Qué bello era nuestro cine

Sergio Berrocal | Montaje Sergio Berrocal Jr.

Se necesitarían todas las voces de los cantos gregorianos de las iglesias católicas, las plegarias de los rabinos de todas las sinagogas del mundo y el llamamiento inextinguible de todos los muecines a través de las mezquitas de los cinco continentes.

Todos unidos en una sola voz para pedir al Dios que cada cual venere por el cine que se nos va de las manos,Ese cine que a través de los años, muchos años ya, ha ido construyendo en nuestros corazones una maraña “conspirativa” en la que es muy difícil distinguir lo verdadero, lo vivido, lo imaginado, lo falso con atrezzo, suponiendo que soñar pueda ser considerado una falsificación de sentimientos.

Pese a las embestidas aparatosas de las fuerzas del mal que quieren convertir las pantallas en un lugar tan inhóspito o más de lo que fuera Mad Max con su atrevimiento futurista dentro de un orden y aquellas truculencias profundas que hoy dan risa.

Desde su concepción como cuenta cuento, espacio para soñar, para comprender, aprender, imaginar, construir sueños, el cine siempre nos ha acercado a sentimientos que valían la pena. Desde cuando Frank Capra nos decía que en el fondo era muy bello vivir, que podemos con todo, a condición de proponérnoslo, hasta que A. Romero nos introducía en el mundo fantástico de aquellos zoombies que hoy parecen dibujos infantiles, de mentirijilla, el cine ha ido recorriendo el camino de la fantasía y de la realidad, ayudándonos a cada paso.

Ni las películas del Oeste son inocentes. Los malos y los buenos frente a frente y el espectador en medio. Habría quien elegiría la mala pistola, la perversidad del peor del reparto, pero casi todos terminábamos triunfando en nombre de la ley, de una estrella de cinco o siete puntas, un cacho de hojalata con el que Gary Cooper nos decía que nunca hay que desesperarse por muy solo que crea uno estar ante el peligro,

Robín de los Bosques y otros caballeros cuya recompensa era siempre la más bella del reparto, la más virginal, la más meritoria. Cosas simples, historias de todos los días que hacían del cine no solo un espectáculo de distracción sino de educación y conocimiento.

Hubo momentos fuertes, con el neorrealismo, cuando el cine nos dijo que no todo era bello y que había que ponerlo también en la pantalla, para denunciarlo, compartirlo y si posible solucionarlo.

El cine de acción, con las guerras mundiales, en particular la Segunda, dieron la oportunidad de fijarle a la cinematografía el papel de denuncia y de luchar por una paz que ni era la definitiva ni la mejor. Pero era la que teníamos.

Hubo tiempos más calmos en los que el cine pudo dedicarse a mirarse el ombligo, radiografiar sentimientos, formas de pensar, maneras de enfrentar el mundo, desde la aparente sencillez del cine norteamericano a la supuesta complejidad de los cines nacidos del teatro en el norte profundo de Europa, con lo cual la expresión de sentimientos fue todo un arte.

Desde hace algún tiempo, en época relativamente reciente, llegaron a nuestras vidas de espectadores gente de un sur maligno, de algún planeta de simios rabiosos que habían dejado el alfanje de las luchas nobles y otras cruzadas por el Kalachnikov de la exterminación fascista y sin piedad.

Por esos años de sinsabores, de fin de sueños de paz se sitúa la aparición de un cine de corte “terrorista” con el pretexto de modernismo que todo lo puede y mal, puesto que su función es desconcertar, turbar la paz del alma y hacer que el cine deje de ser un espacio de convivencia y de comprensión.

En los puntos álgidos de las taquillas, la emoción, la ilusión y hasta algunos buenos sentimientos llenos de telarañas han sido reemplazados por una violencia descomunal y sin causa, que a los que veníamos de otro cine nos desconcierta e irrita.

Escribo sobre los bárbaros ensordecedores del no se sabe por qué frente a una pared desde donde me miran dos rostros entre adustos y pícaros de mujeres, probablemente una madre y una hija, que por los años 1910 o 1920 pasean por una playa de blancos y azules tenues, en juego con sus largas vestimentas de algodón blanco llegado de Oriente y que el pintor español Sorolla plasmó algunas vez en algún lugar del Mediterráneo, muy lejos del Caribe donde los violentos del “nuevo” cine han operado sus últimas fechorías, a base de furiosos resoplidos que hacen saltar las taquillas.

A la más joven de las dos paseantes me la encontré hace años en La Habana, Cuba, cuando yo llegaba a un país socialista, el único del Caribe, donde muchos años más tarde, imperaría el furor brutal de miles de caballos de vapor, cuan jinetes de un Apocalipsis que hubiese dejado atónito por su violencia desenfrenada, violencia sin causa, a su autor, Vicente Blasco Ibáñez.

Eran los nuevos jinetes del apocalipsis a bordo de ingenios de otros tiempos, de otras maldades, que corrían por el delicioso Malecón habanero, que siempre había olido a peces nadadores de un mundo de una Alicia cualquiera, como si quisieran destruir el espíritu de todos los órdenes establecidos con siglos de esfuerzo e imaginación. Las cabezas rapadas, los cerebros sin nada que pensar, rugían y rugían, furiosamente. Aquello era el no va más del cine, cine triunfante de la imbecilidad humana, de tres a 2000 años.

Todavía no habían llegado los jinetes del Apocalipsis de Hollywood y el poeta español Luis Rosales escribía:

La lluvia

Sobre la arena,

Con las primera gotas

Se deletrea.

Autor entrada: onmagazzine