Hemingway el Rojo

Sergio Berrocal | Montaje Sergio Berrocal Jr

Puede sentar como una descarga de sal del desierto del Gobbi disparada en las nalgas por un Winchester 77. Pero eso sería tomándolo con la imbecilidad del cachondeo.Lo más acertado es sentirse profundamente cabreado y vilipendiado por quienes divulgan, cincuenta y seis años después de su suicidio, que Ernest Hemingway, maestro de escritores, fue un rojo cuando la guerra de ideas en el mundo era algo muy maligno. Que jugó a ser comunista como un niño tonto. ¿Y a quién le importa eso? Pero claro, hay que intentar vender libros.

Gentuza que ha olvidado que el comunismo reinó en una parte del mundo y sigue siendo una doctrina por la que mucha gente sigue apoyándose. Uno de ellos es uno de los más poderosos del mundo, China.

El libro se ha publicado al parecer hace unos meses en los Estados Unidos con el título de “Writer, sailor, soldier, spy” y en el diario español El Mundo dice cosas muy lindas: “A España, a la Guerra Civil, llegó Hemingway quizá secretamente becado por la Union soviética”… Rápidamente puntualiza el escribidor que no hay datos concretos sobre ello, pero que, bueno…

El autor del libro es un tal Nicholas Reynolds, quien parece que hasta ahora escribió cosas sobre la CIA, esa espantosa arma de espiar y matar al servicio de una nación. Gran parte de su vida, Ernest Hemingway se dijo perseguido, espiado, acosado por otro servicio de chivatazos gubernamentales no menos poderoso y temible, el FBI, que en aquellos tiempos, en los que a él le tocó vivir, dirigía el personaje más siniestro de toda la historia de los Estados Unidos, John Edgard Hoover, perseguidor de todos los que no seguían la línea moral de la más moraleja norteamericana.

No persiguió solamente a Hemingway. Los Kennedy, y especialmente el presidente John F. Kennedy fue una de sus víctimas preferidas. Se decía que su particular horror por el sexo sano, siempre pasó por gustarle el otro, el de la acera de enfrente, llevó a Hoover a mostrarse con esos “pecadores” como un cruzado ante un sarraceno. Y por ahí, un día apareció muerta en su sueño Marilyn Monroe, la actriz que había llevado el escándalo hasta los salones de la Casa Blanca.

Este libro, inútil, contribuye quizá a poner los puntos sobre las íes y a poder creer que el escritor no era un paranoico obsesionado por la persecución a que decía le sometía el FBI, la policía más temida de cualquier norteamericano aunque ahora estén de moda las películas y las series televisivas a su gloria. Una Gestapo quizá más inmisericorde que la que servía los más bajos intereses de Adolfo Hitler.

Todo el mundo sabe, y el escritor cubano Leonardo Padura lo ha contado más de una vez que en Cuba, el escritor se empeñó en perseguir serpenteantes y fantasmagóricos submarinos alemanes a bordo de su yate “Pilar”. Nunca se supo que hubiese hundido a ninguno.

En mayo de 1960, recuerda el mismo Padura, fue internado en la Clínica Mayo de Estados Unidos con el propósito de que le desapareciesen sus obsesiones, en particular las que situaban siempre al FBI a su caza y captura. Entre 15 y 25 electrochoques que los gentiles médicos le aplicaron debían curarlos. Un auténtico nido del cuco. Padura precisa que ese tratamiento, hoy al parecer prohibido, “destruyó su capacidad para escribir”.

El 2 de julio de 1961, poco después de salir de la clínica, se refugió en una cabaña que poseía en Idaho y se pegó un tiro de elefante. Tenía 62 años y el FBI había terminado por triunfar.

El libro, en el que se le acusa con vaguedades de simpatías por el régimen de Moscú, se ha publicado, curiosamente, el mismo año en que Estados Unidos ha cambiado radicalmente su signo político en la Presidencia con la llegada de Donald Trump. Pero sería ocioso querer cargarle el muerto al nuevo primer mandatario porque es dudoso que conozca a Ernesto Hemingway lo suficiente como para odiarlo.

No se entiende. Que se persigan las ideas política que pudo tener cincuenta y seis años de su muerte es más que extraño lamentable.Es curioso que ni el autor de ese panfleto ni quienes lo divulgan hayan pensado que en los años cincuenta y sesenta, era casi un reflejo normal para un intelectual sano sentir simpatías por el comunismo, una doctrina totalmente opuesta a la que existía en todo el Occidente cristiano y que en Estados Unidos había dado nacimiento al monstruoso senador McCarthy, el perseguidor de intelectuales amigos de los comunistas.

Hemingway vivió una parte importante de su vida en La Habana y que tuviese o no simpatías por el régimen de Fidel Castro no le importaba más que a los Edgard Hoover que viven en la envidia de muchos mediocres.

En los años sesenta, todos los que teníamos edad de pensar sentíamos simpatías por la izquierda, que era todo lo contrario de la derecha de los fascismos nacidos en Europa con Hitler, Mussolini y Franco. Soñábamos con un mundo mejor y era nuestro más estricto derecho equivocarnos.

¿Y a quién mierda le importa que Ernesto Hemingway fuese simpatizantes comunista, comunista de salón o comunista con el carné expedido en Moscú entre los dientes?

Cuando se ha tenido el talento de haber escrito solamente “El viejo y el mar” nada más puede contar.

Que los electrodos de la curación moral lo destruyesen hasta el extremo de preferir la muerte es una infamia que nadie juzgará y aún menos se castigará. Que en la nueva era política de los Estados Unidos dador de lecciones desde que el mundo es mundo coincida con un libro que lo denigra es otra infamia.

Por primera vez en la vida me siento con la vocación de aquellos siniestros bomberos inventados por el norteamericano Ray Bradbury en “Farenheit 451” que en un país imaginario, pero que todo el mundo reconocerá a los suyos, se dedicaban a erradicar la existencia de los libros.

El francés François Truffaut lo llevó al cine, quizá para mostrar el horror de esa quema de la inteligencia.

Esta mañana, que Dios me perdone, me siento bombero de los depredadores que a toda costa quieren desenterrar el cadáver de Hemingway para volverlo a subir en una pira funeraria de la Inquisición.

Autor entrada: onmagazzine