La “ruina” de Donald Trump

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Es como para dejarse patear la cabeza por doce elefantes adultos durante dos semanas y media, tiempo suficiente para ver si realmente el Presidente Donald Trump va a tener que pedir limosna. Porque resulta que con toda la facilidad cuáquera de quien no expone su vida en campos de refugiados en Oriente Medio, quien no se juega la vida atravesando los mares en busca de un cacho de pan, se ha calculado que la fortuna de Trump ya no es de tres mil millones de dólares sino de dos mil novecientos millones.

Lo cuenta una revista francesa de cuyo nombre ya no quiero ni acordarme basándose en sesudos cálculos de una de esas agencias financieras que van acechando por el mundo la riqueza y la pobreza, Bloomberg.

(Y ustedes preguntarán probablemente a coro: ¿y sólo tiene tres mil millones de dólares?)

Dicen que el pobre presidente está que trina y la culpa la tienen tres edificios de oficinas de la familia y uno de ellos es nada más y nada menos que la célebre Trump Tower, rascacielos delante del cual los pobres del mundo que consiguen ahorrar para un billete idea y vuelta a Nueva York se fotografían en un estado cercano al orgasmo.

Claro, es que por lo visto se están construyendo rascacielos más modernos y el hombre del flequillo burlón está casi en la ruina de lo obsoleto.

Imagínese, como en una película de un Frank Capra que hubiese resucitado, que usted posee tres mil millones de dólares y que de pronto, sin previo aviso ni haberle siquiera suministrado por vía intravenosa cien litros de tila, le espetan que sólo le quedan 2,9 mil millones. Como para subirse a la Trump Tower y arrojarse desde el último piso.

Les cuento largamente la aventura porque me parece lo suficientemente indignante como para que todos esos pobres del universo y casi siempre de color que atraviesan el Sáhara y luego toman cualquier cosa que flote para vérselas con un mar bravío que los conduzca al mundo de sus sueños, Europa, organizasen una procesión en Manhattan y armados con los picos de la indignación echaran abajo todos los rascacielos del mundo.

Wonder Women, reza por mí, vuela con tu bonito cuerpo por los mares celestiales y en unión de Superman el del caracol y de todos los héroes norteamericanos que han hecho la fortuna de los productores de Hollywood ataquen la Trump Tower, funden en ella un orfanato para negritos subsaharianos recién llegados de su infierno y saquen a la Madre Teresa de su exilio de muerte para que administre todo este desbarajuste.

Pidamos a los tres o cuatro directores de cine con cabeza que quedan en Estados Unidos que rueden juntos una película ya no sobre el color del dinero como la que tan bonita quedó con Tom Cruise sino sobre los pecados, los peligros de ser multimillonario.

Ya sabía yo, porque con los años uno intuye las cosa, que este sábado no era el momento para dejar el alcohol como aquel maravilloso controlador aéreo comprendió en dos planos que no era el momento de dejar de fumar cuando se aproximaba un aterrizaje como pudieras con aquella pandilla de actores majaretas que se llamaban Robert Hays, Leslie Nielsen o Julie Hagerty.

Porque se están poniendo las cosas que ya me dirán ustedes.

Si en esta mañana de día de guardar yo estoy tecleando mi indignación es porque tenemos una prensa caprichosa y vodevilesca que maneja la actualidad como si fuera una telenovela de lo más cutre.

A nadie le da vergüenza contar la “ruina” de Trump, sin darse cuenta que hace unos días este hombre por el que al parecer habría que echar una lagrimita puso a un país a pan seco durante el tiempo que a él le dé la gana y únicamente para hacer gracia a una pandilla de amiguitos con los que se había reunido en Miami.

Ese país, por supuesto, es Cuba, y su único pecado para que siga embargado por la potencia de Estados Unidos es que hace cosa de medio siglo (¡medio siglo!) tuvo la audacia de querer ser comunista, o socialista o lo que sea, pero negándose sobre todo a estar bajo influencia directa de Washington.

En esta playa donde purgo mi pena por no haber sido políticamente correcto en las cosas de la vida, por haber creído que somos dueños de nuestro destino, le pido a mis angelitos brasileños, dos de los cuales me custodian noche y día, que pasen por la Casa Blanca y le canten al Presidente aquella Garota de Ipanema que ha convertido a más de un descreído en el amor por la humanidad.

Y tal vez Trump olvide sus cuitas financieras y se avenga a ser un turista más, atento y cordial, en el Nacional o en el Capri de La Habana. Y le prometo que le servirán la Coca Cola de su amor acompañado de un habano que catequiza al más descreído.

 

 

Autor entrada: onmagazzine