El tiburón que todos llevamos dentro

Sergio Berrocal | Maquetación Sergio Berrocal Jr

Siempre me dio mucha pena de aquella pobre momia de los cines de mi infancia porque debe de ser más que incómodo andar vestido con vendas mugrientas y pringosas toda una eternidad, sobre todo en verano.

Ahora quien me da pena de verdad es el pobre tiburón que se inventó Steven Spielberg en los años setenta después de habernos metido el alma en un puño con aquel puñetero camión que te perseguía por las buenas cuando menos te lo esperabas.

Pero ahora toda la pena se la lleva el tiburón, y no me extraña que pueda estar en peligro de extinción. No solo porque a los asiáticos les encante sus aletas sino por el peligro que representa Hollywood, siempre dispuestos a pescarlos y a dejarlos en ridículo.

He rezado a Santo Expedito cuando he visto que a finales de los ochenta volvieron a intentar destruirlo con “Tiburón, la venganza”. Y la sociedad protectora de animales como si no ocurriese nada; claro que se trata de un pececito y no de un toro de Mihura de esos que dan millones de euros a sus matadores y atracadores.

Como si no fuese con ellos, con los productores, directores, guionistas y otra gente de mal vivir, Hollywood está siempre dispuesto a otro asesinato en aguas internacionales con tal de conseguir unos buenos taquillazos.

Lo que más me ha indignado en esta versión no son ya los ojitos adorables y llenos de lágrimas saladas del animalito cuando sus perseguidores, que le acusan de no ser un asesino en serie, consiguen liquidarlo, o al menos eso parece.

La indignación aflora por la falta de moralidad. Cómo se nota que el senador MacCarthy –aquel que te mandaba al exilio del olvido por menos de una pelusilla política o amoral que encontrase en el expediente de un director de cine—ya no es de este mundo. Cómo se nota que los códigos morales ya no rigen en Hollywood, con lo cual “Tiburón, la venganza” es lo más parecido a Sodoma y Gomorra, aunque sea la que codirigió Sergio Leone con Anna Maria Pier Angeli en los años sesenta.

Para la gente de mi tiempo decir Tiburón, el primero y único que dirigió Spielberg, es decir Roy Scheider, ese actor todo hecho de músculo y ternura que antes de meterse en el pellejo del sheriff Brody en una isla de arena fina y norteamericana compuso un dúo delicioso con Gene Hackman, inolvidable Popeye, en “The Frech Connection”, probablemente una de las mejores películas sobre el entonces incipiente tráfico de drogas.

Resulta, y vamos al cuento, que en ese “Tiburón, la venganza”, la viuda del sheriff Brody le pone los cuernos postmorten. Vamos, que cuando uno se cree que busca al tiburón asesino se tropieza con un Michael Caine que parece más bien salido de la nueva versión de “La momia” de Tom Cruise. Y probablemente no es culpa del simpático actor británico pero es que como lo han metido en tantas salsas desde que empezó a frecuentar la pantalla ya ni te lo crees.

No es como Tom Cruise que pese a que ya va cumpliendo años lo suyo es pegar saltitos por ridículos que a veces puedan resultar. Y si hay que desenterrar a la momia de Boris Karloff el inigualable, pues adelante, que un buen contrato y un buen cheque merecen todos los sacrificios. Y nos olvidamos de algunas interpretaciones del Cruise de más altura en las que el dinero tenía sus colores o Dustin Hoffman te llenaba de gozo triste.

Pero volvamos a las zurrapas del glorioso Tiburón. Todos sabemos que Grace Kelly no lo dudó un segundo en abandonar solo ante el peligro al afeitado sheriff Cary Cooper por un príncipe de nada de no sé qué principado de Mónaco en la costa Azul francesa. Pero ella era joven y estaba llena de proyectos.

Lo chocante es que la viuda del otro sheriff, el Brody, que encarnaba la actriz Lorraine Gary (¿será pariente del Cooper?), se vaya con otro como en la canción.

Estoy convencido de que Steven Spielberg, hombre culto y comedido, inventó las hazañas de un tiburón de la forma más moral que uno pueda imaginarse y probablemente por razones puramente altruistas y quizá hasta ecológicas. Pero que se aprovechen los despojos del cariñoso pececito para meternos en un vodevil…

Con traje de donjuán de islas paradisiacas Michael Caine no tiene perdón de Dios, aunque resulta, ni él se lo cree, que al final de la película queda como el héroe supremo porque salva hasta al apuntador. Y eso que él es un piloto de avión sin galones que no entiende nada de la fauna de los mares. Sublimemente ridículo.

Pero no seamos aguafiestas y celebremos el talento de los productores hollywoodenses que reinventan la misma historia mientras los cheques tengan fondos porque, además, así se conserva, de no usarlo, el poco talento creativo que debe de quedarles.

Esperemos para pronto otro remake de otra momia, otro de otro tiburón aunque ya hayan tenido que disecarlo. Y otro más de lo que sea. El objetivo de la operación es evitar que se desgasten las pocas neuronas que les queden a los guionistas. Todo sea por un taquillazo sin calentarse la cabeza.

Autor entrada: onmagazzine