Aquella Puerta Verde

Marcelo Aparicio | Maqueta Sergio Berrocal Jr.
Algunas veces, muy esperadas, la puerta verde quedaba abierta día y noche, hasta la madrugada y más. Era en ocasión de alguna fiesta-asado o asado-fiesta, lo mismo da. Se llenaba la casa, se llenaba el jardín, se llenaba la piscina, se llenaba de vida la cocina, motor esencial de las fiestas. Venían de todas partes de la isla, gentes de todas partes del mundo. Era como volver a mezclar las cartas después de una larga jugada. Venían las reinas de copas, vestidas con la elegancia del “laisser faire”; venían los reyes de bastos luciendo camisas informales pero elegidas para la ocasión; se sumaban en este juego polifacético los alfiles y las torres; los peones y las parejas de reyes; blancas y negras; había damas que se movían mejor que en el tablero del juego.
Al compás de una música también variopinta, como si de un DJ imaginario con muchas manos y miles de sentidos se tratara; se pasaba del flamenco a la percusión, del bolero a los pegajosos solistas franceses o italianos; algún tango era permitido hasta que los europeos reaccionaban y alguna vez osó una chacarera hacerse presente entre las palmeras, las jaimas y las sillas hamacas distribuídas por un frondoso jardin natural y agreste, perfumado y brillante, salpicado de notables piedras esculpidas con amor y pasión hasta dejarlas esculturales. En el ambiente que olía a Dama de la noche, todo eran bromas, alegrías, promesas y sueños.
Los visitantes se saludaban con el afecto de quienes no se encuentran hace mucho y sin embargo pudieron verse hace dos días comprando vitualla cara y buena en Quefa; o saldando la compra en el SYP o tomando cerveza en el Hostal o pan con tomate en Montesol. Pero volver a encontrarse entre la piscina y la parrilla era otra cosa. Agua y fuego en medio de una pasión latente, pero contenida. El humo prometedor de la parrilla se confundía con los perfumes franceses e italianos. La noche se iba acercando y los ojos brillaban con mayor intesidad y podía leerse en algunos cierta lascivia amistosa.
 Los dientes y las bocas reventaban de reir y las baldosas se gastaban de tanto ir y venir. Eran como tules interminables que iban y venían, desafiando la leve brisa y sacudiendo perfumes ; escondiendo muy poco hermosos pechos o brillantes sobacos. Las pieles tenían la huella del sol generoso, ocioso. Ese sol que impregna las pieles para decir aquí estuve sin nada qué hacer ni qué pensar. Se abrían botellas y botellas. Blancos, rosados y tintos. Grandes e improvisadas cubiteras escondían vinos jóvenes y champagne o cava.
Alguna cocacola hacía su antipática presencia porque nunca falta alguien que la pida. Tampoco faltaban religiosos de lo vegetariano, en peligroso número creciente.  La música clásica hacía su irrupción cuando el sol empezaba a insinuarse y los sentidos disfrutaban del alcohol, que seguía evaporando risas y charlas íntimas. No faltaban porros, de maría, claro. En las primeras fiestas siempre había una pareja que se formaba entre humos y sonrisas. Ultimamente, la mezcla de cartas era ficticia. “Les jeux sont fait”, gritaba un imaginario croupier-cupido.
No cabían las sorpresas a medida que nos ibamos haciendo viejos, bajo la atenta vigilancia de la puerta verde que no se cerraba por muchas horas. Por ella se pasaba, se entraba, se salía, se lamentaba, se reía o se fantaseaba. A  la casa grande y señorial se entraba por una pequeña puerta de madera verde, como la esperanza. Y esos días de fiesta la esperanza llenaba de puertas verdes abiertas por doquier. El despertar era otra cosa y la puerta se cerraba pero sin dejar de ser el medio imprescindible para volver a entrar al paraíso.

Autor entrada: onmagazzine