La bohemia de Guillén en París

Rafael Lam | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Nicolás Guillén, el Poeta Nacional, ya era conocido en Francia cuando fue a residir como exiliado en 1955. La diva Rita Montaner había triunfado en 1928 con poemas suyos musicalizados por el clásico Emilio Grenet: Vito Manué, Yambambó, Quirino con su tres. Rita

Montaner irrumpe el 16 de septiembre de aquel año en el glamoroso París, hace su presentación en el teatro Palace, donde va a sustituir nada menos que a la cupletera española Raquel Meyer. Años después, en septiembre de 1934, Fernando Collazo, rey del danzonete, constituyó en la ciudad luz, con una obra de Guillén, una verdadera revelación, al decir de Alejo Carpentier que velaba y promovía en esa época la música cubana.

“En el cabaret La Cabaña Cubana me encontré con el cantante Fernando Collazo. Hacía tiempo que yo lamentaba la ausencia de un intérprete inteligente de nuestros últimos cantos y sones. Particularmente de aquellos compuestos sobre poemas de Nicolás Guillén. Y una noche en La Cabaña Cubana me encontré de repente ante un mozo inteligente y bien plantado, que interpretaba esa música como debe interpretarse. Su voz potente y bien timbrada no se perdía en alardes de virtuosismo estéril. Sabía ponerse al servicio de la más auténtica tradición criolla. Conocía todos los secretos rítmicos, sus inflexiones, sus libertades. Con ella, las menores intenciones del texto cobraban extraordinario relieve”.

Ya Carpentier en 1932 había dicho desde París: “Hay que llamarse Nicolás Guillén para completar ese libro maravilloso que se titula Sóngoro cosongo, donde se encuentran algunos de los poemas más logrados que se hayan escrito en Cuba”. Una obra de innegable calidad literaria donde, al decir de Mirta Aguirre, lo bien hecho se impone.

De 1955 a 1959 Guillén residió exiliado en París. Gabriel García Márquez contaba en una de sus crónicas que escuchó hablar por primera vez de Fidel Castro a través de Guillén, “quien padecía un destierro sin esperanzas en el Gran Hotel Saint Michel, el menos sórdido de una calle de hoteles baratos donde una pandilla de latinoamericanos y argelinos esperábamos un pasaje de regreso comiendo queso rancio y coliflores hervidas. El cuarto de Nicolás Guillén, como casi todos los del barrio Latino, eran cuatro paredes de colgaduras descoloridas, dos poltronas de peluche gastado, un lavamanos y un bidet portátil y una cama de soltero para dos personas donde habían sido felices y se habían suicidado dos amantes lúgubres de Senegal”.

Allá en París, el de los pintores, los músicos y los poetas, en días de la bohemia ignorada, cuando Guillén se alimentaba del olor de las comidas, cuando buscaba mesa y cama, el cubano decía: “Hay que tené boluntá, que la salación no é pa toa la vida…Bito Manué no sabía inglé, no sabía inglé…Tampoco sabía francé…Pero tenía boluntá. Y con esa boluntá acabó arrollando en París…Claro está que Bito Manué tenía la boca santa”.

Autor entrada: onmagazzine