La empalagosa mentira de Hemingway

Sergio Berrocal | Montaje Sergio Berrocal Jr

Patricia tenía los ojos cerrados. Su melena que a ella le gustaba vestir de rizos de mujer fatal, brillaba sobre una sábana blanca. Alguien le había cruzado las manos. La besó y se percató de algo que ya sospechaba: que no estaba muerta, sólo dormida, o desmayada. Posiblemente una herida grave, pero bueno… ¿Por qué diablo la habían metido en aquella caja tan vulgar? Las manos estaban frías y el dedo meñique de una de ellas roto.

Susurraban a su lado que la muchacha se había matado cuando el auto chocó violentamente. Que no había sufrido. Todo aquello era irrealmente absurdo pero el único que parecía entenderlo así era él.

Comprendió la tragedia una noche de luna muy cerrada en la barra de cuero del bar atestado de un hotel de La Habana, donde vigilaba los enormes trozos de hielo fondeados en el vaso panzudo repleto de un ron añejo que solo podía olerse a este lado del mundo.

Si tienes la suerte de haber vivido en París cuando joven, luego París te acompañará vayas donde vayas, todo el resto de tu vida, ya que en Paris hay una fiesta que nos sigue.Esto lo escribió Ernest Hemingway como tarjeta de visita a “París es una fiesta”.

Y era falso, absolutamente falso.Tuve la suerte o la circunstancia de tener 18 años en París y de seguir creciendo allí y a mí no me siguió ninguna fiesta.

El coche estrellado no era precisamente algo festivo. Y yo tenía 22 años cuando, demasiado joven también para aceptar la desgracia que nadie merece y de la que solo los dioses disponen. No sabía lo que hacía ni lo que ocurría y, sobre todo, por qué ocurría.

Cuando se publicó “París es una fiesta”, Hemingway ya estaba muerto. Era una publicación póstuma. No tenía que haberme engañado, porque ilusionar es inducir en el engaño más feroz que es la esperanza sin causa.

Podría casi perdonársele porque su novela, casi tan corta como “El viejo y el mar” pero nada que ver, “París es una fiesta” se publicó en 1964, en pleno auge de la esperanza de todos los que entonces teníamos 25 años. Éramos jóvenes adultos a los que la fiesta que realmente era la capital francesa aquellos años, donde la gente bailaba con el desparpajo del encanto y de la esperanza en plazoletas de París.

Porque París todavía no había pasado por las manos de los sanguinarios terroristas fanáticos yihadistas y creíamos, sabíamos, que el mundo podía ser nuestro. De una forma más modesta, menos fulgurante, que el futuro que Hemingway pinta a sus personajes, entre los que aparece Scot Fitzgerald y sus problemas de escritor rico y adulado metido en un cuerpo que no puede satisfacer enteramente a la bella y extravagante Zelda, ambos unidos por el alcohol y la vida sin freno razonable.

Zelda era una de esas figuritas de porcelana como pueden verse en las miniaturas y Hemingway nunca había dejado de ser el rudo campesino que nunca tuvo una muñeca entre los brazos.

Fitzgerald también tiene su calvario en este libro, aunque siempre sea en los lugares más elegantes de París, la Closerie des Lilas por ejemplo.

Hemingway le mentía a él como luego mintió al lector con la promesa de inmortalidad para los que hubiésemos sido jóvenes en París, quizá como venganza, porque a él le esperaba la muerte voluntaria, la que decidió darse. ¿Y cómo puedes prometer una especie de salvoconducto de felicidad cuando tú tienes la escopeta preparada y el día fijado?

Cuando salió a la calle “París es una fiesta” fue un exitazo que Hemingway no pudo emborrachar. Ya se había pegado el tiro en Idaho, antes de que el libro estuviese en la calle.

Él también había estado en París siendo joven, aunque sin fama ni dinero, y tampoco con él se echaron a volar las campanas de Notre Dame.

“Si tienes la suerte de haber vivido en París cuando joven, luego París te acompañará vayas donde vayas, todo el resto de tu vida, ya que en Paris hay una fiesta que nos sigue.”

A él tampoco le siguieron los músicos.

Nos mentiste, Hemingway. Homero también lo hizo pero con mucha más clase y nos dio un héroe, Ulises, del que podemos echar mano cuando todo se hunde y uno se pierde entre las mil islas de incertidumbre del Egeo y del Mediterráneo. Tú, Hemingway, diseminaste por el mundo la inmadurez con tus looser, una nueva raza de anémicos perdedores, el fracasado de siempre que las crisis políticas y sociales sacan regularmente de los infiernos caseros, hasta que saltan las llamas de Dante.Todos fracasados y sin París al que agarrarse, aunque hayas vivido allí cuando eras joven y te creías invencible.

 

Autor entrada: onmagazzine