Una película de los 60

 

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Eddy Mitchel cantaba despacito su himno a la última función del cine. Las grandes salas cinematográficas de París iban desapareciendo y convirtiéndose en ridículos multicines, cuando no se transformaban en parking con perspectivas de buenas ganancias inmediatas.Pero en la Place Clichy se seguía comiendo el mejor marisco de París en el restaurante Charlot.

Ya no paseaba por allí Henry Miller, lejos de su América donde le consideraban un autor pornográfico cuando en realidad era uno de los más fabulosos novelistas de Estados Unidos.

Cambiaba París, como cambiábamos nosotros. Sin saberlo estábamos entrando en lo que pronto se llamaría la aldea global. Ya no éramos únicos, irremplazables y el camembert ya estaba en las más elegantes mesas de Nueva York.

De por allí había llegado a París una muchachita a la que sus agentes de prensa describieron para el folclore periodístico como una vendedora de perritos calientes. La verdad, más o menos aproximada, porque ya se sabe que la propaganda nunca ha rimado totalmente con realidad, era que su padre fabricaba esas salchichas que los norteamericanos han hecho universales y que arropadas con pepinillos en vinagre, cebollas cortadas como para una fiesta pagana, mostaza y todo lo que imagina el paladar exigente, se convierten en una delikatesen, aunque te la comas de pie, delante de un carrito con la pintura medio arruinada, con mucho folklore y más pretensiones.

Pero ahora déjenme que vuelva a la realidad de este verano europeo de 2017. El otro día fue una velada histórica la que la televisión francesa TF1 ofreció a tres de los genios de la música popular francesa, Jacques Dutronc, Eddy Mitchell y Johnny Hallyday.

Los tres setentones, llenos de recuerdos que exhalaban con sus voces y con el mismo entusiasmo que hace treinta o cuarenta años, actuaban en un inmenso espacio abarrotado por un público en su mayoría joven.

Y esos jóvenes, pese a la distancia generacional, les aplaudían y se emocionaban como cuando Johnny nos cantaba algo, hace mil siglos, en la puerta de la Iglesia de la Trinité, en el barrio de Montmartre, o como cuando Eddy Mitchel lucía su voz de vaquero enamorado. O incluso cuando Jacques Dutronc, que por lo visto ya no fuma cigarros cubanos y bebe agua mineral, pero ha conservado las gafas de sol, entonaba aquel “Il es 5 heures, Paris s’éveille” (Son las cinco. París se despierta…). La presunta heredera salchichera era Jean Seberg, una aspirante a actriz norteamericana recién descubierta por el todopoderoso Otto Preminger, quien se disponía a convertirla en una nueva Juana de Arco del cine mundial con estreno en la Opera de París.

Fatalmente me presentaron un día a Jean Seberg, que no hablaba una palabra de francés. Encuentro memorable y enigmático porque yo tampoco hablaba más de tres palabras de inglés aprendidas durante el desfile de los créditos de alguna película.

Con el lenguaje de la sonrisa y el entusiasmo de los dieciocho años, el reportero pasó a ser reportaje. Foto entregándole a la futura estrella una rosa roja de baccará que costaba lo que yo podía ganar por todo un día de trabajo en los estudios de Billancourt, Coca-Cola a medias con sonrisa, Y así podía haber continuado. Y me enamoré silenciosamente de ella, como en cualquier película romántica.

Ella, más vivida pese a que la propaganda oficial la hacía salir de un pueblo perdido de las montañas, captó la primera las señales y un buen día empezó a tontear con un abogadito mono pero probablemente con poco talento. Y yo, el otro, tuvo que hacer las fotos. Jean seguía sonriendo.

Entonces, en un momento de lucidez comprendí que en el plató cinematográfico que era París, habíamos jugado una comedia que cuadraba muy bien con los objetivos publicitarios.

Me marché por el foro y la perdí de vista por un tiempo. Empezó a subir en la escala del cine pese a que su “Juana de Arco en la hoguera” aquel mismo año de 1957, había sido un fracaso.

Sin beberlo ni comerlo había participado en mi primera película como figurante. En el gran plató del París de los años sesenta del siglo en el que los norteamericanos descubrieron que la Ciudad Luz era diferente. Y entonces un americano en París, Gene Kelly, se emparejó de mentirijilla con Leslie Caron en una sinfonía de Hollywood.

París era lo que ha dejado de ser. Todavía no decíamos aquella pavada de “siempre nos quedará París” porque a “Casablanca” preferíamos de lejos las películas del Oeste que se exhibían en un enorme cine de Barbès, cuando ya los genios de la finanza complotaban transformarlos en cubículos de proyección o, lo más grave, en parkings. Porque en los años sesenta el nivel de vida de los franceses había subido y cada día había más coches en las calles. Y en algún sitio había que meterlos, se dijeron los genios de la arquitectura alimenticia.

Oyendo cantar a Johnny, a Eddy y a Dutronc, que siempre fue el más “repelente”, el más aparte, porque era un guapillo rarito, con sus pelos siempre aplastados y las eternas gafas. Y cuando podía, pero eso ya de más mayor, el puro. De los tres era el que más posaba.

Los más populares eran Johnny y Eddie que parecían tomarse en serio que la canción tenía que ser popular o no ser.

Todos teníamos los dieciocho años de la ilusión y todos pensábamos que un día a nosotros también nos llegaría la hora, la que ya ensayaban esos dos que con voces muy distintas iban componiéndose popularidad primero y fama cuando ya las ilusiones empezaban a caer.

El 30 de agosto de 1979 había sido un día más de canícula en aquel París que todavía no había aprendido a vérselas con el calor que casi todos los franceses buscaban a dos mil kilómetros más al sur.Uno ya había abandonado definitivamente las ilusiones, había descubierto mundos más reales y se acomodaba como podía. Fue ese día cuando supimos que acababan de encontrar el cadáver de Jean Seberg en la parte trasera de su propio coche, un R5.

Habían pasado nada menos que veintidós años desde que Otto Preminger le hiciera descubrir París. Había transcurrido todo ese tiempo desde que un agente de prensa nos presentó en la habitual rueda en busca de la fama.

Hacía un siglo de todo y de nada.

Creo que todos lloramos la pérdida de Jean Seberg. Más cuando se corrió la voz vía grandes titulares que probablemente había sido ejecutada por agentes venidos de la madre patria a los que no les hacía gracia que la bonita actriz hubiese tenido un idilio con un jefecillo de una corriente muy activa de aquellos negros norteamericanos que creían que podían llegar al poder por las armas.

Otra ilusión más. Los pobres no sabían que muchos siglos después, un negro llegaría y se iría de la Casa Blanca como si nada, y sin necesidad de que el Black Power se echase a la calle.

Anda, pero si nos está hablando de la prehistoria… Bueno, algo así. Porque, queridos niños que apenas podéis deletrear esto que escribo porque solo sabéis manejar los teléfonos móviles, hubo otra vida, Y más bella que la vuestra, por Jesucito os lo juro.

Autor entrada: onmagazzine