El árbol que no creció en La Habana

Sergio Berrocal | Montaje Sergio Berrocal Jr

El lenguaje sigue siendo revolucionario, como cuando Fidel Castro dictaba cátedra en economía internacional o en cine latinoamericano pero los tiempos y las circunstancias han cambiado mucho.Si no se miran las fechas, la mayoría de los números de Granma o Juventud Rebelde de las últimas semanas parece que fuera ayer. Fidel en portada, trabajadores meritorios, actos patrióticos.

Leo “Un árbol crece en Brooklyn” de Betty Smith, que se hizo célebre en 1943 con este libro que cuenta los avatares, sabores y sinsabores de una familia norteamericana, de origen irlandés con hijas y muchos problemas, que se convierte en una gozada cuando el lector se encuentra con Katie, una mujer de unos treinta y poco años, esposa y madre guapa, porque hay que parecer guapa para vencer, que con infinitos pocos medios y mucha imaginación quiere que los suyos sean felices.

Son los años que culminan con la entrada en guerra de Estados Unidos en la I Guerra Mundial, en 1917. Época difícil para esta gente de medio pelo en un país tradicionalmente de millonarios y de fortunas rápidas.

¿Qué hubiera pensado Katie si en su barrio pobre, donde nadie comía suficiente y a veces rondaba el hambre hubiese visto desfilar de pronto delante de su casa una troupe de guapas muchachas vestidas y perfumadas a la última moda de Broadway?

Pues probablemente el mismo estupor que cuando a principios de mayo de 2016, unos días después del glorioso día del trabajo, cientos, miles de amas de casa y otros paseantes se toparon en el Paseo del Prado habanero con una troupe parecida que hubiese sacado de sus casillas a Katie. Cada vestido Chanel que se deslizaba por donde en otros tiempos las habaneras lucían su palmito en tardes-noche inolvidables costaba decenas de miles de dólares, suficiente para enderezar una vida.

Entonces, cuando Katie soñaba, era Presidente de los Estados Unidos Woodrow Wilson, demócrata.

Faltaban muchos años para que un negro llegase a la Casa Blanca con Barack Obama, el mismo que hace cosa de un año pisaría La Habana en un gesto político que no solucionó nada de los problemas de fondo, puesto que el principal, el embargo, subsiste.

Sin embargo dio esperanzas, que tardarían poco en desaparecer, y en abrir el período del deshielo entre EEUU y Cuba. Principal resultado visible y que le importe a la gente, a los que se tienen que ganar el pan todos los días, se ha incrementado considerablemente el turismo pero, eso sí, los precios han volado por los aires. Y no solamente para los turistas.

Desde los tiempos de Katie a 2017, el mundo ha dado varias vueltas de campana. Y finalmente, hace poco, un republicano llamado Donald Trump, que no parece tener mucha simpatía por todo lo que no sea norteamericano, es el nuevo Presidente de Los Estados Unidos.

Con o sin él, el mundo parece correr a una situación nada confortable, donde los refugiados de todos signos y motivaciones tratan de forzar la puerta de Europa, aunque por el momento se les contiene a trancas y barrancas en Turquía, gracias a un millonario acuerdo de la Unión Europea con Ankara. Esos son los que proceden de Siria. Los que recorren miles de kilómetros de desierto africano para acercarse a Europa encuentran la puerta jugándose todo lo que tienen, en general sus puñeteras vidas, tratando de llegar por mar, casi a nado, a las costas de España.

En Corea del Norte, Kim Jong-un, amedranta a diestro y siniestro con la perspectiva de una guerra nuclear. El único que no parece temblar es Donald Trump, aunque es verdad que una guerra eventual le cogería muy lejos.

¿Qué pensaría Katie, el ama de casa norteamericana, que ya en 1917, cuando termina la novela, ha conseguido una relativa felicidad-estabilidad para su gente?

¿Diría ella tal vez que estamos locos? ¿Que no sabemos construir una felicidad aunque sea como ella lo hizo, trabajando mucho, ahorrando más, inventando hasta el infinito y queriendo a los suyos por encima de todo?

Lo que Katie no supo nunca es que sus futuros contemporáneos pondrían por encima de todo el bienestar social y material, muy por lo alto de la dicha de una familia, de una pareja o de una comunidad.

Montañas de años después de que ella consiguiese que su árbol creciese en Brooklyn,

Francie, la niña mayor de Katie, sigue queriendo ser escritora, vamos, escribir cosas, contar lo que se le ocurriese.“Observó el patio. Habían cortado el árbol cuyas hojas como sombrillas se enroscaban por encima y por debajo de la escalera de incendios… Pero el árbol no había muerto, subsistían aún…”

Seguro que Francie, en Nueva York, como Olympia en La Habana, esperaban asomarse pronto a un futuro mejor, a la vida que nunca les había tocado tener.

Pero aquella tarde, la agencia noticiosa AFP transmitió desde París, al otro lado del mundo, que un grupo industrial todopoderoso quería comprar el departamento de costura de la casa Christian Dior, por 6,5 mil millones de euros.

Francie y Olympia comprobaron con el periódico en la mano que aquella fábrica de sueños femeninos que siempre fue para ellas Dior seguía adelante, que las crisis no habían podido con el deseo de muchas mujeres de pagar mucho para ser las más bellas.

Francis lo estaba pensando en Nueva York, releyendo la información publicada por el New Yorkt Times y casi al mismo tiempo, Olympia lo leía en español en Granma.

¿Habían cambiado las cosas?

En La Habana se seguía rindiendo homenaje en la prensa a la Revolución que más de cincuenta años antes había cambiado el paisaje del mundo.En Nueva York, Francie tuvo oportunidad de pasar delante de un Edificio Trump, la Trump Tower, y quedó muy impresionada. La prensa mundial ya hablaba menos mal del Presidente, de su esposa y de su hija. La vida seguía.En La Habana, Olympia se sentó una tarde en una cafetería donde años atrás solo servían un café, aunque con más amor que el estilo forzado que ahora existía. Sí, las cosas habían cambiado. ¿Para bien o para mal?

 

Autor entrada: onmagazzine