Ansiolíticos para futbolistas sensibles

Sergio Berrocal | Montaje Sergio Berrocal Jr.

Te levantas un domingo por la mañana, cuando te anuncian sol a porrillo y, de pronto, te arruinan la fiesta pagana e imbécil. Se te vienen debajo de las suelas de los zapatos el poquito de ilusión que guardabas para el lunes porque te hueles que la semana será largamente depresiva,

La prensa francesa, sobre todo Le Journal du Dimanche, diario que siempre me sacó de quicio porque tiene la especialidad de publicarse únicamente el domingo, como hubiese cantado la divina Melina Mercuri, afirma que los pobrecitos jugadores de fútbol, los millonarios del balón, sufren, pueden sufrir una ansiedad que ni el desgraciado de obrero que con 700 euros tiene que mantener a tres hijos y a algún sobrino.

No es una película pero parece una película, ahora que al parecer vuelven a estar de moda los simios de los planetas o los planetas de los simios, que uno ya no sabe ante tanta riqueza filológica.

Odio el boato de esos señores que por saber pegar patadas –en mi colegio de jesuitas nos azotaban las manos con sus correas pecadoras por romper un cristal de una patada—son los amos del mundo, qué digo, Pablito, los emperadores con elefantes blancos y concubinas morenas, tirando a blanco, de las islas Marquesas o del noveno distrito de París.

Son los amos del mundo. Los nuevos señores. Además no les obligan ni tan siquiera a leer de corrido. Basta con que manden el balón donde al entrenador le da la gana para lucir Masserati, el último BBW, un Pinin Farina exclusivo, ah, que me dicen que la marca es Ferrari. Pues eso, Ferrari. Y ya está. Pueden incluso morder a sus adversarios, arrancarles una oreja, el intestino delgado. ¡Tarjeta roja!

Marcan goles y sus cuentas corrientes se vuelven locas, no hay banquero capaz de contar tantos ingresos. Si hace falta van delante de un tribunal para reconocer que ocultaron pasta en un paraíso fiscal y el juez le pide un autógrafo a Messi porque si no a mediodía la mujer lo tratará de retrasado mental.

El Journal du Dimanche, que estudia, llega a la conclusión de que 37 por ciento de los jugadores “presentan síntomas de ansiedad y de depresión”.

El doble que les ocurre a los albañiles o a los periodistas.

“Es difícil quejarse –agrega—cuando se gana 20.000 euros por mes (¡qué mal informados estáis sobre las tarifas del balompié!”, explica.

Ah, bueno, estará hablando de los desgraciados del balón que sólo cobran esa miseria, y además se tienen que comprar los tranquilizantes. Claro que un obrero que gana 1.000 euros también tiene que tomar todas las pastillitas del mundo.

Y, digo yo, si la incertidumbre lleva a los futbolistas de 20.000 euros/mes a la locura, cuántos antidepresivos tendrán que tomar los que como Ronaldo o Messi y una riada más se meten en el bolsillo más de un millón de euros por mes, sin contar algunos trabajillos de publicidad.

Pobrecitos míos, escribo y no puedo evitar que las lágrimas, las mías, salpiquen en el teclado. Pobres muchachos…

No sé por qué me acuerdo de aquel jugador de fútbol tan simpático y tan argentino, Diego Maradona, que hasta le ponían alfombra blanca, mucho más apropiada que la roja, en el aeropuerto de La Habana cuando de vez en cuando aterrizaba allí para que los médicos cubanos, que entonces ganaban 23 dólares por mes, le lavasen la cabeza, Y mira que se lo decían: No Dieguito, esa cosa blanca es caca. ¡Caca, coño!

Pero probablemente él ya estaba entre ese 37 por ciento de futbolistas, oiga, ¡me da una pena!, que sufrían ansiedad. Lo que pasa es que ni los especialistas cubanos le entendían. No es que se metiera coca por las orejas, eso no son más que leyendas negras, falsas, denigrantes para un hijo de Dios y que tan cerca estaba siempre de Él, es que la condición socio-profesional a la que pertenecía le tenía angustiado permanentemente. Y él ni lo sabía, pobrecito mío. Toda una vida con el estigma de la droga y resulta que solo sufría una enfermedad profesional, purita ansiedad y depresión…

Estoy convencido de que mi médico de cabecera, que es un tipo guapo de pelo blanco que no apea jamás su sonrisa, va a dejar de sonreír cuando le cuente el drama de este gremio tan sufrido como es el de los futbolistas. Sé que le voy a dar un disgusto.

Pero es que cuando las noticias malas se ponen a llover… Hace poco se jubiló el rey consorte de Gran Bretaña. Pobre hombre, qué sufrimiento el suyo. Tantos años comiendo casi exclusivamente caviar del Mar Negro…

Ahora por fin se podrá merendar un bocadillo de anchoas.

Es que no nos damos cuenta. Como pasamos la vida con los ojos puestos en una línea del horizonte tan bajita, ni nos enteramos de los que sufren por exceso de canapés de caviar, de canapés de salmón criados con mero y mimo en un arroyo de champán bruto.

¡Qué vida llevan los pobres!