Lencería con champán

Sergio Berrocal | Montaje Sergio Berrocal Jr.

Se nos caen las velas del recuerdo y permitimos que se borren las huellas del pasado, sin pensar que el pasado es el único presente que tenemos. Lo demás, el futuro, es fantasía de una noche de invierno pasada por una cámara frigorífica.

Pero queremos romper los moldes de nuestras vidas porque así lo quieren y así les interesa a grandes empresas que pretenden imponernos una forma de vivir más cara, más aleatoria y, sobre todo, más fea, más desagradable.

Se hacen guerras para que las grandes fábricas de armamento puedan vivir a sus anchas y que Wall Street no se convierta en un museo. Y las guerras traen nuevas formas de vivir impuestas por el vencedor: más Kalachnikov, más bombarderos que arrasan cien vidas en un suspiro. Y los bancos funcionan a mil por ciento, con ganancias nunca vistas y el trabajador es cada día más miserable.

Entonces se desencadenan las pasiones en el cine, reflejo de nuestras almas, y salen de los estudios furibundas horteradas donde prima la violencia sin pasión, sin arte, sin el menor prurito artístico. Y se les conceden críticas ditirámbicas, dictadas por el mal gusto del crítico o por intereses de las productoras.

Ya no hace falta talento para triunfar. Faulkner estaría en el paro y Joyce tendría que seguir dando clases sin salir de Dublín. Y seguramente no hubiese podido publicar “Ulises”. Cualquiera escribe, cualquiera hace una película, cualquiera es actor.

Es tiempo de horterada al por mayor, pero también tiempo de enseñar que el mal gusto no es ni mucho menos lo mejor. Porque el mal gusto no necesita esfuerzos y, además, en el cine se refleja casi siempre en las listas más taquilleras, con el besamanos de gente que se dice crítica.

Menos mal que todavía podemos echar mano de París, que sigue siendo el centro del buen gusto, el infierno del mal gusto y del turista vestido en la tienda del chino de la esquina. Aunque ya no nos quede realmente el París que algún guionista norteamericano que probablemente nunca lo había visto imaginaba en “Casablanca”,

Parece una nimiedad, pero en una época en la que no triunfa más que la fealdad, en el cine como en los cielos, los franceses se las han arreglado para que el símbolo supremo de la belleza femenina, que es en fin de cuentas lo que cuenta, sea preservado. Como una reliquia, desde luego, para ricos, no cabe duda. Pero todos, hasta los menos pudientes, hemos soñado siempre y por el momento seguimos haciéndolo.

Si cualquier día van a París, quiero decir al DisneyEuropa ese, concédanse tres horas de escala en el centro de la capital y paseen por la avenida Montaigne, hagan guardia delante de la fachada de Christian Dior, Si en ese momento se abre la puerta principal olerán lo infinitamente bello. Y aunque sea una belleza que solo concede el dinero, siempre nos cabe la posibilidad, la imaginación es soberana, de decirnos que tal vez un día…

Y no se olviden de que todos los años, los grandes modistas de París como Dior hacen rebajas a las que con un poco de suerte se puede acudir. En general, las mejores las reservan para las cronistas de moda, que se lo merecen, pero siempre hay una amiga de una amiga…

Les confieso que tomarse una copa de champaña con una señora que lleve un modelito de Chanel o Dior, es una recompensa de dioses. Y si además tienen la suerte de que su acompañante lleve un vestido de Christian Lacroix, el loco mágico de los colores, el Dalí de la fantasía costurera hecha mujer, me agradecerán el consejo.

Mis tiempos de reportero parisiense—tenía 18 años y no entendía por qué el lujo tenía que ser solo para los otros aunque mis zapatos necesitaran unas medias suelas—coincidieron con uno de los momentos más brillantes de la moda parisiense. No solamente las mujeres vestían bien aunque fuera de Monoprix, esos maravillosos pequeños almacenes parisienses baratos y elegantes, sino que a mí me tocó ocuparme durante un tiempo, suficiente para afilarme los dientes y entender que un champaña brut no tiene nada que ver con nada más, de desfiles de modas, lo mío era la lencería, vaya a saber usted por qué, sobre todo que mi inocencia era de juventudes católicas.

No solamente aprendí que lo bello si caro es dos veces bellos, que un Chanel 5, en aquellos tiempos sueño de unas cuantas noches de verano, era como la fontana de Trevi con Anita Ekberg y sin Marcello Mastroianni, sino que aprendí francés, lengua que yo creía conocer cuando me embarqué de Tánger para Marsella, pero que, por supuesto, desconocía totalmente.

Mi paso por la moda de París fue eminentemente educativo, sobre todo porque las modelos de entonces –años de 1960—eran nacionales, y como mucho bretonas o de la sugestiva Niza, en la frontera con Italia y hablaban francés, aunque no fueran académicas. Y, claro, la lengua circulaba más fácilmente. Porque fue entonces cuando comprendí, y Armando Manzanero un servidor todavía no le conocía, que hablando se entiende la gente. Que la lengua no es solamente exquisita en uno de los más lindos platos de la gastronomía francesa.

Contigo, ¿te acuerdas, Monique?, aprendí que la noche puede tener horas infinitas y que amar es el arte más bello del mundo.

Contigo aprendí aquellos vericuetos de la lengua más bella del mundo, a los que había que llegar, la que solo hablaba con propiedad un general-presidente de la República llamado Charles de Gaulle.

Desde luego que el General, probablemente el mejor Presidente que tuvo Francia, no hubiese aprobado mis métodos para aprender esa lengua que él manejaba como nadie y cuyos discursos daban escalofríos a los encargados de la traducción porque nunca decía lo que los demás creíamos que había dicho.

Eso sí, de lencería el hombre ni pizca. Era de una austeridad monacal, su señora posaba para los fotógrafos en la cocina y no vestida de Chanel precisamente, y para él la elegancia no iba más allá de un sencillito traje gris cruzado, cuando no endosaba el uniforme.

Pero pese a que se reía poco, fue él quien consideró públicamente que Brigitte Bardot daba más dinero a las arcas de Francia que los automóviles Renault. Aquel día, el General se pasó…

Era “la grandeur de la France” y sabía que el lujo exquisito francés contribuía a esa grandeza.

Hace tiempo que él se marchó, pero su espíritu flota todavía sobre el Sena.

Autor entrada: onmagazzine