Las hogueras de San Juan

Sergio Berrocal |Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Cuatro de la mañana de una noche de San Juan. Calles casi vacías. Poca gente anda rezagada en busca de la cama, del sueño que esta noche debería ser más feliz, pero nada es seguro, aunque en las hogueras de San Juan han arrojado todos sus miedos, sus dolores, sus temores que esperan no volverán jamás. Las hogueras de San Juan han digerido todos los buenos deseos de la buena gente que no ha querido marcharse de la arena sin quemar la lista de cosas que esperan el fuego hará desaparecer. Es una confesión al fuego libre, sin cura para penitencia. Que las penitencias ya se cumplieron a lo largo de todos esos meses, padre Manolo. Calle y rece, que falta le hace.

Las aceras están negras de oscuridad y los rezagados andan despacito, como si no quisieran hacer ruido.Noche de San Juan de todos los pecados consumidos por el fuego.¿Amanecerá más temprano? ¿Habrá fanfarrias en las calles para celebrar la quema de terrores, de esos miedos insidiosos que pudren las largas tripas de los vientres ateridos de miedos indefinibles?

¿Desaparecerán las pesadillas del terror? La otra vida que es la auténtica y que solo vives cuando duermes profundamente y nada puedes hacer para defenderte. Porque cuando estás despierto estás alerta. Los demonios esperan a que te venza el sueño para apoderarse de ti, de tus pensamientos, de tus deseos y de todo lo que cuenta en tu vida. Entonces es cuando empiezas a vivir la vida clavada en el horror de lo innombrable, de lo que nadie conoce porque los sueños no dejan rastro, ni tampoco te dejan que reacciones, que tengas miedo y te defiendas.

Por la arena negra de la playa patean el agua los caballos del Apocalipsis que están esperando que la gente despierte. Son caballeros de la Muerte que tienen órdenes estrictas de atacar únicamente a los pobre, a los desvalidos, a todo bicho viviente que no se pueda defender.

Se ha abierto una brecha azul en un rincón del cielo. La playa de las hogueras de San Juan se ha iluminado a giorno. Bella playa por la que corren, cabalgan, rebuznan niños, señoras con biquini recién estrenado y caballeros que prefieren combinar una tortilla de patatas con la lectura del periódico completamente emborronado, porque leer es malo para la inteligencia que no hay que tener y hay que obedecer.

Al este se oyen gritos de chiquillos del mundo entero escapados de las hogueras de San Juan que aclaman a una recién llegada, una mujer joven enfundada en un elegante jersey, con una corona en la cabeza y que echa fuego por la boca. “¡Wonder Woman!, ¡Wonder Wooman! grita la chiquería.

Vestida con bañador de mil colores y con la tiara de Lady Di, Wonder Woomar atraviesa la arena, se dispara por el mar para salvar dos barcos repletos de huidos negros de la locura que pedalean en el vacío; se han acabado las bicicletas, desde lo más profundo del desierto del Sahara. Le han dicho que las hogueras de San Juan proveerán y les ayudarán a recobrar a sus familias, sus empleos. El ministro Plenipotenciario del No se sabe qué hacer ha viajado en la patera número 2 procurando siempre que su frac estuviese en todo momento impecable.

Baja a tierra y se inclina hasta el suelo delante de Wonder Woman que le dedica la más bella de sus sonrisas. Le toma por una mano y los dos vuelan hasta el chiringuito de la esquina donde les han preparado dos docenas de espetos de sardinas que el navegante griego Ulises dejó aquí cuando hace dos horas y veinticinco minutos pasó por esta playa de arena roja preguntando por Penélope, con la que tenía cita en la parada del autobús 34 para comprarles chucherías a los niños en los grandes almacenes Neptuno.

Wonder Wooman reaparece de pronto en la playa. Dice que el Doctor Folamour a caballo en su bomba atómica, la más precisa que existe, de tecnología norcoreana, se dirige hacia la Casa Blanca.

“La Revolución es un concepto más allá de nosotros”, improvisa la bella y se hace la noche y vuelven a encenderse las hogueras de San Juan. Wonder Wooman por fin tiene tiempo de terminar su quinto espeto sin atragantarse.

Autor entrada: onmagazzine