Tintin en la Casa Blanca

Sergio Berrocal | Sergio Berrocal Jr.

 

Desde que ha tenido la ecológica y peregrina idea de recubrir de paneles solares el muro que quiere terminar de erigir entre México y Estados Unidos, ha quedado claro que el Presidente Trump es o ha sido un lector empedernido de las aventuras de Tintin, el personaje de tiras cómicas que el belga Hergé lanzó al mundo hace casi noventa años.

Es posible que en el secreto de una infancia solitaria, durante la cual sólo le hablaban de construir enormes edificios para enormes beneficios, un mundo en el que no le dejaban ser un niño como otro cualquiera, sin siquiera leer a Victor Hugo o a Guillermo, el Donald insatisfecho con la puñetera vida que le condenaba a ser millonario sin remisión y actor de televisión de lo peorcito, leyó a escondidas las aventuras de Tintin.

Tintin. el reportero que el belga Hergé se inventó hacia 1929 para lanzarlo en abracadabrantes aventuras por países que entonces eran tan misteriosos para los europeos como después lo fue el monstruo del lago Ness.

Tintin, reportero con un aparente ramalazo de homosexualidad que no se llevaba en aquellos tiempos, tenía por compañero mayor a Milou, un perrito de niño rico, muy educado. El perro era tan raro como su amo, quien lucía un tupé bastante trumpista.

Tintin también debió de tener una infancia muy triste hasta que con pantalones de golf se lanzaba por el mundo para descubrir noticias, pero siempre metiéndose en abracadabrantes aventuras.

Cuando los países comunistas eran tan enigmáticos como las tumbas de los faraones, Tintin descubrió con su impertinente audacia el llamado “país de los soviets” y así fue recorriendo el mundo.

Mi tesis irrefutable por su inmadurez, impreparación y por el hecho de estar teñida de güisqui Vat 69, mucho más familiar que el apabullante Johnny Walker de veinte años en barrica de roble noble, es que Donald Trump se prendó de uno de los compañeros de aventuras de Tintin, el irascible Capitán Haddock, un belga flamenco que se pasaba las viñetas profiriendo palabrotas contra todos los dioses del universo. “Mille millions de mille sabords!” era su grito de guerra preferido cuando la ginebra le había situado al nivel de la realidad.

Y, entonces, de pronto, porque mi periodismo es de gente poco culta pero muy atrevida, que no fue más que a la universidad de la UPC, se me ocurre que en su reciente visita a Miami, ciudad que eligió para decir con toda la chulería del mundo, que no iba a quedar casi nada de lo dicho y prometido por el Presidente Barack Obama sobre el deshielo con Cuba, el Presidente Donald Trump fue invadido por el espíritu del Capitán Hadock y desde lo alto de su tribuna gritó, injurió y se portó como un corsario del Caribe.

Acabo de tropezarme en mis archivos con un hombre que marcó mi vida cuando yo era un periodista maestro de nada y aprendiz de todo que en los años sesenta (del siglo pasado, compañeros, que ya se acabó) andaba queriendo destacar en el París más maravilloso que nunca existió, porque era el único.

El personaje, Guido Orlando, no tenía nada de un Tintin. Era un elegante sesentón norteamericano de origen italiano, vestido como un lord de novela británica, tenía una suite en el que entonces era uno de los más suntuosos hoteles de París, el George V, y sus tarjetas de visita lo presentaban como Public Relations, personajes que en las Américas de aquellos años eran los encargados de vender mentiras que asientan las buenas reputaciones en el mundo del espectáculo, de la política y de los negocios

En la suite, en medio del humo de sus cigarros cubanos, sus secretarias tecleaban a máquina a la velocidad del sonido (no había ordenadores) y todas ellas se parecían a Laurent Bacall con falda estrecha de estricta confección británica

Imagino que de haberle conocido en su actual presidencia, Donald Trump le habría contratado inmediatamente y probablemente se habría evitado tomarse por el Capitán Haddock en su discurso de Miami.

Con su pericia publicitaria, Guido Orlando contribuyó, al menos eso dice su leyenda que nadie ha destruido hasta hora, a que Franklin Deleanor Roosevelt fuese elegido Presidente de los Estados Unidos.

Y poco antes había conseguido que un pobre muchacho que se moría de hambre en Nueva York, pasara por un torero de armas tomar porque Guido le inventó la leyenda de que quería torear en la ciudad de los rascacielos.

Contaba que el muchacho, al que bautizó Chiquito, estuvo muerto de miedo hasta que el Alcalde de la ciudad declaró alto y claro que en Nueva York no habría jamás ninguna corrida de toro. Entretanto, Chiquito se había convertido en un personajillo con dólares en los bolsillos y señoras que le perseguían por los pasillos de su hotel.

Y en este mediodía de este varadero que se asoma al mar Mediterráneo con vistas a los primeros palcos de las atrocidades de África, me pregunto qué hubiese pasado si Guido estuviese todavía aquí para aconsejar a Donald Trump.

A menos, y que los angelitos brasileños que juran que me protegen me perdonen, que su espíritu esté aconsejando –dicen que el alma es inmortal- a algún otro pez gordo del globo.

 

 

 

 

Autor entrada: onmagazzine