de escritores que durante más de ochenta años nos han condenado al oprobio, a la vergüenza de querer ser normales. Más o menos desde la II Guerra Mundial para acá (1945), cuando la producción de libros norteamericanos cayó sobre Europa como una lápida, de la misma forma que les abríamos a Hollywood las puertas de nuestras salas de cine para vender su enorme producción, parte de la cual ni los propios norteamericanos querían.

Fueron libros envenenados que todavía tienen millones de lectores y apartados privilegiados en las grandes librerías: tratados de autoayuda o, lo que es lo mismo, un señor que no sabemos de qué iba exactamente, si estaba o no preparado para darnos tales consejos, nos decía y sigue diciéndonos cómo llevar nuestras vidas para ser felices.

La felicidad se impuso como norma, lo que tenía su aquel en países que estaban enjugando las lágrimas de una guerra cruenta que había arrasado a Europa.

Ser feliz era la norma. Quien no lo fuera o no lo quisiera ser, paredón. ¡Formen! ¡Apunten! ¡Fuego!

Esos tratados de todo y de nada donde desde psiquiatras famosos nos aconsejaban cómo ser estupendos de la muerte y abandonar el espanto de una vida de desgraciado, que es lo más natural del mundo.

Teníamos que ser felices, decían los enterados y a nosotros, pobres lectores apenas alfabetizados y, sobre todo, aplastados por una guerra injusta (no, no hablo solo de la II Guerra Mundial, guerras hay todos los días y nosotros somos víctimas sin apenas percatarnos), no nos quedaba más remedio que asentir y seguir leyendo para enmendarnos. Los autores de esos libritos, por llamarlos de algún modo, se han hecho ricos, lo cual da una idea de la cantidad de desgraciados que leíamos sus libros para ser correctos, es decir, felices, triunfadores y gozosos. Abajo la tristeza.

Como millones de personas en el mundo caí en la trampa y hasta hace unos pocos de años me metía entre pecho y espaldas todas esas recomendaciones, cada cual más absurda, para conquistar la felicidad.

Según un suplemento del diario español El País, parece notarse una tendencia contra los libros de autoayuda en las mismísimas librerías. Es decir que probablemente algunos que escribieron algunos de esos mamotretos con trucos para ser correctamente feliz se han cansado y se han pasado a la oposición. Se nota un movimiento contrario y ya han salido algunos títulos como Un enfoque contra-intuitivo para vivir una buena vida, de Mark Manson, un anglosajón, por supuesto, es uno de ellos (¡y menudo título el suyo!). Eso es lo que parece que está ocurriendo, porque la imbecilidad no tiene remedio.

Se supone que de aquí en adelante quien lea uno de esos libros se encontrará lo contrario de los clásicos de auto ayuda. Ya no te dirán cómo ser feliz a toda costa o al menos aparentarlo,

La verdad es que, en el fondo, los libros que querían convertirnos en gente exitosa y maravillosa tienen su gracia. Provoca cretinismo acelerado porque es realmente difícil querer ser lo que uno se ha esforzado toda la vida por ser sin haberlo conseguido jamás.

Afortunadamente, estos nefastos depresores se ponen a la venta ahora solamente.

¿Imaginan qué hubiese ocurrido si Marilyn Monroe hubiese tenido a mano uno de esos libros donde te enseñan en unas cuantas lecciones a ser tonto y conformarte?

Sencillamente, Marilyn no hubiese existido.

Las nuevas teorías sobre nuestra felicidad-infidelidad podrían traducirse en el chiste que suelen contar los andaluces cuando hablan de milagros. Un tetrapléjico acudió a una romería que tenía lugar en un monte donde se erigía la capilla a la virgen más milagrosa de la región. El hombre llegó suplicando mejoría hasta que durante la procesión, uno de los que guiaban su sillón de ruedas tuvo un mal paso y el vehículo y el enfermo salieron disparados cuesta abajo. Entonces dicen que se oía al ocupante del vehículo suplicar a grito pelado: “¡Virgencita, Virgencita, que me quede como estoy!”.

En el fondo, la sabiduría en materia de ser mejor o peor o en acuerdo o en desacuerdo con lo que manda la santa inquisición de la sociedad estriba en contentarse con a lo que cada cual le ha tocado en suerte.

Recuerdo uno de esos libros destinados a ayudarnos para ser más felices donde un conocido psiquiatra aconsejaba como ejercicio diario e imprescindible rellenar todos los días una hoja con dos apartados POSITIVO y NEGATIVO. Es decir, había que reseñar en el primera columna todo lo bueno que habíamos encontrado en aquella jornada y en la otra todo lo malo. Al cabo de media hora renuncié a seguir adelante. Las incidencias negativas eran tan abrumadoras que seguir adelante no podía conducirte más que al suicidio.

Pero ya se ha acabado la dictadura de la felicidad a toda costa, de la sonrisa cinematográfica incluso cuando las cosas van mal.

Tratemos de ser nosotros mismos y dejémonos de rellenar hojas comparativas. La felicidad no existe más que en función de uno mismo y nunca por comparación con los demás. Que un atleta mundialmente conocido parezca ser el hombre más feliz del universo porque exhibe en su brazo un reloj que cuesta la friolera de 800.000 euros tiene que dejarme indiferente. Primero porque lo debería de pensar es que nadie necesita gastarse esa monstruosidad de dinero para saber la hora, que finalmente sirve de poco o simplemente que está uno atrasado. Y segundo porque si ese señor necesita echarse encima tamaño aparato para que se le ponga la sonrisa estúpida que nadie suele lucir es porque, realmente, es un desgraciado o tiene serios problemas que no solucionará por muchos libros de autoayuda que lee. Suponiendo que sepa leer, claro.

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