Esmeraldas para la revolución

Sergio Berrocal | Montaje Sergio Berrocal Jr.
 
Ojos verdes y profundos como las esmeraldas son los de esta muchacha palestina que flirtea con su vida de veinte años sin pensar que antes de la tarde pude caerle la muerte.Está espléndida con su pañuelo palestino, nada de terrorista, hermano, y con su camisa roja a cuadro que parece salida de una película de aquel viejo Oeste norteamericano. Que hasta eso se ha perdido. La foto la ha tomado un fotoperiodista de la Agencia France Presse, Thomas Coex, cuando un grupo de chiquillas con ojos que encandilan y miran como si quisieran radiografiarte, iban a enfrentarse con las fuerzas armadas israelíes, a la salida de la universidad de Bir Zeir, allí por Ramallah, donde Jesucristo dio tres mil voces sin que nadie le oyera.

Estas universitarias acaban de salir de clase y probablemente entrarán en el juego de la Intifada. Un juego desigual y demente pues consiste en lanzar piedras contra gente uniformada y maravillosamente entrenada que dispara balas de plomo que te dejan sin vida en menos de lo que dura un suspiro.Espero que esas niñas no se dejen llevar nunca por los extremistas que en todas partes tratan de sacar provecho de todo.

Y que ni una de sus piedras sirva nunca para confortarlos.Porque esas zagalas estás hechas también con la falsa idea de que la ilusión y la justicia son de todos.Vamos, que cada uno de nosotros tiene derecho a soñar.Como si soñar fuese del dominio público.Soñar es cosa de poderosos.Los pobres, los otros, sólo tienen pesadillas.

Ellas, las de los ojos verdes, han oído hablar de los intentos de Revolución que tanta sangre ha derramado en los países árabes.Ha habido otras, todas fallidas.Y ni siquiera les llega la edad para haber vivido aunque fuese de lejos la Revolución cubana, la que más ilusionó en cualquier lugar donde cupiese una injusticia.

Los ojos verdes me han recordado en esta mañana lluviosa de comienzos de otoño en el sur profundo de lo más profundo de España a aquellas otras esmeraldas que perseguía Michael Douglas en una divertida película.También se me han rememorado a aquella otra, muy chiquitas, casi de muestra, que una vez, ¿cuándo Dios mío?, le compré a un señor en Bogotá. Era una noche cerrada y acababa de beber el peor café del mundo en la Colombia de todos los cafetales de todas las publicidades del universo.

En aquellos tiempos de todos los amores, de todos los gritos del silencio, había que recogerse temprano en Bogotá. Las cosas, entonces, no estaban como para pasear por el centro.Yo mato, tú matas, él mata, nosotros matamos, vosotros matáis y ellos también matan. No sé si una declinación tan espantosa se la enseñan a los niños de la guerra, desde esa África cada vez más ensimismada que nadie le hace caso hasta el Yemen, Afganistán, Palestina, Jerusalén y no pare usted de contar.

Érase una vez la Revolución. Lo contó con su sensibilidad única Sergio Leone y la silbó Ennio Morricone.Me pregunto qué habría sido, vista por Sergio Leone, esa Revolución cubana, la última Revolución romántica, la de los años sesenta, la que nos dio alas a la gente de mi generación, a los que soñábamos con la igualdad, la fraternidad y la libertad. ¿Cómo habría el italiano retratado a aquellos barbudos que a través de “Bohemia” nos llegaban a París envueltos en un halo de indefinible esperanza? Porque en los años sesenta, aquellos años sesenta, pues sí, que miro para atrás, porque hay que ver lo que amamos y no lo que odiamos, Cuba, su Revolución, pues sí, con erre rabiosamente mayúscula, y sus barbudos, toda o casi toda gente joven, dieron a gran parte del mundo –en Francia la derecha extrema cantaba a Che Guevara…– la maravillosa suerte de participar en una aventura por una libertad que nosotros creíamos que ya era cosa de todos los días.

No, en Cuba había hambre, pero sobre todo hambre de vivir otra vida que no estuviese ritmada por los insolentes dólares de los norteamericanos con su pandilla de mafiosos que copaban La Habana con sus tejemanejes.Habían convertido la capital en el puterío mayor del reino de América con sus correspondientes casinos y burdeles.Aunque estábamos a ocho mil kilómetros, esa misma Habana que acababan de liberar, pues sí, de liberar, se había convertido en nuestra meca, en nuestro monte de los olivos, en nuestro muro de las lamentaciones.Hasta París nos llegaban aquellos kilométricos discursos, excesivos para nosotros, capitalistas, que Fidel Castro pronunciaba sin arrugarse.Nos sonaban como esperanza en la que todos podríamos participar. Porque la esperanza tiene que ser de todos.

Hasta los norteamericanos más avanzados, el periodista Herbert Matthews fue un gran ejemplo contando para sus conservadores compatriotas aquella Revolución a 90 kilómetros de Miami. Casi nada. Compañero.

La Revolución cubana no era la revolución de los bolcheviques.Pedían libertad en español que a nosotros nos sonaba como las canciones caribeñas con las que ya toda Europa bailaba, empezando por los mambos de Pérez Prado.Inconfundible Revolución que, como todas las ilusiones, termina en agua de borraja.Pero nos ilusionó, nos enamoró durante medio siglo.Y luego. La piedra salió volando y la muchacha de los ojos verdes gritó de emoción.