Noche de rosas rojas

Sergio Berrocal | Montaje Sergio Berrocal Jr.

Luces callejeras montan una guardia inútil porque no hay nada que guardar. A menos que guarden la soledad de la madrugada.Sin novedad en el frente.Mañana será otro día. Vendrán otros tiempos y los nuevos tiempos acabarán con el maldito pasado.El viento caliente del verano loco no lleva pensamientos. Sólo sopa de sueño.Nadie vigila la noche. O tal vez sí. Las farolas de las calles siguen solitas hasta la playa. Le tienen miedo al gua negra.No hay moros en la costa. Los piratas también duermen.Kevin Spacey sueña con los ojos abiertos como un nido de golondrinas del Sudán.

Piensa que quizá sea cierto que lo malo lo borra el tiempo. Y que llegarán de nuevo días de rosas y güisqui a gogo.Pero ha despertado de su “American Beauty” y se da cuenta de que el tiempo no borra nada. Que lo que fue no desaparece jamás. Que no hay marcha atrás.Se dieron las buenas noches. A la mañana siguiente, cuando él se despertó, ya no volvió a verla. Ella se había matado en un estúpido accidente de coche del que nadie era al parecer responsable.Cuando se publicó la primera edición de “Ojos verdes”, en abril del año 2000, estaba convencido de que con esta novela había dejado atrás dieciocho años de angustia.Hasta tuve la audacia, dictada por la estupidez o quizá por la ansiedad, de afirmar que había logrado exorcizarme.Como si fuese posible olvidar lo inolvidable.

 

Tal vez en aquella primavera lo creí de veras.Pasé tres años en Brasilia lejos de la vanidad absurda de una Europa avejentada.Me fui allí como corresponsal pero en realidad buscando una vez más el olvido, la paz que no he conseguido nunca. Se me metió en la cabeza que poniendo tierra por medio se podía huir del pasado.Lo intenté con La Habana hasta el extremo de que faltó poco para que me quedara a vivir en Cuba.Probé con otros países.

 

Ahora, hace tiempo, he aterrizado en un pueblo ex marinero del sur de España con pretensión de metrópoli. En realidad es sol y playa a espuertas, donde uno se siente solo entre un rebaño de turistas..En esos intentos de huir de mí mismo fallé miserablemente, aunque es mucho más grave, porque deberían de haberme fusilado por desertor del pasado.Lo único que he conseguido es odiar una de las más bellas ciudades del mundo, París, donde hasta aquella mañana de mayo de 1982, ni quiero acordarme del día, mi vida había sido una sinfonía.

 

Odio a París, como odio tantas cosas, porque la sinrazón es abrumadora y me temo que voy a irme de esta playa sin haber entendido un carajo.No me refiero a entender a esa gente que rebosa la maldad de la estupidez congénita, que se baña a diario en un mar de presunción y miedo, de maloliente orgullo de ser y existir. Como si estuviesen convencidos de que se van a quedar aquí hasta el fin de los tiempos.Ya sé que lo mío es grave. Me lo dicen y me lo repite gente que me quiere o que me odia, porque ya se sabe que en estas cosas se encuentra uno siempre entre dos fuegos.Aunque llevo toda mi vida haciendo lo mismo, dale que te pego a la escritura, contando cosas y hasta a veces diciendo lo que siento ahora me encuentro un poco varado.Como esas barcas de pesca que en la playa que está a dos pasos de mi casa saben que nunca más volverán a navegar.

 

Además de en la distancia he buscado piedad en ese hombre de la cruz que guía mi vida, aunque a veces nos peleemos, y en los libros, no en los que yo escribo porque entonces probablemente habría sido insoportable. Desgraciadamente ni Ernesto Hemingway, al que adoré, ni Milan Kundera, ese checo con la mente más preclara que conozco en materia de amores y desamores, de hombres y mujeres, me han dado razones de creer.Con un poco de exageración podría jurar que a ratos me han hundido un poquito más, con lo cual no han tenido mucho mérito porque cuando se toca fondo es difícil ir más abajo.

 

Esto me hace recordar una estupidez que me enseñó un psiquiatra: cuando uno toca fondo siempre o casi siempre logra salir a flote porque tiene el reflejo de patear para volver a la superficie.Lo he probado en una piscina y funciona. En el barrizal de los días que se arrastran ya es otra historia.Una nochevieja en Brasilia, en pleno verano, una muchacha torneada por un diabólico ebanista del cielo bailaba a dos pasos de donde yo estaba terminando el quinto güisqui de la noche.

 

De su vestido blanco surgía un rostro moreno de sonrisa perversamente encantadora, igual que la de unos angelitos negros que una mañana contemplé embobado en una iglesia de Salvador de Bahía.El reserva de no sé cuántos años que estaba tomando se me atragantó. Era como ella. Era como ella habría podido ser esa noche si aquella mañana de mayo tan lejos de Brasil y tan perdida en el tiempo,Esa noche me hubiese gustado bailar con ella. En realidad no sé si a ella le hubiese gustado.Sonreía siempre, con la más maravillosa de las sonrisas pero no sé siquiera si realmente era feliz.Y me hago la pregunta que me he repetido miles de veces: ¿qué hubiese ocurrido si hubiese vivido?  ¿Y por qué quiero resucitarla? ¿No estará mejor donde esté? ¿Qué hubiese sido de ella? No lo sé, pero creo que tenía derecho a saberlo, a jugar para ver si podía ganar.

¿Todavía andas así más de treinta años después? Olvidar es negar el pasado, negar lo que fue parte de nuestras vidas. Es una mera cobardía. Kevin Spacey se ha creado un universo de rosas muy rojas, demasiado rojas para ser de este mundo.Pero ha encontrado la solución para poner fin a los problemas que no tienen cómo resolverse.Rosas rojas para la noche de siempre.

Autor entrada: onmagazzine