La sábana de Marilyn

Sergio Berrocal | Montaje Sergio Berrocal Jr

Hay momentos, muchos, plenos momentos, en que a uno le gustaría perderse en los dobladillos mugrientos de una telenovela encharcada en la lágrima fácil, la admiración todavía más sencilla, para escapar a la actualidad aún más bochornosa, por absurda, descarada y falta de la menor piedad.

Sería la mejor manera para no tener que leer, que soportar, las atrocidades que la prensa, con certificación veterinaria de seriedad, expedida por las mejores facultades del ramo, se empeña en meternos en la cabeza, aunque sea a costa de arrebujarnos las meninges con paños calientes y mostaza hirviendo.

Porque en el dominio de la información hemos pasado al tudo vale, ese boxeo salvaje donde cualquier golpe es legal a condición de que sea testículos para arriba, con intención de herir aunque no de matar, que para funeraria no ganarían.

A Jesucristo los romanos no le hicieron mártir por capricho del César de turno y si le clavaron en la cruz tampoco fue para dar pretexto a la emergencia de una nueva religión, el Cristianismo, que se convertiría en la más poderosa de hace dos mil años.

Le dieron cruz a destajo para que no pudiese llegar a 2017 y entrar a saco en los templos de Walls Street y de los marchantes de arte que contaminan el mundo con sus ventas millonarias en las que solo cuenta la money, aunque haya que desahuciar a doce familias, hacer morir de pena a cuatro niños y provocar el ahorcamiento del esposo y padre.

Marilyn Monroe fue la María Magdalena que Jesús, estoy seguro, le hubiese gustado tener cerca, sobre todo en su segunda etapa, cuando la estrella había comprendido el poder y el amor de los libros, mucho más seguros que el de la gente, y leía, tomaba notas y comprendía. Era la única estrella no tonta de todo Hollywood, lo cual tiene mérito en una época en la que el barrio de Los Ángeles estaba plagado de mujeres de todo tipo con una única intención: llegar a lo alto del cartel de la fama.

Se vende la casa que ocupó la bendita Marilyn Monroe en Hollywood, por un poco menos de siete millones de dólares, una minucia para coleccionistas de nada. Por lo visto contiene la casa, relativamente modesta, cuentan las gacetas, la cama en la que murió, donde la mataron dirán los más clásicos, todos los partidarios de las teorías complotistas, porque ya sabemos que Guantánamo en una ciudad de Cuba pero nunca un penal de muerte, el más feroz desde Cayena dicen algunos, inventado por los norteamericanos y refrendado por un premio Nobel de la Pas, el expresidente Barack Obama, que sigue sonriendo sin sonrojo, Dios le bendiga y la sábana santa, no la de Marilyn, le envuelva..

La agencia inmobiliaria casi no se sonrojaría en afirmar que en esa casita está la habitación en la que la enorme actriz, la mujer que tanto hizo por nuestras almas, que tantas ilusiones perdidas nos dio, más que Charles Dickens, todavía está allí. Por lo menos la cama, y quién sabe si hasta las sábanas, donde agonizó, sola, solita, ella que llenaba las calles de multitudes a la vuelta de la esquina.

Qué bello reclinatorio de confesionario para todos los enfermos mentales del recuerdo, que somos todos, aquellos que con Luis Buñuel chupaban los zapatos de Jeanne Moreau o se encaprichaban con Catherine Deneuve, convertida por vocación en puta con traje de Chanel en un París que los terroristas desfiguraron.

En cualquier otro país, incluso en los más calladitos, la casa de Marilyn se hubiese convertido en museo y no en una atracción de feria para majaretas de la bragueta averiada que nunca sabrán que ella lo que quería era amor, no vicio.

Y que cuando en aquel cinco de agosto ardiente de 1962, cuando probablemente unas horas antes los servicios secretos de los más secretos le ayudaron a morir, aunque fuera un poco brutalmente porque los muchachos estaban haciendo horas extras, cuando Marilyn se nos fue, todos nos quedamos viudos o huérfanos.

Lo más indignante no es que esa venta se produzca en ese Hollywood del que ella fue la reina. Lo peor, lo más terrible, es la vergonzosa manera de algunos periódicos con pruritos intelectuales al anunciar la venta.

Ya no hay vergüenza. Capri se acabó hace años, cuando aquel cantante chiquitito lo decidió. Como la vergüenza y el pundonor de los periodistas serios, por lo menos con agallas para elegir un título sin caer en el sensacionalismo ubuesco de la prensa de los enfangados años dos mil. Miren, palpen, aprecien, este titular del semanario Le Point, francés y que pasa por intelectual: “¿Quién quiere acostarse con el fantasma de Marilyn Monroe?”. Lo firma, con caracteres de cartel de toros, un tal… no diré su nombre, que se joda, sin que por lo que sabemos se le haya caído ya la cara de vergüenza. Hay que vender papel, hijo, para eso estamos. Los periodistas son los enterradores de la civilización del buen gusto. Ale, hijo, coge el pico y cava otra tumba, que ya la venderemos.

 

 

 

 

Autor entrada: onmagazzine