La Habana, otro cachito de nostalgia

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

 

Era divertido aterrizar en una noche cerrada en la pista helada del aeropuerto canadiense de Gander y todavía más cuando las sirenas de la policía canadiense, nunca supe si se trataba de la Policía Montada de Canadá que tanto admiré en el cine, anunciaban que rodeaban el viejo Iliuchin soviético como si los pasajeros fuéramos peligrosos criminales o algo peor.

Aunque uno ya no era un chiquillo –46 años no son nada, que feliz la mirada—aquella aventura me preparó para penetrar en la terrible Cuba llena de comunistas pro soviéticos, esos que en Europa conocíamos por las películas de espías. Qué tiempos aquellos…

Los policías nos condujeron a una sala muy simpática y acogedora en espera de que el avión repostase, imagino, y terminara de hacer sus necesidades para reanudar el vuelo hacia el viejo aeropuerto habanero desde París. Bebimos cerveza y los primerizos de este tipo de aventuras nos sentíamos casi gente peligrosa, algunos probablemente hasta pensaron que eran revolucionarios como los de la Cuba que nos esperaba. Esos eran los jóvenes europeos que se habían ofrecido para cortar caña de azúcar. Yo iba de señorito, Mi misión consistía solamente en hablar de películas en un extraño Festival de cine, que parecía una incongruencia ya que Cuba estaba bajo un embargo estricto y la vida era muy difícil.

Pero yo iba, ya lo he dejado dicho, de señorito, a escribir sobre lo que viera en la pantalla, algo que yo adoraba.

El tiempo ha pasado. Creo que Gander es ahora una respetable ciudad aunque probablemente los viejos policías, ya jubilados como yo, contarán en la noche de luna llena y de güisqui peleón las aventuras siempre magnificadas de aquellos extraños aviones soviéticos que aterrizaban allí en bastante mal estado para ir seguidamente a La Habana. Imagino las exclamaciones de sus nietos y de los amigos de alguna nieta en edad casadera.

Porque la verdad es que han pasado muchos años, más de treinta.

Muchas cosas han ocurrido desde aquellos días de 1985. Hemos envejecido por igual mis amigos cubanos y yo. Pero no para todos ha sido igual.

Uno siguió escribiendo cómodamente, contando cosas, muchas de cine, sin la menor estrechez mientras que la gente que dejé en La Habana siguió también adelante pero con mil dificultades que a nosotros nos parecían inverosímiles. Uno de esos amigos no ha dejado de pintar y hoy es un gran manejador de los colores. Unos cuantos, periodistas, siguen escribiendo, tratando de que fuera de la isla se entienda algo de lo que sucede en su país. Todos esos años no han cejado en su empeño, con la misma fe que en tiempos aún más complicados para la vida de todos los días.

Porque Cuba no ha sido nunca una nación como las otras. Su carácter socialista fue instaurado por Fidel Castro con la Revolución que llevó a cabo creyendo probablemente que con la ayuda de la Virgen de la Caridad del Cobre, cuya medallita llevó al cuello un tiempo, podría construir un país decente lejos de la vergüenza que el dictador Fulgencio Batista había conseguido poniendo La Habana a disposición de todo lo malo que tenía Estados Unidos.

Prostíbulos como nunca habían conocido, juego día y noche (me dijeron que al lado del Capri se guardaba o se guardaron los muebles y máquinas de una de aquellas casas de juego donde se cruzaban muchos dólares). La Mafia norteamericana tuvo allí sus cuarteles durante algún tiempo o cuando le convenía, principalmente en el Hotel Capri y en el Nacional, según me contaron.

Batista había entendido muy bien dónde estaban sus intereses y permitía que los pudibundos norteamericanos que llegaban medio vírgenes de sexo normal pudiesen hacer allí todo lo que se les prohibía en Estados Unidos.

Pero un tal Fidel Castro no entendía las cosas así y se puso contra él, hasta que lo echó a la rue. Esa es la historia oficial.

Nunca he entendido nada de política, tanto que en 1985, durante mi primer viaje a Cuba, vía Gander, qué nostalgia, cuánta saudade, llegué a creerme comunista o por lo menos socialista porque había estado con toda esa gente que tanto asustaba a los norteamericanos. Una vez, en París, el cineasta Pastor Vega casi me convenció de que algo se me había pegado, pero era un gran bromista amén de un enorme personaje al que tuve la suerte de tratar.

He seguido viajando a Cuba, con cine y mucha amistad por medio, y he observado los cambios, el dólar, el peso convertible, los paladares y tantas cosas. La Marina Hemingway adonde mi amigo Alfredo Muñoz Unsain, Chango, me enseñó a comprar güisqui del que nos gustaba. He asistido un poquito a la eclosión de un país de gente culta y cariñosa, casi nada cuando se vive por otros predios.

Hoy, un día cualquiera de junio de 2017, es un día emborronado por la rabia, uno más, porque el Presidente de los Estados Unidos, el republicano Donald Trump, que pudo contra la lady demócrata, ha decidido que las medidas tomadas sobre Cuba por su predecesor Barack Obama son papel mojado o poco menos.

Una amiga, entrañable periodista cubana de aquellos tiempos en los que yo creía que agentes comunistas (cubanos, claro) controlaban todos mis movimientos –así lo afirmaban en las novelas y las películas de la guerra fría—me manda mensajes que demuestran una decisión total de resistir al nuevo embargo. Y de vencer. Porque está claro que venceréis.

Ya sé, querido Chango que estás en el cielo, o eso te crees tú porque lo más probable es que estés en el infierno de los escritores. Ya sé. Esto no es más que un delirio nostálgico de un niño del primer mundo. Ya vendrán tiempos mejores. Y volveremos a bailar y a emborracharnos decentemente con ron partido por rocas de nieve, de hielo o lo que Trump nos deje.

Autor entrada: onmagazzine