El paraíso perdido

Sergio Berrocal | Montaje Sergio Berrocal

Mi abuela materna, Cristina Sánchez González, era uno de los personajes más conocidos y populares de Archidona.Vestía siempre de negro, quizá por la Guerra Civil que la tiñó de la sangre de un hijo, y encima de su bata negra como la muerte solía llevar un delantal con grandes bolsillos.Pasó casi toda su vida sacando niños del vientre de las archidonesas.

Cuando yo la conocí ya estaba retirada de la profesión de comadrona y pasaba una parte importante del día en un patio de suelo irregular debajo de un árbol sin ramas.Cuando me dijeron a que había dedicado toda su vida hasta pocos meses antes a traer niños al mundo pregunté si yo también había venido en sus manos. Una tía mía, viuda de vestido y pendientes, me dijo que no.Y me contó que yo había nacido en Tetuán, una ciudad bajo protectorado español del norte de Marruecos cerca de Ceuta, nuestro lugar de residencia. Cuando pregunté tontamente por qué, la tía se azoró.

Y siguió diciéndome, como para no tener que contestarme, que cuando mi madre, que entonces ya era profesora de partos, nueva apelación de comadrona, por la Universidad de Granada, se puso para parir, mi padre, el Coronel, decidió que alumbraría en Tetuán.Y en cuanto que yo saqué la cabeza del vientre, vuelta a Ceuta como si no hubiese pasado nada.

Me dio mucho coraje saber que me habían nacido en un pueblo del que yo no tenía ni idea y que nunca volvería a ver.Y de nuevo pregunté que por qué la abuela no me había traído también a mi al mundo, lo mismo que había hecho con tantos y tantos niños de Archidona.

Obtuve el mismo silencio.

En mi cabecita yo me decía que en lugar de pertenecer a ese pueblo desconocido llamado Tetuán  me hubiera gustado más, infinitamente más, haber nacido en esta vieja casa de la Calle Carrera, como algunos de mis primos y primas.

Para cuando aquella conversación con mi tía María yo ya había comprendido que mi paraíso, el que todos los niños buscan, no estaba en Ceuta sino en Archidona, donde sólo iba los veranos. Allí tenía amigos, primos para reventar y todo el mundo me conocía y me apreciaba.

Con mis pocos años ya sentía que todo el mundo, salvo algún malaje al que le hubiese ganado a las bolas, me quería. Muchos años después, como los veinte que tardó Alejandro Dumas en darse cuenta de que sus personajes habían crecido y tenían que jubilarse en busca de la vejez, supe que todos en el pueblo sabían que yo era hijo bastardo, vaya, que mi padre, el Coronel, no se había casado con mi madre ni me había reconocido como hijo.Pena, penilla, pena.Pero a mí entonces me importaba un bledo.

Lo único que me trastornaba era que el pueblo era donde yo quería vivir. En cierto modo, entre Archidona y Algaidas estaba mi mundo, el único que yo aceptaba y del que cada verano, cuando se terminaba los calores, me sacaban casi a rastras llorando.Hasta que la edad me metió en la realidad, no me cabía la menor duda de que allí estaba mi vida y que el hecho de tener que ir al colegio y vivir en Ceuta era circunstancial.

Pensaba sin saberlo que algún día volvería a mi tierra.Ahora, cuando ya no corro por la calle Carrera, me doy cuenta de que si la infancia no se hubiese terminado y si Archidona se hubiese parado en el tiempo para siempre, yo habría conservado mi paraíso.

Pero esa era mi película, una de las muchas que me ayudaban a vivir, y las películas tienen sólo un tiempo. Luego se van las imágenes y aparece la luz cruda.Unos días antes del fin de las vacaciones de aquel  año, alguna mala lengua me dijo que mi padre había sido llamado por Franco a Madrid y que ya no volvería a verle.

Dicen que cuando me vieron en el barco de regreso a Ceuta, el “Paloma” creo, estaba muy triste. No lo recuerdo. Ya tiene uno bastante con los malos recuerdos del presente como para echarse encima los antiguos.Eran tiempos en que nadie hablaba de nacionalismos ni de nacionalidades. Eras de un pueblo y punto.

Pero sin necesidad de tener conciencia de diferencias entre un país u otro, entre una región u otra, existía un orgullo de ser de tal o cual lugar. No ser de ningún sitio era un poco extravagante. Casi apátrida. Qué triste.

Autor entrada: onmagazzine