La Nube de Alcalá

 

A. Maria Rodriguez | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Cuando mi abuela veía asomar una nube negra por Sierra Arca, con dirección a Archidona, siempre decía preocupada: Ya está ahí la nube de Alcalá. Entonces repasaba los sumideros y mandaba colocar el tablero sobre la puerta de entrada. A veces, de poco servían aquellas precauciones porque, en aquellos tiempos , el agua que descendía de Sierra Arca no encontraba cauce suficiente hasta llegar al pantano, y las tremendas riadas desbordaban las cunetas y entraban en las casas dejando el paisaje abierto en turbias heridas en las que se amontonaban los cacharros domésticos hasta perder sus nombres.

Así que, durante los otoños, los inviernos, y a veces incluso en primavera, en cuanto el cielo adquiría por el norte un aspecto embarrado y gris que parecía fundirse con la noche, la gente decía que se nos venía encima la nube Alcalá y había que prepararse para lo peor. En seguida la atmósfera se oscurecía con densas nubes teñidas de tonalidades negras y los relámpagos rasgaban la oscuridad del cielo seguidos de unos truenos que hacían rugir las entrañas de las nubes y retumbaban en todos los rincones de la aldea.

Pero el momento más temido era aquel en que la lluvia comenzaba su danza ancestral repiqueteando con fuerza en las ventanas y golpeando los tejados. Entonces, mi abuela ponía la Cruz de Caravaca en la mesa sobre un pan colocado en una servilleta blanca porque, según ella, éste era el talismán más poderoso para alejar las tormentas. Mientras preparaba la Cruz y rezaba el Padrenuestro, los truenos crujían sobre el tejado azotado por la lluvia y, alarmada por aquel estruendo, mi madre le rezaban a la patrona de las tormentas. Santa Bárbara bendita, en el cielo hay una ermita con pan y agua bendita en el árbol de la Cruz.

Padrenuestro. Amén . Jesús.Muchas veces me parecía que, con estos ritos, el gemido del viento se apaciguaba, los truenos resonaban cada vez más lejanos, amainaba la lluvia y la oscuridad retiraba su negro manto hasta dejar los cielos revocados de malas nubes. Pero a veces las cosas se complicaban y la fiereza de la lluvia y de los negros cielos se aliaba con las riadas de la tierra y nos sobrepasaban. Muchas casas quedaban inundadas de lodo y, en algunas ocasiones, incluso dejaban ver en los muros su
esqueleto de ladrillo ante miradas y desolaciones.

Esta tarde hubo una gran tormenta en esta urbanización próxima a Granada y, por unos momentos, pensé que la temible nube Alcalá se había pasado por aquí. Ya sabéis, esa nube llamada así en nuestro pueblo desde tiempos inmemoriales porque, según dicen, le diezmó el rebaño a un pastor archidonés, apellidado Alcalá. Por estas tierras, en las que no conocieron a Alcalá, seguro que, simplemente, la llaman tormenta pero, hoy, en todo su fragor, recordé todas estas cosas de mi pueblo y ahora las dejo aquí escritas para que no olvidéis por qué enArchidona llamamos nube Alcalá a las tormentas que nos llegan por el Norte.

Autor entrada: onmagazzine