Y nacio la mujer Christian Dior

Sergio Berrocal | Montaje Sergio Berrocal Jr.

A veces, aunque cueste trabajo creerlo, hay momentos de real felicidad, de sonrisas sin lágrimas. Una película puede hacer feliz por espacio de noventa minutos, durante dos horas, tiempo más que suficiente para que Corea del Norte ponga al mundo al borde de la histeria con sus lanzamientos de misiles.

Y hay que ser feliz o por lo menos moderadamente feliz, como decía todos los días, un entonces apreciado periodista en una radio.

Mientras en Estados Unidos se llevaban a cabo redadas monstruosas contra indocumentados de rostro bronceado que al parecer ejercían la delincuencia, esto nunca se sabrá.

Mientras políticos de diferentes madres y padres exultaban con sonrisas para la posteridad.

Mientras llovía cuando no tenía que llover en un invierno africano.

Mientras, uno se refocilaba leyendo un recuerdo a Christian Dior, aquel señor francés bajito y bastante educado que en 1947, hace nada menos que setenta años, toda una vida, todo un recorrido por los campos baldíos y los paraísos perdidos, inventó una nueva moda para las mujeres que tanto nos gustó a los hombres.

Francia hacía apenas dos años que había salido de la espantosa II Guerra Mundial, que entre 1939 y 1945 había tenido al mundo en vilo, con unos arrogantes alemanes llegados del cerebelo de un mentecato loco llamado Adolfo Hitler que puso el mundo patas arriba.

Salía Francia también de una odiosa ocupación de París por las tropas grises del más gris de los dictadores, con permiso de José Stalin, que en el momento de marcharse habían recibido la orden de volar la ciudad.

Setenta años después, cuando la torre Eiffel va a ser protegida con una barrera de vidrio antibala por culpa de otro maldito dictador que habla en nombre de Dios y comercia con el Diablo, París sigue siendo la ciudad más bella del mundo, la única hecha para vivir y para morir, por muchos terroristas malditos mil veces que quieran afearla.

Salía Francia de una guerra sin fin y brutal que había dejado huellas profundas en su gente, porque el enfrentamiento contra el terror de Hitler había desteñido en todo un país hecho para vivir.

Poco antes de que Christian Dior y su célebre tienda de modas apareciesen como una garantía de que la belleza puede con todo, los franceses habían lavado sus heridas que sangraron durante mucho tiempo.

Cuando llegué a París en 1957 en lo que ya era un emporio de la Moda reinaba Yves Saint Laurent, que con gafas gruesas de miope profundo y pinta de joven estudiante perdido en un despacho de lujo me recibió. Supongo que me explicó algo de aquel legado que le había caído encima y de la responsabilidad de ser el nuevo Christian Dior. Ya no recuerdo nada de aquella entrevista, tanto más cuanto que mi francés de entonces no daba para mucho.

Da alegría, hasta a mí, que ya es decir, comprobar que un hombre como Christian Dior, que antes había estado al frente de una galería de arte que se fue al garete y a quien nadie conocía iba a convertirse en el mago de Oz para las mujeres del mundo entero.

Cuentan las gacetas, y lo celebra justamente el semanario francés Le Point, que cuando presentó su primera colección en la mítica Avenue Montaigne, donde yo tomé mi primer güisqui en el bar más elegante de la elegante arteria parisiense, la Redactora Jefe de la revista norteamericana Harper’s Bazaar, que entonces era la que mandaba sin derecho a réplica en el mundo de los trapos, dijo alto y claro que aquellos vestidos de impresionante composición eran un “New Look”.

Y por lo visto, lo que había hecho aquel hombre que tanto amaba a las mujeres fue “esculpir una silueta graciosa, opulenta y femenina cuando estábamos saliendo de una época de guerra, de uniformes y de privaciones”.

Y el mismo modista confirmó lo más sencillamente del mundo; “Dibujé mujeres flores, con hombros desenfadados, bustos sin complejos, gozosos (es lo más bonito que he encontrado para el original “épanoui”) cinturas finas como lianas y faldas amplias como corolas”.

Una fórmula sencilla que conquistó a mujeres del mundo entero, vamos, a las que tenían los medios de pagarse tamaños modelitos.

Desde entonces Dior ha sido y sigue siendo sinónimo de París. Y cuando se tiene además a Chanel en la misma ciudad, se entiende que con unas gotas del número 5 Jamie Lee Curtis pudiese haber rodado la incomparable película que sigue siendo cuarenta años después de su rodaje “Un pez llamado Wanda” (Charles Crichton, 1988) verdadera, irrepetible enciclopedia de risa elegante como un modelo de Dior.

Acompañados por las risas y sonrisas desenfrenadas de Wanda, echen un vistazo a alguna película que les diga qué hizo por la mujer Christian Dior y les garantizo una felicidad breve pero intensa.    

 

 

Autor entrada: onmagazzine