Las Lagartijas

A. Maria Rodriguez | Montaje Sergio Berrocal Jr

 

Caminamos con el niño que fuimos.

   José Saramago

                                                                                    

Durante algún tiempo, el patio de La Casa de los Tordos fue para mí el paraíso de  las lagartijas y mi primo Víctor el más experto cazador de saurios que había visto nunca.La Casa de los Tordos era una vieja casa rural, cercana a Bórmigos,  construida  en la cumbre de una loma donde el tiempo transcurría con mansedumbre deslizándose sobre la casa y los campos. En aquel lugar vivió muchos años mi abuela plácidamente, sobre todo en los veranos,  pues la cercanía del arroyo, los gruesos muros de la casa escalados por  las  hiedras, las pequeñas  ventanas y los árboles que rodeaban la fachada la protegían de los rigores del calor.

De   aquella casa, que hoy ya no existe, me queda el recuerdo primaveral de una explosión de luz y de  pájaros, que revoloteaban  en  la ladera del arroyo y  en  los álamos de sus orillas, y de unos campos a los  que todos los años las amapolas bordaban de terciopelos rojos. Recuerdo también  un paisaje  como teñido  de naranja por el sol del atardecer en los otoños o envuelto por las gasas de la niebla durante los días brumosos cercanos ya al invierno. Pero el recuerdo más intenso corresponde a los largos veranos que pasamos en aquella casa por cuyas ventanas, que el sol vestía de oro al  atardecer,  se asomaba durante el día  un paisaje de hermoso cielo azul  y,  por las noches, con los postigos abiertos de par en par, entraba el resplandor blanco de  la luna y  el canto de los gallos que devanaban en su pico los hilos de luz enviados por la aurora. Allí éramos felices protegidos por la frescura de sus estancias mientras Bórmigos, que se veía desde la loma como un conglomerado de casitas blancas con tejados oscuros, estaba incendiado por los soles de julio y de agosto.

En La Casa de los Tordos solía tener junto a mí a dos personas que me alegraban las horas y  esparcían sobre mi vida de  entonces  un plácido aroma de felicidad. Una de esas personas  era mi abuela, que me contaba historias fantásticas y me enseñaba  juegos de su niñez, sobre todo durante la siesta, mientras las cigarras aserraban el silencio de la tarde. Y también  por las noches   cuando,  entre  cantos de grillos, tomábamos el fresco en el porche, iluminado no por un candil, sino por miles de estrellas colgadas del cielo y por una luna redonda y amarilla como los membrillos que crecían en el patio. La otra persona  querida que  en aquellos veranos plagados de inocencia configuraba mi particular paraíso  era mi primo Carlos, que  me contaba historias de héroes y princesas y   me llevaba a la loma a ver flores y nidos o  a la charca del arroyo a oír el peculiar gritito de las ranas, crok, crok, y luego muchas veces, al regresar,  si me  sentía cansada,  cargaba conmigo a caballito para subir la empinada ladera que había desde el arroyo hasta la casa. Carlos era protector  y tierno, tenía cuatro años más que yo  y sabía muchos nombres de flores y de pájaros y muchas aventuras del Capitán Trueno y de su novia, Sigrid, que era reina de la isla de Thule. Aventuras arriesgadas de las que el Capitán salía siempre victorioso y ella se sentía feliz porque sabía que nadie podría vencer nunca a un hombre tan valiente. Así que  mientras oía las historias que Carlos me contaba relatándome con divertidas onomatopeyas hasta el fragor de la batalla, yo  me imaginaba que él era el capitán Trueno y yo su novia, Sigrid, que había venido a visitarlo.

En algunas ocasiones coincidí también en  La Casa de los Tordos  con Víctor, el mayor de mis primos, un muchacho que se pasaba el curso  en un colegio de  curas de la ciudad y cuando venía  a ver a la abuela  se interesaba poco por las cosas del campo. Por eso nos visitaba  sólo unos días cada verano a pesar de que la abuela siempre le insistía para que se quedara más tiempo pues, según ella, el aire de la ciudad estaba viciado. Víctor no me hacía ningún caso ni mostraba el más mínimo interés por mis inquietudes y,  si lo molestaba mucho con mis preguntas,  me decía  sin ninguna contemplación: “Anda, cállate ya, renacuajo”. Esto no me hacía ninguna gracia porque los renacuajos eran unos bichos muy feos con larga cola y patas muy cortas que nadaban,  a cientos, en la superficie plateada de la charca.

Aquel julio de mis seis años en La Casa de los Tordos  no estaba Carlos, que ya había cumplido diez años y lo habían mandado,  por  primera vez, al campamento al que iban sus amigos. Lo echaba  de menos  y por eso la visita de Víctor al principio  me alegró   pensando que aquel verano, al no estar nuestro primo,  me prestaría alguna atención.  Pero Víctor era propicio a la soledad y ajeno a mis juegos y, aunque aquel año estuvo  en la casa más días que nunca, su compañía no me sirvió de mucho. Era un chico muy alto y más bien rubio con la piel pálida y algo pecoso. Tenía  quince años y aquel verano hablaba con una voz muy rara que no era ni de niño ni de hombre aunque él ya se debía de considerar un adulto engreído porque no recuerdo ningún verano que me llamara tantas veces renacuajo ni que le importaran tan poco mis asuntos. Se pasaba el día leyendo tebeos o paseando en su bicicleta por el camino del pozo hasta perderse de vista y cuando estaba en la casa  iba a lo suyo y apenas lo veía por parte alguna. Durante las tardes yo tenía a la abuela  que con sus cuentos y sus juegos llenaba todos mis vacíos pero por las mañanas me sentía triste en medio de aquella soledad azul  pues el abuelo estaba en su huerto y en otras cosas  que  me aburrían, la abuela y la tía Isa, gobernando la casa o de compras en el pueblo. Y  hasta Concha la Bonita, que siempre me había distraído con sus canciones y sus chascarrillos, estaba aquel año distinta. Concha era una mujer que, al menos desde que yo tenía memoria, iba todos los días a limpiar la casa y a lavar la ropa. A pesar de  los años que han pasado desde entonces,  no tengo de ella un recuerdo desdibujado sino claro y  rotundo porque nunca, ni siquiera con tan poca edad, solía ejercer aprendizajes de olvido. Por ello, recuerdo perfectamente que era muy guapa, con los ojos claros, las mejillas sonrosadas y el pelo recogido en la nuca. No sé qué edad podría tener pero supongo que la de mi madre, quizá algunos años menos, aunque  mi madre era delgada y la Concha, metida en carnes, como le decía mi abuela a la tía Isa que debían estar las mujeres cuando la notaba  más delgada. La Bonita tenía un hijo más o menos de mi edad y un marido que estaba en los infiernos y eso lo sabía yo muy bien  porque una vez que celebramos el día de mi santo en La casa de los Tordos,  la abuela invitó también a  Concha  y a su hijo y cuando le pregunté al niño  por qué no había ido su papá él no me respondió pero la Concha me  dijo en un tono  algo enfadado:

            -Porque está en los infiernos.

De esas palabras deduje que su marido debía de haber sido un hombre muy malo pues  además de que, por lo visto, estaba en los infiernos, mi abuela, al oír el comentario de Concha,  le dijo  que se olvidara de aquello lo mismo que  le decía  siempre que  nombraba algo malo.

  -No te amargues la vida acordándote de ése, Concha. Hombres de esos ha habido siempre  y los seguirá habiendo aunque, hija mía, el pato lo pagamos siempre las mujeres y por eso hay que tener muchas luces y no fiarse del primero que llega. Después no valen lamentos y lo que tienes que hacer ahora es dedicarte a tu hijo, que es lo importante, y dejar el mundo correr.

Por aquel tiempo yo no entendía algunas de las cosas de  las que hablaba la gente pero mi cabeza las registraba y al cabo de los años siempre  les encontraba sentido. Eso pasó con aquella incógnita de los infiernos y del pato que pagaban las mujeres,  incógnita que  se me despejó unos años después cuando supe que a Concha la Bonita la había dejado embarazada un ferroviario pinturero que pasó unos meses en la aldea y antes de que naciera el niño se marchó sin dar señales de vida y no le pagó, como  decía la gente, queriendo significar con aquella expresión que nunca se casó con ella a pesar del embarazo. Aquella situación,  que en la mentalidad cerrada de la aldea  se   llamaba quedar deshonrada, dejaba muy mal vistas a  las mujeres que la padecían  poniéndolas continuamente en boca de las cotillas y  cerrándoles el futuro respecto a cualquier posible matrimonio. Y la Concha no fue una excepción aunque dicen que contó siempre con la ayuda de sus padres. Quizá por eso no vivió el  drama en todo su rigor y, fuera de esos esporádicos momentos de enojo en los que mandaba  a los infiernos al pérfido ferroviario, la Bonita tenía un carácter alegre y dicharachero  y alegraba la casa con sus chistes, sus bromas y sus sonoras risotadas. Me divertía mucho con ella cuando me enseñaba  canciones o me llevaba a la fuente con mi cantarillo pero aquel verano de mis seis años no me echó demasiadas cuentas. Y como Víctor tampoco me prestaba la más mínima atención, jugaba sola y con el pensamiento me iba a sobrevolar las flores, convertida en mariposa, o buscaba  la compañía  de la gata Cascabel aunque ya estaba vieja y gruñona y no se dejaba poner mis blusas ni ser cogida a la manera de  un bebé como un par de años antes. Algunas mañanas me iba al desván lleno de trastos viejos que olían a polvo  y quién sabe si entre ellos podía haber algún tesoro. O al pajar donde había una gallina con ocho polluelos amarillos, como de algodón, a los que no podía coger porque, si lo intentaba, rápidamente acudía la gallina con las alas desplegadas  y el pico entreabierto y me daba un picotazo en la mano. Pero me recreaba observando cómo los pollitos seguían a su madre a todas partes y como ella escarbaba la paja con las patas y los llamaba con un reiterativo cloc, cloc, que debía significar algo así como venid, venid, porque los polluelos acudían rápidamente a picotear  en el lugar donde  había escarbado la madre. El desván y el pajar fueron durante  aquel julio los rincones más frecuentados por mí, los dos grandes centros del círculo de mi soledad.

Una mañana de las que fui al pajar a buscar a los pollitos, nada más entrar vi a mi primo Víctor y a la Concha  que estaban de pie, como dos estatuas vivientes, justamente detrás de la puerta entreabierta. Al notar mi presencia, él se apartó de su lado y ella se abrochó precipitadamente la blusa pero a pesar de ello pude ver sus  dos pechos blancos,  grandes y redondos  como los cantarillos con los que iba a la fuente.

-¿Por qué le enseñas las tetas a Víctor?, le pregunté curiosa y  extrañada de que se hubiera desabrochado la blusa en un lugar tan inapropiado y delante de mi primo.

Me respondió  que  se le había metido una  lagartija muy grande por el escote  y, como le daban mucho miedo esos animales, Víctor se la había quitado de un manotazo. Aquello no me resultó nada raro porque en la puerta del pajar y en la tapia contigua solía haber muchas lagartijas que salían a tomar al sol por entre las rendijas de la puerta y  por las pequeñas grietas de las paredes. Yo las había visto infinidad de veces, con sus ojillos vivarachos y su larga cola, correr muy  rápidas por la pared  dibujando una extraña geometría con sus inquietos movimientos. Nunca les tuve miedo pero ahora, después de oír a la Concha, para evitar que alguna  se me metiera por el escote, me estreché con las manos la tela del vestido alrededor del cuello y salí del pajar. Le pedí a Víctor que me acompañara hasta el arroyo para ver las ranas de la charca pero él me respondió que para qué más renacuajo que yo y lo único que conseguí fue que me montara  en el sillín de su bicicleta y me diera  un breve paseo alrededor de la casa. Luego me bajó junto a la puerta y me dijo:

            -Por hoy, date por satisfecha, renacuajo.

Y se alejó  pedaleando por el camino de la fuente, dejando un reguero de polvo como la estela de un barco. Aquella noche soñé con las lagartijas pero no se paseaban por la tapia del pajar sino por los grandes pechos de Concha la Bonita.

A la mañana siguiente, cuando la abuela y la tía Isa fueron a la aldea y el abuelo  estaba como siempre, atareado en su huerto, me acordé del paseo en bicicleta y subí a buscar a Víctor, que estaba en su habitación. Llamé a la puerta con la palma de mi mano y le pedí que me abriera.

-Lárgate, renacuajo, que tengo sueño, me dijo en un tono entre despectivo y molesto que hirió mi inocencia.

Me entraron ganas de llorar y, con el corazón transido de pena, me senté en el suelo en un rincón del oscuro pasillo para luchar contra mis lágrimas, con las piernas flexionadas abarcadas por los brazos y la cara apoyada sobre las rodillas. No llegué a llorar pero estuve a punto de hacerlo y un rato después oí descorrer el cerrojo de la habitación de Víctor. Pensé que se habría arrepentido del desaire y venía a consolarme. Pero cuando levanté la cabeza a quien vi fue a la Concha, que salía del dormitorio de mi primo abrochándose  los botones de la  blusa como la tarde anterior en el pajar. En ese momento me encontraba acurrucada en el rincón del pasillo, envuelta en mi silencio y en total penumbra. Por eso  ella no  me vio y  yo tampoco le dije nada porque,  al verla salir de aquel modo,  me quedé como absorta pensando si dentro de  la casa también habría  lagartijas. Por lo menos en la habitación de Víctor parecía haberlas pero también era posible  que esta otra  lagartija  que se le debía de haber metido a Concha por dentro de la blusa estuviera en otra habitación y ella, muerta de miedo, había ido a buscar a mi primo  para que se la quitara. Pensé si  existirían lagartijas incluso en mi dormitorio, así que me fui a mirar, con mucho cuidado, recogiéndome otra vez la tela del escote de modo que me quedara bien ajustado alrededor del cuello y no pudiera meterse por allí ninguna lagartija. Pero pronto me tranquilicé porque no vi nada, ni siquiera una pequeña fisura  por donde pudieran entrar algún bichejo. Estaba todo perfecto y por la ventana se colaba un resplandor azul que se fundía en las paredes y caracoleaba en los cristales de la ventana. Entonces recuperé el sosiego y me fui al patio, donde la luz se derramaba a raudales, y en un santiamén se me pasó la tristeza del desaire  porque no había tristeza que  pudiera resistirse a una mañana  tan bella.

Por la tarde,  a la hora de la siesta, cogí mi  sillita, como todos los días, y fui a sentarme al lado de los abuelos que dormitaban en la sala, sentados en sus butacas. Nada más  oírme, la abuela abrió los ojos por entre las guedejas de su sueño y  un resplandor de risa le iluminó la cara como sucedía cada vez que me veía aparecer. Y como todas las tardes,  se olvidó de su siesta para contarme uno de sus cuentos. Aquel día fue la hermosa historia de Los seis cisnes. Lo recuerdo perfectamente porque, al hablarme de los  animalitos que vivían en aquel  lago,  me acordé de las lagartijas  y una vez terminada  la historia  le pregunté por qué en La casa de los Tordos había tantas. Ella me dijo que tal cosa no era cierta, que  había lagartijas sólo  en el patio, como en todas las casas durante los veranos, y que además eran unos animales beneficiosos porque se alimentaban de mosquitos y de otros insectos molestos.

-Y ellas también molestan pues se meten en las tetas y  asustan a la gente. Además, te pueden picar, le dije  muy convencida.

Me preguntó quién me había dicho eso y le respondí que yo lo había visto, que a la Concha se le había metido una lagartija por dentro de la blusa en el pajar y Víctor tuvo que quitársela porque ella tenía miedo y que también le quitó otra en su dormitorio. La abuela entonces me sentó sobre sus rodillas y, al verla tan de cerca, me pareció que estaba muy seria y que las mejillas  se le habían pintado de rojo. Pensé que me había cogido  para jugar al caballito del francés  o a recotín recotán, como cuando era más pequeña, pero la abuela se limitó a acariciarme el pelo y a hacerme muchas preguntas, casi todas referidas a Víctor y a la Concha: cuantas lagartijas se le habían metido por la blusa, cómo se las quitó Víctor, en qué lugares, cuando había sido eso, donde estaba ella… Eran preguntas tontas, que no me interesaban lo más mínimo porque  lo que yo quería era jugar y por eso, de vez en cuando, interrumpía mis respuestas y se lo recordaba. Pero la abuela aquella tarde estaba muy rara y volvía a hacerme la misma  pregunta, una y otra vez,  hasta que le contestaba. Tanto insistía que casi me enfadé  con ella porque  me daba rabia de  que, en vez de preocuparse por mi soledad,  se preocupara sólo  de Víctor y de las lagartijas que se le metían a  Concha por el escote. A pesar de  mi enfado  le conté todo lo que había visto y hasta le di   detalles precisos, como que la Concha tenía unas tetas tan grandes que yo había soñado que por ellas se paseaban las lagartijas. Al final jugamos a todo  lo que  quise mientras el abuelo seguía en su butaca durmiendo como un bendito  con la cara hacia el techo y la boca entreabierta. De vez en cuando hasta roncaba brevemente y luego, cuando se despertó, también jugó conmigo a pinto gorgorito, uno de los juegos más divertidos que existían. Pero la abuela estuvo toda la tarde muy seria.

Al día siguiente Concha la Bonita se fue pronto de   La Casa de los Tordos  y  ya no volvió a aparecer más. Faltaban sus bromas y el eco de sus risotadas y, aunque en los últimos tiempos no me había hecho mucho caso, la echaba de menos. También Víctor debía de echarla porque andaba como perdido por la casa y levemente vencido como si estuviera absorto en una silenciosa meditación. Le pregunté  a la abuela por la ausencia de Concha y sólo me dijo  que ya no podía ir más. Como siempre que algo no me quedaba claro, volví a preguntarle: “¿Y por qué?”. Pero no me dio más explicaciones ni tampoco yo insistí aunque me daba mucha pena de pensar que no volvería a verla. Tres  días después la substituyó una señora mayor, que usaba delantales como los de la abuela y no era tan divertida como la Concha. Yo pensaba entonces que mi abuela debía de estar  enfadada con ella por algo que yo desconocía porque si bien es verdad  que todos los días le daba  a  aquella mujer  una jarra de leche y un cestillo de huevos para que se los entregara a la Bonita, como se los había dado siempre a ella cuando iba por la casa, también era verdad que alguna vez oí que le decía al abuelo: “Su hijo no tiene la culpa de  que ella  tenga tan poca cabeza”.

Víctor se marchó pocos días después de la despedida de Concha  pero, como nunca me hacía caso, los diablillos de mi pensamiento hicieron que me fuera indiferente la partida de aquel larguirucho antipático y  no me quedé triste. Además,  yo sabía ya que mi primo Carlos, mi gran compañero de aventuras, llegaría   la semana siguiente y llenaría con su presencia todas las cuevas de ausencia en  La Casa de los Tordos. Eso sí que era un motivo para estar alegre.

El  episodio de las lagartijas me rondó por la cabeza el resto del verano pues, cada vez que las veía correr por las tapias del patio, me acordaba del miedo que debió de llevarse  la Concha el día del pajar. Luego, a mediados de septiembre, regresé a la aldea y  me olvidé de aquel asunto por completo. Pero de alguna manera debió de quedarse grabado en mi conciencia o en alguna otra parte de mi ser porque, varios años después, estaba una tarde  en el cineclub universitario viendo Amarcord, de  Fellini y,   al llegar a la famosa secuencia de  la estanquera, el  relampagazo de un recuerdo  me alumbró la memoria y por un momento se me cruzó por la cabeza la famosa escena del pajar. Ya he dicho que por aquella época yo no  podía comprender  algunas cosas pero luego, con el paso del tiempo,  podía interpretarlas  retrospectivamente y  ésta fue una de esas cosas.  Habían pasado varios años entre la anécdota de aquel verano y  la deducción por mi parte de su total sentido pero, por si alguien tiene la tentación de imaginarme una pobre niña bobalicona, debo recordar que yo sólo tenía entonces seis años recién cumplidos y conservaba todavía  intactos el candor y la ingenuidad  de la infancia. Luego vino una especie de olvido  que  apartó por completo de mi pensamiento la curiosa anécdota  y esa fue  la causa de que tuvieran que transcurrir unos doce años hasta aquella especie de flash que me hizo ver,  con meridiana claridad,  qué clase de lagartijas cazaba Víctor entre los senos de la Bonita.

Tengo muchas fotografías de mis dos primos en un viejo álbum que heredé de la abuela,  y en el que ella guardaba  fotos  de todos  los miembros de la familia. A veces las miro y me acuerdo de aquellos días de felicidad  que se llevó el  tiempo. Algunas de esas fotografías tienen para mí un significado especial como dos de ellas en las que aparece  mi primo Carlos. En la primera  tendrá unos tres o cuatro años y es mi foto favorita  aunque cuando se la hicieron seguramente  yo aún no había nacido. Está montado en un gran caballo de cartón con pinta de regalo de Reyes. Con su mano izquierda sostiene las bridas del caballo y con la derecha esgrime una espada de juguete. No sonríe a la cámara sino a la lejanía donde probablemente había un imaginario ejército al que acababa de vencer. En la otra fotografía   aparece vestido con su uniforme militar,  pocos meses antes de aquel fatal accidente que le segó la vida. Está mucho más  serio de lo que era en la realidad,  como si presintiera el desenlace de su historia  y  una cierta melancolía  empezara a atraparlo. Pero en sus ojos puedo reconocer perfectamente a aquel niño risueño que bajo el membrillero del patio me contaba historias de héroes y princesas, casi todas ellas con final feliz. Otra fotografía que me trae  recuerdos es de mi primo Víctor, como un señor, en el banquete de su boda. Está de pie junto a su flamante esposa, toda de blanco, y  le pasa el brazo izquierdo por los hombros amorosamente. En la mano derecha sostiene un cigarrillo humeante. Está muy guapo y muy sonriente con un elegante chaqué, el pelo engominado  y un clavel blanco  en la solapa. Mira directamente al objetivo como si quisiera flirtear con la cámara, o con quien mirara después  la fotografía,  pero yo  sólo puedo ver en él a un avispado cazador de lagartijas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Autor entrada: onmagazzine