Furibundo cine en Habana City

Sergio Berrocal | Montaje Sergio Berrocal Jr

Ha sido un momento grandioso, cumbre diría yo, en mi carrera de crítico de cine. Cuando la belleza se confunde con la infamia de la terrorífica negrura de la fealdad, qué feliz momento, hermanos que no habéis tenido la suerte de estar esta tarde contemplando la misma película que yo. Por momentos me recordaba a Al Este del Edén, en un momento dado eran planos copiados de Cuando pasan las cigüeñas y al final me decidí por De aquí a la eternidad. Y eran como trompetas tocadas por mudos y borrachos.

Todo es belleza satánica en esta película, quizá un poco ruidosa, con diálogos que, eso sí, suenan a gruñidos desengrasados.

Son muchachotes patriotas, valientes, hechos para combatir y ganar que se enfrentan en el Malecón de La Habana. ¡Nunca nadie había filmado este paseo con tanta espiritualidad, finura, ángel! Lo de ángel es por los automóviles que a novecientos por hora se entrechocan, en un juego que me recordaba a James Dean, él tan guapetón, con sus ojos dulces de miel de abeja de Atlanta.

Los intérpretes de Fast Furious8, o algo parecido, no lo tengan en cuenta porque a mí el inglés se me da bastante mal, son un poco más rudos que James Dean e incluso que Frank Sinatra o la bonita Tatiana Samoilova, pero bueno, son detalles con minifalda.

Y qué lección de cine salsa cretina con albóndigas de nitrato dan estos cineastas de Fast and Furious 8. Y lo han hecho en parte en Cuba, seguramente para que los ancianos del ICAIC (Instituto de cine cubano, al que debemos la mejor cinematografía de América Latina) sepan que les ha llegado la hora de jubilarse y que ya tienen ahí el relevo. Menudo relevo. Aunque me pregunto, en voz baja, claro, si estos mozos furiosos, pero furiosísimos, ni se lo imaginan, podrán entender el mensaje bastante pueril de películas cubanas como Fresa y chocolate o Retrato de Teresa. Porque la verdad, veo mal que los caballeros actores pudiesen introducir en sus furibundas y machaconas peleas a golpe de auto de museo, a un par de maricones y ese mensaje de paz que dicen llevaba esa película.

¡Cómo he disfrutado! No he tenido que entender nada. Imagino que si este filme lo hubiese rodado Alkira Kurosawa se habría notado y no habría conseguido un relato tan literal. Y eso que Fidel Castro nos advirtió durante años sobre el cine basura venido del norte…

En el cine éramos 10 personas, incluyendo a 8 niños y uno de sus padres, precisamente el que me invitó a irme a media película porque aproveché un momento de sosiego para intentar explicar a los infantes el mensaje socrático que encierra Fast y Furious 8, que ya es la película más taquillera del universo. Y se lo merece, caramba, vaya si se lo merece. Hay que premiar la estupidez, sobre todo cuando la dobla el analfabetismo más agudo.

El papá me explicó con cajas destempladas que en la película no había ningún actor que se llamase Socrático y que no confundiese a sus hijos. Me tuve que marchar con el alma rota, porque todavía quedaban por lo menos veinte minutos de espeluznante belleza y me los habré perdido.

Ni siquiera Sergio Leone habría sido capaz de sintetizan con sus planos extra cortos la profundidad de todos los intérpretes que, curiosamente, iban todos pelados al parecer por el mismo peluquero. Pero también es cierto que uno del bando contrario había robado una bomba que quería hacer estallar en Berlín y como el viaje desde La Habana quedaba un pelín lejos, el jefe de los buenos, digo yo, aunque tampoco lucía cabellera alguna, le paró en seco en sus malas intenciones, advirtiéndole muy en serio:

  • De una hostia te cambio el signo del Zodiaco.

Admiren diálogo, monólogo, canción de cuna, Vivaldi.

No pude ver el nombre del dialoguista porque fue cuando el iracundo padre de los niños me echó a la calle. Pero apostaría a que Faulkner tuvo que ver algo con esa frase corta, incisiva y que decía lo que quería decir. Como cuando en Otelo los otros personajes de Hamlet descubren, azorados y asombrados que, en realidad, el negro asesino, era un miembro del Ku Klux Klan.

Entre tanto barullo no conseguí saber si hablaban de Donald Trump o de Barack Obama, aunque, eso sí, lo repito, pude gozar del paseo cultural que varios de esos bólidos lanzados a la velocidad de la luz me proporcionaron a toda pastilla al lado del mar. En un plano más audaz que los otros alcancé a ver un trocito del Hotel Nacional, pero no me dio tiempo a reconocer al portero.

Regresé a casa en taxi y, entusiasmado con la plástica de Fast y Fourious 8 me fijé en un dibujo negro y audaz que me pareció daliniano y que adornaba el salpicadero.

Cuando dije mi entusiasmo en voz alta, no tanta como los compañeros de la película que había tenido que abandonar, el chófer me miró de mala manera y me aclaró:

–No es un dibujo. Es la radio que anoche partieron unos individuos que atracaron a mi compañera y le dieron una paliza.

Salí huyendo del taxi en cuanto frenó.

Autor entrada: onmagazzine