Historia de amor

 

Sergio Berrocal | Montaje Sergio Berrocal Jr

Los árboles desparraman ese nefasto polen de todas las alergias y madres que antes fueron solo mujeres abiertas al amor de los hombres juegan con niños que han acaparado todo su poder de enamoramiento y que cuando ya estén cargados de años tal vez tomarán un descafeinado con leche como el mío en este mismo parque.

Mucho tiempo de vida en Marruecos primero y luego en Francia me han acostumbrado a ese perpetuo y subterráneo enfrentamiento entre la comunidad árabe y la hebrea. Y la historia de Yasmina la he conocido con otros nombres.

Cuando empecé mi última novela, Palestina, amor mío, estaba convencido de que escribía una novelita rosa, un relato sin más ambición que plasmar una historia de amor. El subconsciente, que tanto le sirve a Sigmund Freud para demostrar que no todo es locura en nuestro comportamiento, iba a jugarme una mala pasada.

En una entrevista concedida para el lanzamiento de esta novela a Radio Madrid, el animador de la emisión me sorprendió cuando afirmó que, al contrario de lo que yo pretendía, no era una novela rosa sino una novela política porque, tirase por donde tirase, el amor tiene también, y sobre todo en este caso, una vertiente absolutamente política y actual. Y me leyó el final:   Patricia suspiró como lo hacía cuando creía que el corazón se le iba a escapar. Aquellos dos meses fuera de Europa la habían cambiado. Luis contemplaba esta transformación con la misma sonrisa que se le escapaba cada dos por tres desde aquella noche en París cuando la muchacha se convirtió en mujer. Le parecía incluso que era el momento de hablar en serio. Se acercó todo lo que pudo a ella para que su voz pudiese llegarle por encima del vendaval de las trompetas. Se miraron como se miraban desde que comprendieron que el amor no era una invención de escritores y cineastas y que realmente existía un sentimiento más allá del alcance de todo razonamiento, de toda lógica, muy lejos del cartesianismo que todo lo niega. Patricia nunca le había parecido tan bella, tan madura pese a sus pocos años. Se le antojaba como más asentada, consciente de que la vida era algo más que una carrera desenfrenada hacia la nada. Por primera vez en muchos años, en muchas angustias, él creía en lo que estaba viviendo y se había convencido, a medida que pasaban los días en esta Habana suya de siempre que cualquier hombre, cualquier mujer, podía tener una segunda oportunidad, tal vez incluso la definitiva, la buena. Por el rabillo del ojo Patricia le miraba un tanto preocupada.

–Tengo que contarte algo y sólo te pido que me dejes hablar y que comprendas.

  La orquesta estaba flirteando con uno de los grandes momentos de Frank Sinatra, “Night and Day”.

— Cuando te conocí, durante aquella entrevista que me concediste, no fue pura casualidad ni tuve que reemplazar a un compañero. Yo estaba allí porque sabía perfectamente quien eras tú y porque te buscaba. Alguna de estas noches te he dicho que nací en el norte de Africa. Es cierto, pero lo que nunca te he referido es que mi familia es judía sefardita, que yo soy judío y que de vez en cuando he echado una mano a nuestros amigos de Tel Aviv…

  A Patricia le faltó poco para soltar una palabrota, pero tenía la garganta seca y sus ojos verdes no le cabían en el cuerpo de curiosidad mezclada con una cierta ironía.

–No creo que te importe que yo sea judío. Pero quizá no te guste saber que me mandaron a verte, que en realidad no fue un encuentro fortuito. Tú ya sabes que todos los países tienen unos servicios secretos que en muchos casos les permite protegerse. Cuando te conocí estaba en misión. Y si la noche del estreno de tu película en París no me encontraba contigo en el palco de la Opera es porque estaba preparando tu secuestro. Moshe y Pierre, a los que conociste cuando te llevaron a la casa de Louvecienne, son dos amigos de infancia. Luego, cuando ya estaba todo en marcha saboteé la operación, la hice abortar porque comprendí que ibas a ser la mujer de mi vida. Son cosas que a veces uno tiene la suerte de saber a tiempo. Y ahora, bueno, ya sabes…

  La música le pareció un alivio porque al menos había sacado fuera todo lo que le angustiaba desde hacía días. Miraba a Patricia fijamente, casi hipnotizado, porque temía su reacción. Quedó sin voz cuando la vio sonreír con una de aquellas sonrisas que ella sacaba del fondo de su alma libanesa cuando tenía que decir algo difícil de entender.

  Ella fue la que ahora le acerco los labios a la cara para que pudiese escucharla.

— Entiendo lo que me has dicho. Y la verdad es que yo también tengo un secreto, bueno tres. Sigo siendo libanesa maronita pero también es cierto que soy una excelente actriz. Supe quién eras desde el primer día. Mr. James me lo reveló porque gente que trabaja para él te investigó y le puso al corriente. El segundo secreto es que yo estaba perfectamente al corriente del secuestro y del resto, porque todo, absolutamente todo, fue minuciosamente montado por Mr. James para asegurar el lanzamiento del filme. Bueno, Pierre y Moshe actuaron de buena fe, convencidos de que trabajaban para una buena causa pero no fueron más que meros actores.

   Luis no podía creer lo que oía. Ella seguía sonriendo, con la misma sonrisa ladina de antes.

–¿Y el tercer secreto…?

— En realidad, más que un secreto es un pequeño problema que deberíamos resolver cuanto antes: ¿sinagoga o iglesia católica?

  Los ojos verdes, verdes como el trigo verde,  chorrearon chispas de alegría.

–Voy a tener un niño. Será el hijo de un judío sefardí y de una guerrillera palestina. Espero que nuestros amigos de Jerusalén y de Gaza no se enteren… ¡Inch Allah!

 Antes de despedir su emisión, el presentador me dio la puntilla de su razonamiento al hacer que me fijara en la dedicatoria de la novela “A todas las palestinas y a todas las mujeres israelíes que quisieran poder hacer el amor sin tener que hacer la guerra”.

Autor entrada: onmagazzine