En el punto de mira : Javier Redondo Jordán

Javier Redondo Jordán

Hay libros que parecen escritos cuando la tarde tiñe de vino la línea del horizonte. Libros que son grito silente y amargo de los leones heridos, de los héroes cansados que los dioses del mar condenaron a vagar eternamente en pos del recuerdo de Penélope. Sergio Berrocal es uno de esos condenados, y sólo hay que verlo hablar unos segundos para reparar enseguida en su semblante de perro viejo y apaleado por las embestidas de la travesía vital. Los ojos de Sergio Berrocal son el espejo en el que se mira la melancolía. Él mismo se pregunta en alguna ocasión si no habrá que resignarse a vivir como un mero espectro, seco ya el licor de la copa de las ilusiones, sin futuro ni amaneceres, sólo arrastrando hasta la hora última el peso de mucho, acaso demasiado, pasado a cuestas. A veces la carga de la memoria, de tan abrumadora, le obliga a uno a detenerse en medio del camino, sentarse al margen y esperar, desistiendo así de los intentos de burlar a la muerte.

Leer Último vuelo para Manaus es leer el desenlace de la crónica de un exorcismo, el de los demonios que persiguen al autor desde que una tarde de lluvia fina e insistente se le arrebatara un ángel de ojos verdes. Dicen que si el arte no sirve para curar, no es arte, sino simple artificio. Y en Último vuelo para Manaus se observa el último episodio de una terapia dividida en cuatro partes, cada cual separada de la anterior el tiempo justo para su correcta maduración, cuatro etapas de su particular bajada a los ínferos, como cuatro son los pasos necesarios para elaborar un buen güisqui on the rocksOjos verdesEn el nombre del padre y de los hijos y Bye, bye, Brasiliasupusieron los cubos de hielo simétricos, el vaso largo de cristal de Murano y el chorreón de Johnnie Walker dos minutos después. Último vuelo para Manaus viene a completar el brebaje a la manera del agua Perrier en botella verde, importada especialmente desde Francia, otros dos minutos más tarde, y representa la catarsis de recibo a toda tragedia.

Aquellos ojos verdes, los mismos que en el primer volumen de la tetralogía abrían los abismos bañados por las aguas oscuras de la laguna Estigia, afloran por doquier en Último vuelo para Manaus. Son la obsesión de su autor, que confiesa que con este último volumen ha cumplido por fin, ha cerrado el último círculo infernal.

En verdad, toda la novela destila la tristeza de quien ve la existencia diluirse como el hielo en un güisqui aguado. Puede uno haberse curado de la angustia de haber perdido lo que más amaba, pero el desencanto parece aguardar a quienes jugaron demasiado fuerte a los dados contra el destino. El último vuelo para Manaus es el que nunca se toma. Es el vuelo de los renunciantes, el de los que anhelan escapar de todo, el de los que sienten que la vida sigue porque no hay más remedio, el de los que se sientan al borde del camino, o del mar, a esperar a la Parca viviendo un tiempo añadido que se les antoja regalado, tal vez innecesario. Me imagino a Sergio Berrocal sentado en la terraza de esa playa de Andalucía en la que dice que se halla hoy varado, contemplando los crepúsculos a través del cristal tallado de su vaso de güisqui, los ojos velados por la marea del pasado. Quizá sólo le quede convertir la sangre que le mana del alma en tinta cruda que plasme su nostalgia inconsolable. Así, su protagonista, que es él mismo, lo último que observa antes de que el libro acabe son unas flores amarillas y verdes, amarillas como el güisqui crepuscular frente al océano, verdes como aquellos ojos que tal vez sean lo último que vea antes de cerrarlos para siempre.

Autor entrada: onmagazzine