El palo “selfie”

Jean Baptiste de la Turrerie | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Hoy me encontré en el tren con tres chicas argentinas. Bajaron en la estación de Cornellá, que no tiene nada del otro mundo y como si hubiesen pisado la luna, al grito de “dale boluda, ahora” sacaron un palo “selfie” y se hicieron una foto. Imaginé lo que captó ese móvil y me dio lástima ajena. ¿qué dirán cuando muestren esta foto?. Es que esto de la foto a cada rato por cualquier cosa se está volviendo la “historia de la estupidez humana”  , como diría Paul Tabori quien estimaba que el mayor elogio de nuestra humanidad es su propia estupidez. Debo admitir que yo mismo caigo en esa estupidez fotografiando un estofado de carne y enviándosela a un amigo. ¿Es que tenemos que registrar todo lo que hagamos para mostrar que estamos vivos y que algún sentido nos queda, menos el del ridículo?. No sé, tendría que resucitar a Tabori y preguntarle. Su libro me encantó cuando lo leí, atraído por el título que descansaba en la biblioteca de mi padre.

 A la misma edad que esas chicas, yo también era un pelotudo, aunque no nos llamábamos mediante ese apelativo, salvo que estuviéramos enfadados por algo. Ahora es como un piropo y ellas, en lugar de conchudas, son boludas. Tuve también esa edad del pavo y la tontería de la foto, también. Pero, en todo caso, la imbecilidad que lucía hace medio siglo  me gusta más que la de ahora.

Las fotos, instantáneas, eran como para siempre. Aquí, esa foto en Cornellá, habrá sido enviada entre ellas tres, en ese momento y a su vez viajaron 15.000 klómetros para que llegue a otros móviles, que seguramente las borrarán en cuanto necesiten Gigas (¿es así que se escribe?). Nuestra pelotudez era distinta. Duraba algo más. Era la foto del equipo de rugby en su presentación, todos impecables, con poses pensadas largo rato o al final del campeonato, tras una victoria, embarrados hasta el tuétano, abrazados y festejando. Después se miraban y hasta se olía el barro o el linimiento sloan que nos poníamos para los golpes. Se sobaba y se ponía en el mejor lugar de la biblioteca. Un trofeo.

O, la foto reina. Aquella que sacaba un profesional (que nunca hubiese soñado que algún día sería reemplazado por un palo selfie) una noche en alguna fiesta, cocktail, sourprisse party… Del brazo de una muy linda chica, muy bien vestida, con minifaldas y una piernas preciosas, sonrisa amplia, pelos, muchos pelos. Eran o las novias o la compañera ocasional de baile de esa noche, que podía convertirse en novia. Una foto sacada generalmente viernes o sábado por la noche, en las que uno trataba de disimular la sbornia que llevaba encima y ellas ponían la mejor pose para lucir sus encantos. Pero esa foto que sacaba un profesional, de edad indeterminada (siempre me pregunté si ligarían los más jóvenes porque a veces supe que pidieron el teléfono de alguna chica con la excusa de luego hacerle llegar la foto). Todos los recursos eran válidos y legales, pero normalmente el fotógrafo repartía las tarjetas de la casa de fotografía para la que trabajaba y decía cuándo estarían listas aproximadamente.

Eran días de espera muy largos, hasta llegar a la cita en la casa de fotografías donde, ¡oh surprise¡ nos encontrábamos vari@s con la misma intención. ¡¡Mirá, fulano con fulana… que horrible estoy…. “ decían ellas sin pudor.

Eran fotos, como “para siempre”. Pero seguramente pasada la temporada con el o con ella, la foto desaparecería o se iría a alguna papelera tras la ruptura.

Ahora, con un palo selfie de esos que me ofrecen en las Ramblas hasta te puedes hacer una foto con una bella desconocida  y decir que te la ligaste. Hay para todo, pero las fotos que tengo en mis estanterías, en blanco y negro , de hace más de medio siglo, me siguen emocionando. Como una de mi quinto cumpleaños, abrazado “mi primer enamoramiento”, Florence, hoy baronesa, viendo los títeres que estaría haciendo mi madre. Claro, hoy habrían podido hacer o un selfie o un vieo. Pero no sé si duraría más de cincuenta años, como la que yo tengo y ostento.

Autor entrada: onmagazzine