La virgen de Cannes

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Entre el futbolista estelar (varios millones de euros por mes como sueldo base) que se pasea por el mundo arrastrando su pena penita pena de que no le quieren lo suficiente, y mira que el muchacho es guapo y apuesto en todos sus huesecitos, y el presidente de Corea del Norte que en medio de todas las necesidades de su pueblo se empeña en asustar a sus vecinos con cohetes que un día pueden dar en la diana, me quedo con aquel compañero de prensa que un día fue feliz.

No quería volverá hablar de festivales de cine porque ya me aburren, No ha quedado nada de cuando te preparabas para asistir a uno de ellos, en Europa o en América, con la ilusión de que ibas a descubrir cosas.

Y la verdad es que siempre descubrías algo. O bien una película a la que nadie había hecho caso y que tú acogías con el mismo entusiasmo que cuando de pequeño e inocente pretendías que un día irías en busca del tesoro de Barba Roja en aquella isla perdida en el Caribe, que entonces era otro misterio. Ahora la visitan los dañinos tifones que ya no tienen ni la gracia bendita que podía darles un cineasta de talento como Resnais, Alain. Todo se está yendo al carajo a la velocidad del cohetito de Pyong Yang que un día cabreará de veras al inestable Mr. Donald Trump y se armará tremendo lio.

Un año en Cannes –entonces no se iba al Festival de Cine, se comulgaba con películas, actores, el público ni existía porque era cosa de profesionales—asistí a una tremebunda historia de amor que nunca he contado porque hasta a mí que la viví me parece irreal. Y porque lo es, claro, que mi creciente locura todavía me deja ver claro de rato en rato.

Jacques era un tio soñador, que me descubrió muchas razones para amar el cine. Lo suyo era navegar entre estrellas y directores menos talentosos disparados del casquete polar, vamos que estaban en la fase de lanzamiento de una inminente explosión nuclear de talento.

Aquel Festival en Cannes empezó como siempre, con el primer plato de la temporada de espaguetis carbonara, que se disputaban en nuestro pequeño bistro hasta los cineastas italianos recién llegados del otro lado de la frontera porque eran y creo que siguen siendo los mejores del mundo.

Jacques andaba cabizbajo y apenas si hacía caso a la deliciosa pasta que Mariette le había servido con más cariño que a mí. Porque la verdad es que amén de ser un excelente reportero, con una pluma que le hubiese gustado tener a Sacha Guitry, mi compañero de habitación festivalera era un gran enamorado.

Ya estaba bebiendo los vientos por Francesca, a la que ni conocía, pero que nos llegaría al día siguiente para ser la sensación de Cannes con una película en la que decían dejaba bizca a la mismísima Silvana Mangano y a su arroz ese tan amargo del que todos habíamos repetido más de una vez.

Se contaba que Francesca tenía 17 años, ojos del mar cuando pasa por Capri, un talento innato y, como curiosidad, que estaba absolutamente, rigurosamente y certificadamente virgen de nacimiento. Todos los periodistas conocían sobre todo a la mamma espantosa que siempre la acompañaba, una napolitana de 142 kilos que tenía una lengua capaz de parar en seco a toda la VI Flota norteamericana en la bahía de Niza.

Los primeros ocho días del Festival fueron apoteósicos. Por primera vez los biquinis aparecían en las playas privadas de Cannes y Francesca triunfaba sin apenas abrir la boca.

Jacques se había vuelto taciturno y dos días después me dijo que aquella noche tendría la habitación para mí solo, que hiciera lo que quisiera.

Al martes siguiente tuve que tomar el tren para París –aquello de los aviones todavía era demasiado lujoso para nosotros—porque me necesitaban para cubrir no sé qué evento. Jacques quedaba a cargo de toda la cobertura aunque yo llevaba ya cuatro días sin verle.

Cuarenta y ocho horas después subía el último tramo de escalones del 25 Rue Royale donde tenía su sede nuestra agencia de prensa cuando oí el inconfundible alarido que nuestro director general –escapado de la revolución húngara de 1956– solía soltar cuando algo le sacaba de foco (así decía él, que se las daba de muy cinematográfico).

La bella Josiane –todo era bello en aquel tiempo, hasta los huevos duros de mi almuerzo—salió a recibirme con cara espantada. Sus labios propios de un primer plano de Fellini en aquella película, La dolce vita creo que se llamaría, estaban excitadísimos. Y quien no ha visto sus labios rojos bermellón a punto de reventar no puede saber de qué hablo.

Mientras sus patéticas lágrimas corrían por su rimmel me explicó que Jacques, al que habíamos dejado todo el peso de la cobertura del Festival de Cannes, se había vuelto loco o algo parecido. Toda la prensa parisiense, sin contar la de las Maldivas y de Indonesia, traían aquella mañana en primera plana lo que estremecía a Cannes: la virginal Francesca había desaparecido de su hotel pese a los doce mafiosos enviados especialmente por el consejo municipal de Corleone que la custodiaban y acababa de saberse que había declarado que estaba enamorada y que había entregado su virginidad, hasta entonces tan bien guardadas por las autoridades de toda Italia, a un francés. ¡Nuestro Jacques era el agraciado y ni siquiera había mandado una sola línea explicando aquel romance, lo cual provocaba el furor de nuestro director bien amado!

Francesca –ya han pasado ocho meses, tres trimestres y dos días, para eso estamos metidos en el cine—se convirtió en una estrella de dimensiones tan asteroides que todos identificaban por f, y bastaba.

Una tarde de luna llena, tomaba un té –era mi época ecológica—en el Ritz de París con una amiga que todos los días me sorprendía con un nuevo Channel. Contemplaba su belleza, pocas mujeres eran tan bellas como ellas, cuando divisé a mi amigo Jacques unas mesas al oeste. Apenas si se le veía porque el lugar estaba invadido por cámaras y esos grititos característicos entonces de las prima donna estrellas de las emisiones rosa de la tele.

Por supuesto, Francesca era la atracción de aquella verbena.

Rodeé la multitud y por fin pude estrechar la mano de mi amigo y compinche Jacques, aislado en una mesita con un café con leche sin azúcar.

No le quitaba los ojos a Francesca que dominaba la situación. A su lado, un señor orondo hasta la desesperación con cara satisfecha.

–Sí, ya sé lo que me vas a decir –se adelantó Jacques–. Han firmado un contrato para Hollywood y yo recojo las migajas, pero no me importa. Y Francesca lo sabe. Tiene miedo que en un acceso de celos un día yo subaste su famosa virginidad, que tengo guardada en esta cajita de plata comprada en Cartier y de la que no me separo nunca. Hasta ahora, la oferta más alta me la ha hecho un fiscal multimillonario y norteamericano de una isla del Pacífico Sur (40.255.000 euros). El tío es multimillonario, está por lo visto mal del coco y dice que lo que yo tengo puede ayudarle a entender la mentalidad de una mujer alcanzada por la fama.

Yo siempre había previsto un final más romántico para aquellos dos amantes de Cannes. Pero así es el cine, inextricable.

Llame al camarero y le pedí un güisqui doble seco. Y que me trajera dos de repuesto.

Como esto no es más que un cuento que pudo ser realidad, les precisaré que lo que decía Jacques no era ninguna alegoría. En complicidad con una gitana especializada en bodas gitanas donde las novias son sometidas a la llamada “prueba del pañuelo”, forma de verificar que la candidata sigue virgen, se había hecho con el himen que él custodiaba como un loco sarraceno la cabeza de San Juan Bautista.

Pero no me hagan caso. Cuando me da la fiebre, el especialista me ha advertido que puedo decir cualquier cosa. Él tampoco se cree la historia del himen pero en cada visita me pregunta cómo creo yo que ocurrió aquello.

Ya he terminado el segundo doble güisqui y el camarero viene a caballo con la reserva.

Autor entrada: onmagazzine