Las locas caderas de Elvis Presley

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

De Elvis Presley, el de las caderas ardientes que dicen provocaba espasmos vaginales en las mozas en edad de merecer, probablemente hijas de las que se despojaban con rabia de bragas y sostenes para arrojarlos al paso de Frank Sinatra, conservo una foto de su paso por París. La foto la tomó Jacques Gratpanche, el as del flash electrónico cuando no existían esos ridículos teléfonos móviles con cámara incorporada, inventada por algún marsupial que nunca pudo tener un Leica para saber lo que era el placer de tomar una foto.

Jacques le sorprendió cuando subía a un tren en París, debía ser en la estación del Norte o la del Este, para ir a cumplir su servicio militar en una base norteamericana en Alemania Federal. Eran tiempos primorosos de guerra fría y Elvis estaba para comérselo con su gorra de plato.

Nunca me había entusiasmado hasta que una noche matutina en casa de unos amigos en París la chiquilla con la que bailaba me susurró algo sobre sus caderas y entonces, probablemente ya entonces, alguien comprendió que habría que inventar el Viagra para hacer frente a tamaño símbolo sexual.

Lo que menos me desagradaba de Elvis eran sus cejas que parecían llevar toda la abéñula profunda y que supe luego podían provocar orgasmos a repetición en muchachas tan profundamente inexpertas que los confundían con agradables tics nerviosos.

Viene a cuento el recuerdo porque de pronto todo el mundo se ha puesto a hablar del más rico del cementerio con motivo de su cumpleaños póstumo. Pero las mujeres que hoy tienen veinte años probablemente nunca sabrán lo que aquellas caderas locas de Elvis podían conseguir.

De “King Creole”a “Viva Las Vegas” lo que uno recuerda es la carita perversilla de Ann-Margret, una deliciosa actriz de origen sueco pero que se comió todo el cine de Hollywood de que era capaz una estrellita en aquellos tiempos, ¿qué cuáles?, pues aquellos en que ibas al cine por unos francos y salías enamorado de la protagonista de turno.

La tradición de enamoramiento desde mi butaca duró incluso cuando empezamos a meternos en el cine “serio” de Ingmar Bergman que inventó a Liv Ullmann, una tipa noruega de una belleza a la que no estábamos acostumbrados. Es cierto que con el hombre que impuso el intelecto como guión prioritario en una película aprendimos que el amor era más complicado de lo que nos habían dicho otros cineastas y empezamos a comer fresas salvajes esperando entrar en la línea que llevaba al paraíso del amor sueco.

Por supuesto que no era el que habían vendido las turistas llegadas de Suecia a las costas del sur de España en los años sesenta.

Miren ustedes, si no han vivido ese período, si lo vivieron y no lo aprovecharon y, todavía peor, si no saben de qué les hablo, mejor que aprovechen sus próximas vacaciones para ahogarse decentemente en un río o en cualquier playa, porque su vida no habrá valido la pena.

Para quien sí supo a gloria esa época fue para los pescadores de la Andalucía profundísima que se extiende por el sur de España, y que casi vírgenes en una época en que los curas de Franco imponían a los españoles la castidad o el matrimonio como regla de vida, un día descubrieron a las suecas sin saber siquiera que existía un país que las producía a porrillo llamado Suecia, que luego conoceríamos por su elevado nivel de vida y sus automóviles Volvo, tan caros y seguros que casi todo el mundo prefiere los coreanos.

Estaban tan aburridos miles de jovencísimos pescadores andaluces, que a lo más a lo que podían aspirar era a una moza del pueblo, y casi siempre a condición de pasar por la vicaría, cuando nadie sabe por qué, las playas se llenaron de esbeltas y bellísimas mujeres, totalmente desinhibidas y vestidas, por decirlo de algún modo, con unos trapitos que luego se llamaron biquinis.

Todas garantizadas suecas y con la fama de que para ellas hacer el amor, copular, follar, era tan natural como la gimnasia dos veces por semana para conservar el tipito.

Las crónicas cuentan y se quedan probablemente cortas cómo aquellos hambrientos de sexo, muchos de ellos guapetones y todos con un aparato reproductor casi intacto, acogieron esa oleada. Debió de parecerles la pesca milagrosa del lago de Tiberiades o una tormenta perfecta que iba a enseñarles que la vida no era lo que ellos habían vivido.

Aquellos hombres, jóvenes o menos jóvenes, casi todos escapados de las cuevas de Neanderthal, se convirtieron rápidamente al amor sueco cuando comprobaron, y dicen que ello ocurrió bastante rápidamente, que aquellos guayabos que invadían sus fueros no querían catequizarlos en nombre de alguna secta nórdica sino únicamente gozarlos, a lo loco.

Olvídense de las caderas de Elvis, el pobrecito mío, que tampoco hubiera podido aguantar aquella educación sexual venida del norte más extremoso de Europa.

Donde había una playa había un puñado de suecas dispuestas a sacrificarse por el bienestar físico de aquellos indígenas que no necesitaban ni hablar inglés.

Ignoro si las estadísticas dirán algo sobre la influencia de aquel período loco en la producción de peces autóctonos andaluces. Me temo que los andaluces tuvieron que nutrirse con el pescado que les mandaban del norte porque los pescadores locales no estaban para esas tonterías.

Cuentan los viejos del lugar que aquellas caderas coronadas por las sonrisas dentífricas más bonitas que ellos veían en la boca de una mujer –la piorrea nunca fue cosa de suecas—les volvió locos. Y cuando una atrevida del pueblo les refería el cuento de las caderas de Elvis Presley, ellos sonreían con la sabiduría que da la experiencia manual in situ.

Hoy, en este año de 2017 del calendario gregoriano, vivo en una de esas playas por las que pasó el delicioso huracán sueco. No quedan más que adiposos nórdicos. Los pescadores y las suecas han desaparecido.

Autor entrada: onmagazzine