Amar en arameo

Sergio Berrocal | Montaje Sergio Berrocal Jr

La vida era como una erección fallida en la que el orgasmo estaba reservado a mujeres triunfadoras que ni siquiera se jactaban cuando lo disfrutaban mientras tú, iluso de Benarés, llorabas con lágrimas de desesperación de viudo a punto de ser incinerado vivito y coleando.El muy malange, que no sabía perder porque de chico su papá le dijo que era un triunfador nato. Claro que lo bendijo como machito triunfador un día de borrachera inguinal en el que un trastorno de la parte derecha del trastero de su cerebro que terminó convirtiéndole en un tipo cachondo y bondadoso. Se hizo cura.

 Tambores de pie de chivo malagueño, criados por mocitas vírgenes de todo pecado de la carne, chisporroteaban tiernamente cuando se alistó en la Legión Extranjera que ya había desertado Jean Gabin y que tampoco hacía mucha gracia de Cary Cooper, empeñado en tocar tambores lejanos. Hasta que los franceses le llamaron gringo de mierda y él se refugió en una película de las afueras de Hollywood que más se parecía al Boliwood aquel de la India.
 
El nuevo legionario, blanco y puro, con camiseta del Real Madrid por si acaso y otra de repuesto del Barcelona FC, se consideraba miserablemente engañado porque había visto una película, que no tenía tambores ni lejanos ni cercanos, en la que iba a tomar el té con unas indígenas de Play Boys.
 
 Tuvo despiste agudo de encefalopatía moruna, según diagnosticó el enfermero mayor, marsellés y pederasta, cuando dijo que escribía como James Joyce y se creyó Ulises vagando por los pubs de Dublin y se creyó que él, hombre de la erección fallida y nunca recuperada, era Ulises el Africano.Su capitán, un corso que había escapado por milagro a la última guillotina, presumía, en realidad rebuznaba que había conocido íntimamente a Marlene Dietrich  en el Ritz de París antes del incendio.
 
 Pese a este pasado arqueológico, le mandaron delante de un pelotón de fusilamiento que no sirvió para nada porque los soldados se habían gastado las balas fusilando a la espía alemana y algo occidental Mata Hari, que les hizo llorar como amantes despechados. Aquellos aguerridos varones decidieron no volver a utilizar las armas con las que les habían obligado a destrozar los sedosos pechos de una de las mujeres más bellas que jamás conocieran, aunque fuese el instante de una descarga.
 
 Así fue cómo, contaros previamente los historiadores, se perdió África.Antes, mucho antes de que los sarracenos volviesen a empuñar sus afiladas cimitarras (siempre tenían un afilador madrileño en el desierto), el legionario de la fallida erección había matado alevosamente, brutal y cruelmente a un chiflado belga traficante de libros de La Pléiade. Le había agarrado leyendo un libro gordo en un cafetín de la casba donde Aicha Aicha le recibía los miércoles de once a once y cinco de la mañana y lo más que le ofrecía era su mano moruna enguantada con piel de cebra del Teneré. Mató al belga porque su padre le había mandado un wasap recordándole que no olvidase apiolar a cualquiera que cogiese con un libro en la mano.
 
Una tarde de lunes avinagrada por una tempestad de arena purulenta con baba de camello se metió en el desierto y de pronto se le apareció Priscilla, aquella reina del desierto. La había visto en una película, todos los legionarios eran cinéfilos, y ella rápidamente le llamó Paco. Se derritió de emoción. Ni su mamá que Dios tuviese en su santa gloria.
 
 Todos y todas revueltos se marcharon en el autobús renqueante de aquellas locas australianas y durante meses surcaron las arenas entre animales naturalizados por Cocodrilo Dundee. Priscilla cocinaba pajaritos fritos como nadie.
 
 Buscado, perseguido por casi todos los sherifs de todos los condados de todos los desiertos del mundo, el legionario llegó al puerto de la vida cuando conoció entre dos dunas donde por fin había podido cumplir su capricho de tomar té verde, a un arameo rubio de ojos vidriosos que le contó cómo había dialogado la película más realista sobre la muerte y pasión de Jesús que cines vieron, “La pasión” de Mel Gibson. Después de dos tés y un kifi fumado en comunidad, el legionario comprendió que había llegado el momento.
 
 Renegó de todos sus demonios, abjuro de tantas suyas adicciones y empezó a hablar en arameo, ante la sorpresa de su recién amigo. Cientos dos reporteros con el carné de prensa prendido al sombrero que no llevaban, aparecieron detrás de una duna donde habían sido escondidos por la CIA para preparar la sorpresa.
 “Vamos a marchar por la nueva ruta de la seda india para convencer a nuestros amigos chinos de unirse al cristianismo puro y duro del que de aquí en adelante seremos sus mejores predicadores”, dijo el legionario.
 
 Crepitaron, crepitarrron los flashes, flashes crepitaron, pitaron, iluminaron y permitieron conseguir un perfil apabullante.Trescientos veinticuatro reporteros más llegados en dirigible desde los infiernos más profundos aplaudieron, crepitaron, aullaron y luego callaron cuando el parlante, con algo de Donald Trump en la nariz pelirroja, prosiguió y reveló revelando, que la gente de la prensa estaba encantada: “Seremos dioses. Y la seda de la ruta será nuestra”.Y volvió a tomar té con menta, solo y descangallado.

Autor entrada: onmagazzine