Historias de Archidona

Jose Luis Conde Ayala | Montaje Sergio Berrocal Jr.

Hoy la historia de la historia nos lleva a Archidona, para contarle una historia de amor, de vida y entrega absoluta. Conoceremos la terrible soledad de una mujer que lo ha dado todo por los suyos, conoceremos su pesadumbre, que es una melancolía con mayúsculas porque está sola aunque siempre  rodeada y cuidada por sus muchos hijos e hijas. La historia de doña Carmen es la común historia de muchas mujeres y hombres nacidos a finales de los años veinte y principios de los treinta: esas personas que vivieron los horrores de la guerra siendo apenas unos niños indefensos, esos adolescentes  que pasaron grandes necesidades después, esos adolescentes  que sufrieron incomprensibles e injustas  hambres, esos hombres y mujeres  que formaron familias que los obligaban a trabajar muy duro y que nunca tuvieron tiempo para ellos mismos, y que ahora se enfrentan a un futuro merecidamente grato y lleno de comodidades, pero en absoluta soledad, en absoluto silencio, sin nadie a quien poder contar que tiempo atrás ellos y ellas tuvieron sueños de amor, que vivieron apasionados romances, que fueron vida que dio vida.

 

Doña Carmen tiene setenta y pico años y muchos malestares amargándole a ratos  la existencia, porque  Doña Carmen ha parido veinte veces, la han rajado en quirófanos múltiples veces y ha criado con muchos esfuerzos a trece hijos…  Además  Doña Carmen, con mucho dolor,  enterró  a su marido allá por 1988 y, lo que es peor para una madre ha sobrevivido a la muerte de un hijo, pues  enterró a su primogénito una luminosa tarde de Agosto del 2003: doña Carmen  lo enterró  casi enloquecida, sin creerse que aquello fuera cierto, desgarradas sus entrañas porque veía  que el primer fruto de su vientre era sepultado.

Doña Carmen debía sentirse muy sola en la mañana del domingo diecinueve de marzo, y quizás por eso me llamó. Doña Carmen  se negó a aceptar mi invitación para que almorzara con nosotros, con mis hijos y mujer, alegando sus muchos achaques, alegando que sus huesos maltrechos no se lo permitían, más en cambio fue ella quien nos pidió que acudiéramos a su casa y ella cocinaría para nosotros.

 

Doña Carmen, aunque  rodeada de muchos hijos y nietos, sabe mucho de soledades, sabe mucho de interminables tardes de invierno, sabe mucho  de infinitas noches durmiendo sola. Me decía ella mirando por encima de mi cabeza, con la mirada fija en las pesadas sombras del pasillo  que desembocan en el comedor de su casa, y quizás buscando la sombra de los muertos y sus recuerdos, que noches atrás soñó que regañaba  a su marido, al que enterró ya va camino de los diecinueve años; me cuenta  que se despertó oyendo su propia voz, una voz  diciéndole a su  marido que  se fuera para su lado de la cama, que la iba a tirar;  y me cuenta que al despertarse se sintió  tan perdida, tan agobiada, tan insoportablemente sola que tuvo que huir de la cama y buscar el refugio de la compañía del televisor, porque era toda la compañía que podía tener a aquellas horas.

 

 Doña Carmen apenas comía porque sus urgencias eran llenar de sonidos aquella casa tan huérfana de sonidos, apenas comía porque temía no tener tiempo para  materializar su propia voz, para que fuera oída su memoria. Doña Carmen con un gesto de sus ojos  rogó a mi  mujer que se sentara a lado de ella, y mi mujer, de manera natural, dejó de ser ella misma para intentar convertirse en doña Carmen, pues comprendió al instante que aquella mujer necesitaba a alguien ajena a su sangre como confidente, comprendió que aquella mujer la necesitaba para contar lo que nunca había contado a  nadie, y este cronista al tercer bocado se olvidó  también de comer, y se vio con el tenedor detenido a medio camino de la boca, y vio, estremecido por un dolor profundo, que el tiempo se detenía y vio que el atardecer y las penumbras habíanse adueñado del mediodía.

 

Fue entonces cuando Doña Carmen cambió  su semblante, cambio su tono y se rejuveneció, y se transformo en una muchacha de diecisiete años, en una muchacha enamorada, risueña, apasionada mientras nos describía con hermosas palabras e imágenes cómo fue la declaración de amor, de pedida de mano, de las dificultades que su familia puso a aquella relación con el que  poco después sería su marido,  con el que poco después fue su compañero para toda la vida, al que ella amó toda la vida, al que todavía ama apasionadamente y añora …, y ya no fue doña Carmen, a lo largo de la tarde, la anciana abatida por soledades y tristezas sino una muchacha feliz, una muchacha soñadora. Con doña Carmen aprendí mucho y bueno: aprendí a escucharla y valorarla aún más si cabe.Queridos oyentes aquí termino y  sean felices, y hagan como doña Carmen, y mientras puedan amen, y mientras puedan besen y abracen sin complejos, que eso es todo los que nos quedará cuando llegue el otoño de nuestras vidas.   

Autor entrada: onmagazzine