¿Adivina quién viene a cenar?

Sergio Berrocal | Montaje Sergio Berrocal Jr

Si yo fuera subsahariano y estuviese dispuesto a jugarme la vida a través de desiertos, de mares, de hambre y asco de injusticia que me ha perseguido desde que nací, porque mi tribu no pertenecía a la etnia de los poderosos.

Si yo fuese argelino, marroquí o de cualquier otra nacionalidad maldita por dictadores que se lucran del sudor del pueblo, del voto del pueblo, de la ingenuidad de hombres, mujeres y niños que creen que han nacido para vivir.

Si yo fuese cualquiera de esos emigrantes, rostros pálidos a medias tintas que se lanzan al mar desde cualquier parte de África después de haber empeñado los haberes de toda la familia.

Porque todo esto conlleva ser miserable de solemnidad.

Me lo pensaría una docena de veces de una eternidad de vida, a menos que mi país, o lo que quedase de él, estuviese liado en una guerra patética que hasta las Naciones Unidas pudiesen verificarlo.

Porque para emprender ese peregrinar hacia la Europa de todas las ilusiones… Estados Unidos queda muy lejos y además allí saben cómo quitarte las ganas de creerte a la altura de un blanco.

Ni siquiera has tenido la bendición de nacer en Hawaii, la isla de los collares de flores de bienvenida y de algún presidente de los USA.

Porque hijo mío, sabes que al otro lado del mar, en cuanto pises tierra firme y mires hacia la Meca, o hacia el otro dios que es todavía más invisible, te esperan vallas de alambres con cuchillas – sí, querido, las técnicas disuasorias han mejorado mucho—o todo tipo de policía que te impedirá seguir con tus sueños europeos.

Es cierto, no dejarán que te ahogues en el mar y los maravillosos voluntarios de Cruz Roja y otros organismos caritativos internacionales te acogerán con todo el cariño del mundo.

Besarás la tierra que has pisado por primera vez después de haber tenido más suerte que tus hermanos y no haberte ahogado.

Y te meterán en un lugar de acogida. Emigrante de color.

Alguien dictaminará si eres devuelto a tu país, a menos que tengas la suerte, el arrojo o la desesperación de huir del regreso fatal y te transformes en clandestino.

Pero como nadie te preguntará si eres licenciado en Filología, tendrás que ganarte la vida vendiendo lo que salga, eso que llaman mantas. Y correrás, como Jesús corrió, delante de los más poderosos que querrán machacarte por ser un puñetero coloreado.

Yo te aconsejaría, querido emigrante, migrante o cómo diablos te llamen, que vuelvas a casa y supliques a cualquier consulado de esos maravillosos países occidentales que te den un certificado en el que se perjure que te vas, que abandonas tus pobres comodidades, no porque te mueres de hambre, qué vulgaridad, sino porque eres un perseguido político.

Entonces llegarás a Europa como refugiado político, y aunque no puedas alojarte en un hotel decente mientras esperas el barco, tienes alguna posibilidad de que te acojan como a cualquier sirio o afgano, que ellos sí que han sufrido los bombardeos.

Hasta los húngaros, que son bastante conservadores cuando se trata de sus fronteras, y que no vacilan en fabricar alambradas como si fuesen a defenderse de las hordas bolcheviques –porque vosotros, la gente de África, tenéis algo de eso—os dejarían dar un paso más hacia la Francia o la Alemania de vuestros sueños.

Aunque, pobrecitos míos, ni vosotros, espaldas mojadas de África, ni las víctimas del siniestro Assad, presidente todavía de Siria gracias a la benevolencia de los grandes Estados, podréis disfrutar del paraíso de los otros blancos, los europeos.

Porque, a ninguno de vosotros os lo dijeron cuando os pegasteis como lapas de desgraciados a una chalupa o subiendo a un mercante sin rumbo, Europa está arruinada, le debe hasta a los dioses griegos. Y no sabe cómo salir del atolladero.

Ampliad vuestro horizonte y tratar de llegar adonde llegaron todos los fundadores de Estados Unidos, polacos, suecos, italianos y tantos otros, a la Estatua de la Libertad.

Allí os acogerán y podréis integraros en el único país que, pese a todo, es el líder del mundo y tiene trigo para dar y tomar.

Quizá hasta es posible que una familia adinerada de Nueva Jersey, pongo por caso, porque no me da para más, os invite a cenar, negros, cuando os hayáis enamorados de una blanca reluciente de origen irlandés.

Seréis todos Sidney Poitier y Spencer Tracy os acogerá con la resignación de todo anglosajón cuya hija, blanca de anuncio televisivo, mansamente cuidada durante veinte años, tiene como novio a un señor como vosotros.

Pero lloraremos por el niño emigrado, y que sabría el pobrecito de estos líos que sólo entienden los mayores, que apareció ahogado en otro día en una playa de la que nadie sabe ni el nombre.

Una víctima inocente más de esta guerra que desde África libran millones de personas para conseguir llegar a un país donde puedan comer todos los días, incluso los domingos.

Y desde Siria y Afganistán, otros millones huyen y quieren seguir huyendo de la muerte de la guerra que ellos afrontan solamente con sus cuerpos.

 

 

Autor entrada: onmagazzine