Aquella noche sin alma ni luna

José Luis Conde | Montaje Sergio Berrocal Jr.

En honor de la verdad lo cierto fue que ni Eduardo ni Salvador tuvieron mucha suerte, pues acabar como acabaron y de forma tan tremenda, y tan misteriosamente cerca donde unos cientos de años antes otros amantes murieron por causas de un amor tan incomprendido como el suyo son cosas que si uno no las viera no las creería, añadiendo que son cuentos de combatientes poco hechos a las miserias de la guerra que intentan olvidar el horror diario sólo viendo lo que anhelan ver.

Y la verdad era que se amaban, desde que se conocieron un año atrás -en agosto de 1935- cuando coincidieron en un tertulia literaria organizada en el antequerano Círculo Recreativo por un grupo de poetas locales, y sólo bastó con que se cruzaran sus miradas para saber que el uno sería del otro por siempre, para adivinar que no necesitaban palabras para compartir sus intimidades y que sus almas eran parejas, que sus corazones latían con ritmos semejantes… Mas por cosas de aquellos tiempos, tan fieros y radicales, tan ardientes y coléricos, les cogió el inicio de la guerra en bandos diferentes (por puro azar, un viaje imprevisto de Eduardo a Sevilla) y en consecuencia fueron dolorosamente separados por abismos infranqueables. Y a su pesar y desde hacía casi dos meses luchaban en bandos contrarios, incómodos y ajenos a las razones de uno y otro bando, atrapados por un destino y una guerra que nada les interesaba ni nada aportaba a sus sueños, sin saber nada el uno del otro, sufriendo en soledad y rodeados del horror.

Y esta historia es la que se contaba por los frentes de guerra en aquel final de septiembre del 36 desde las Ventas de Zafarraya a Ronda y desde Alhama de Granada a la aldea de Montecorto. Cuentan las crónicas que a ambos los hallaron muertos de muy mala manera una patrulla del batallón republicano Antequera, que por aquellos días de septiembre del 36 tenía su base en Cauche y operaba en la zona donde transcurrieron los hechos, y la cosa sucedió así: unos milicianos, amigos de Salvador de toda la vida, husmeaban por los alrededores del Romeral buscándolo, pues el desafortunado muchacho salió voluntario la noche anterior con la misión de estudiar el terreno con vistas a preparar un contraataque que permitiera cortar la carretera que unía Antequera con Archidona a las alturas de la Peña y no había vuelto. En una acequia profunda que los facciosos habían utilizado como trinchera o pozo de tirador estaba Salvador muerto de un bayonetazo que lo atravesaba de lado a lado, que hasta se veía salir por su espalda la punta del machete un poco más arriba de los riñones y abrazado al otro caído, roto encima del que le endiñó la puñalada que casi lo partió. Decidieron separarlo del otro muerto para recoger sus objetos personales y dar tumba si se podía y fue cuando descubrieron que el otro, al que estaba fuertemente abrazado Salvador era Eduardo, su amigo, del que se decía con cierta sorna que era su novio. El terrible descubrimiento descompuso a los milicianos, que se hacían cruces con el hallazgo, pues la negra noche sin alma ni luna se la había jugado bien a los amantes. Uno de los milicianos, uno un poco simplón, preguntó después de reflexionar “De lo que ha muerto Salvador y quién lo ha hecho esta muy claro, pero ¿al otro quién lo mató?” Llevaba razón el muchacho porque Eduardo no presentaba herida alguna, así que uno de ellos dijo como si pensara en voz alta “Se le ha roto el corazón de la pena, cuando vio a quien había matado“

Autor entrada: onmagazzine