Brigitte Bardot y los lobos

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Con sus 82 años por bandera, Brigitte Bardot, la mujer que nos enamoró, el fenómeno cinematográfico que el austero y poco peliculero Presidente Charles de Gaulle, General siempre, comparó con los beneficios que daban a Francia las fábricas de automóviles Renault, está más combativa que nunca contra los esperpentos que se le ponen por delante.Nadie ha podido olvidar su épica batalla para frenar la matanza de los bebés focas que en una época los peleteros pusieron de moda. Probablemente haya hoy más de una foca retozona que le debe la vida.

Con su instinto de mujer muy vivida, BB sabe que hay que respetar a la naturaleza si no queremos ir a la catástrofe que todas esas conferencias inútiles sobre medio ambiente no parecen parar. Ahora se ha liado en una polémica con el ministro de Medio Ambiente de Francia, el ecologista de toda la vida Nicolas Hulot, para advertirle que va a terminar con los lobos –quedan solo 360 en Francia—ya que ha autorizado que para su distracción los cazadores maten unos cuantos. Hulot ya es reído por los franceses por haber hecho la ditirámbica promesa de que dentro de unos años en Francia todos los automóviles serán eléctricos.

Una utopía que nadie se cree. Hace unos días, y después del affaire de los lobos, BB ha tratado al discutido y discutible Hulot de “cobarde y vendido” porque, contrariamente a lo que había prometido, ahora vuelve a autorizar la caza de jabalíes.

Ya Ernest Hemingway lo decía: “Las mujeres pueden llegar a ser excelentes amigas. Si, realmente excelentes. En primer lugar hay que estar enamorado de una mujer para disponer de una base sobre la que sustentar su amistad”. No parece que ella y Hulot vayan a llegar tan lejos.

Para quien no ha vivido los años 60 en París resulta difícil medir en su justo valor lo que fue el fenómeno Brigitte Bardot para el cine pero también para toda la sociedad francesa, inmersa en la terrible guerra de Argelia, que terminaría con ha autodeterminación en 1962, y con el no menos terrible mes de mayo del 68 que vendría después.

La que luego no se conocería más que con dos iniciales que olían a perfume, B.B. había sido descubierta y lanzada pon Roger Vadím en “Et Dieu créa la femme”, una película que en su época escandalizó casi tanto como tres años después, en 1960, ocurriría con “La dolce vita.” Pero si la película de Federico Felhini era un auténtico incendio que prendía fuego a veinte siglos de tradición judeo-cristiana, “Et Dieu crea la femme” no pasaba de ser un compendio de imágenes que quizá prefiguraban lo que el cine erótico sería más tarde pero que en aquel momento no pasaba de un canto a la silueta casi masculina de una Brigitte paseando por una playa y por las vidas de un viejo Curd ]urgens y de un jovencito e inocente Jean-Louis Trintignant. Nada tenía este filme para encender las hogueras de la Inquisición. Y por supuesto menos tendría en este 2017 que ha vivido los horrores de las imágenes de guerras y disturbios impuestos o consentidos por el politiqueo y los intereses comerciales de Washington.

Probablemente la magia de la recién descubierta estrella, que hasta entonces había hecho películas sin mayor trascendencia, resida en una cierta y segura inocente perversión que tan bien le iban a los años sesenta de mis entretelas.

Mientras a Fellini le hizo falta sacar la artillería de su dialéctica para provocar el escándalo, Roger Vadim no necesitó más que pasear a su descubrimiento por un pueblecito marinero donde pronto crearía romanescos enfrentamientos entre tres hombres.

El poder de B.B. era enorme en cuanto tenía a tiro a un miembro del sexo masculino. Lo revolcaba en la locura de la conquista sin grandes esfuerzos. Le bastaba con fruncir los ojos, que ni siquiera eran espectaculares, y con hacer unos inocentes gestos con los labios, apenas sensuales y sin silicona como ahora se llevan. Quienes la amaron locamente en aquella aparición de la playa sureña francesa aprendieron a respetar su talento de actriz cuando en 1962 hizo “Vie privée” de Louis Malle, poco antes “La verdad”, de Henri Clouzot, y en 1963 “El desprecio” de ]ean-Luc Godard.

Y cuando paseaba su palmito de novatilla por los estudios de Billancourt, en Paris, jugando a la salvaje elegante, sin creerse realmente todavía que el mundo le iba a rendir pleitesía, los periodistas encargados de seguir sus menores pasos supimos rápidamente que iba a ser un fenómeno de la importancia de Marilyn Monroe o Rita Hayworth.

En uno de aquellos rodajes suyos en los estudios de Billancourt, uno de sus productores tuvo la idea de hacerla elegir al reportero más simpático. Eligieron a un muchachito con acento que tenía solo 18 años y cierto encanto. Ustedes perdones pero era yo, un servidor. Cuando pienso que una de las starlettes (aprendiz de estrella pero que no siempre llegaban a serlo) que andaban por aquellos platós me trataba de “bocato de Cardinale” me quedo patitieso mirándome en el espejo donde en lugar del espigado muchachito de entonces veo a un gordo que se ha llegado a ese estado mental con ese salario del miedo de la vida que el que más y el que menos se ha ganado con los años.

El premio no fue pasar una noche con BB (una noche de charla, entiéndanme bien) ni siquiera una romántica cena con ella en cualquier restaurante elegante, sino un modesto bolígrafo de plástico en el que figuraba su nombre y el título de la película. En mi inocencia, fui por un rato el muchacho más feliz del mundo. Felicidad corta porque el bolígrafo me lo robaron aquella misma tarde. Creo que hubiese dado a cambio un Cartier. Pero, bueno, tampoco estaba yo como para Cartier.

Desde el cine, el estilo de B.B. saltó a la vida real e impuso una forma de ser de muchacha liberada que la llevó hasta la entonces exótica playa brasileña de Búzios, donde pasó unas vacaciones con un amante o un esposo, la memoria me falla. Aquel pedazo de tierra virgen que se confiesa con el mar era entonces un mero refugio de hipis.

Hace unos años no quise venirme de Brasil sin visitar los lugares del crimen. Y descubrí un cine del centro de la ciudad, muy parecida al Saint-Tropez que Brigitte haría celebre en Francia, entre las plantas tropicales que se comen la fachada, donde rezaba orgullosamente la razón social de Cine Brigítte Bardot. Pero ella, que desde que cumplió los sesenta ha guardado sus distancias con el mundillo que fue el suyo para consagrarse prácticamente a los animales – mucho más agradecidos que los hombres – nunca ha querido ir más por allí pese a que ha han invitado repetidamente para presidir un festival que le hubiese estado consagrado. Para terminar el cuento, digamos que en el año 2.000 el propietario de la sala era uno de los innumerables argentinos instalados en Búzios.

Así es la vida.

Autor entrada: onmagazzine