Lo que dejó entrever Raúl Castro

Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr

La Asamblea Nacional finalizó el balance de un semestre tenso y Raúl Castro pronunció un discurso para releer, tanto por lo que dijo como por lo que dejó entrever. La suma de penurias fue reflejo de la cotidianidad: el bajo valor del peso nacional; el salario en esa moneda incapaz aunque suba de enfrentar con solvencia el alto costo de la vida; la fuga de profesionales hacia los sectores privado y cooperativo para mejorar ingreso; las viviendas que siguen siendo asignatura pendiente para cientos de miles de cubanos; la industria alimentaria obsoleta y la cosechas que se pierden por falta de embases. Y también el frenazo dado al decrecimiento económico; los ingresos disparados en el turismo; el haber honrado la parte de la deuda que correspondía con los acreedores extranjeros (los proveedores del día a día no corrieron la misma suerte); el mantener en esa circunstancia educación y salud gratuitas, así como la subvenciones al consumo de electricidad y a la canasta básica que se sigue repartiendo a todos.

Pero me detengo no en los que dijo la prensa oficial –la extranjera acreditada no fue invitada a los debates en la Asamblea ni a seguir el discurso de Raúl Castro-, sino en lo que dejó entrever el presidente cuando la isla parece un escenario de debate permanente en el que adoptan posiciones desde Silvio Rodríguez hasta el más sencillo cubano de a pie, que aún siente por el país.

Pude escuchar el discurso unas cinco horas después de pronunciado y me llamó la atención que el presidente se saliera del texto que llevaba escrito, tras defender varias veces la necesidad y validez del trabajo por cuenta propia (privado) y de las cooperativas, para criticar , como ha hecho otras veces, lo que parece ser tendencia de algún sector del liderazgo nacional, empeñado en estigmatizar por cualquier vía a los privados y cooperativistas, a partir de las violaciones a la ley que se detectan, como si en las empresas estatales – fundamental en los cambios económicos en curso- todo marchara viento en popa y a toda vela.

“No debemos emplearlos (los excesos detectados) como pretexto para criticar una decisión que es justa”, dijo el mandatario refiriéndose a esos quehaceres que resurgieron precisamente porque la estatización casi absoluta de la economía sellada en 1968 y por la que apostamos muchísimos entonces, soñando con que sería la forma de garantizar el buen vivir para la mayoría de este país, no dio resultado.

El debate entonces va de la calle a las alturas, aunque unos sean capaces de retardar la consolidación de los cambios que urgen y otros, los que nunca tienen impacto en la gran prensa oficial, apenas sean el ejercicio de un derecho ciudadano.

Y termino con este pedazo de crónica magnífica que publica hoy Juventud Rebelde, a la firma de Dazra Novak , porque el ejercicio de la opinión nos abarca a todos, incluso desde la literatura.

“La Habana es impredecible, tanto para bien como para mal. Tantas veces en que se llena el cielo de nubes, se arremolina el viento y sin más: el aguacero. ¡Y eso que había anunciado sol! Tantas veces en que la guagua no para antes de la parada —adonde nos habíamos parapetado para cazarle la pelea— y mucho menos después —adonde otros tantos creyeron correr mejor suerte—, sino en la parada misma. ¡Como debe ser! Algunos productos «se pierden» y de pronto uno no encuentra papel higiénico ni en los centros espirituales, pero con la misma aparece y ya es la pasta de dientes lo que no hay. Hay edificios cuya construcción o reparación se interrumpe y un buen día empieza todo de nuevo hasta que ¡zas!, queda inaugurado —que duren, bueno, ya eso es otra cosa—. A veces uno llega al dentista y con tan buena suerte que recién hubo una donación de amalgama, pero otras tantas se rompió el compresor y entonces el bloqueo. A algún vecino le entra no sé qué un buen día, en plena rendición de cuentas y habla… hasta por los codos. ¿Quién nos iba a decir que en la oficina de trámites íbamos a encontrar al amigo del pre que nos resuelve todo rapidísimo? Y es que, sabemos, las cosas en esta ciudad pasan así, a su aire. A lo mejor por eso es que el cubano camina lento y termina riéndose de todo, porque aprendió que La Habana hay que cogerla suavecito, y con calma”.

 

 

 

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Autor entrada: onmagazzine