La playa del exilio

Sergio Berrocal | Montaje Sergio Berrocal Jr

En el Café Esperanza se reunía gente de todas las razas, una minoría la constituían puteados de la vida, otros jubilados aburridos que encontraban un momento de enajenación en una copa panzuda medio repleta de alcohol, en general aguardiente andaluz que alegraba la vida por un rato.

La terraza estaba descompuesta por seis mesas y veinticuatro sillones de metal reluciente pero de lo más incó­modo. Los vasos, las tazas y las copas trataban de guardar el equilibrio sobre la superficie de las mesas, casi siempre aquejadas de la manía de meter una pata en la rejilla del árbol que le correspondiese, con lo cual las ratas podían tomar la sombra o la lluvia y escapar un rato a las madrigueras que habían tejido primorosamente a lo largo de las aceras, por las que solían no aventurarse ya que había más perros que personas y de vez en cuando les daban un susto.

Cuando el comensal había encajado el culo en el fondo del sillón de lata, aluminio decía el prospecto, y si ninguna pata había escapado por las rejillas de los árboles, se sentaba como podía aunque la espalda siempre estaba a punto de romperse. Era lo más cómodo que los propietarios habían encon­trado para que los clientes no se quedaran tomando un café a un euro durante toda una eternidad. Poca comodidad en aquella terraza, las mesas solían convertirse en escenarios encima de los cua­les bailaban los vasos y los platillos por la inestabilidad de las patas. Pero la gente estaba acostumbrada y cuanto más metían un cacho de cartón sacado de un paquete de purillos y los más vagos apalancaban con la punta del zapato. El sol nunca tenía la osadía de presentarse allí aunque los camareros, por chanza probablemente, bajaban religio­samente los toldos, que sí protegían cuando llovía con la pasión que solía llover allí aunque el territorio donde estaba implantado el café pertenecía a una Costa del Sol del sur profundísimo de Europa, con una pata en aguas de África. Los clientes, no buscaban los rayos del sol e incluso en la sombra solían guardar los sombreros.

Allí no se ponía moreno nadie y las camareras presentaban una exquisita tez blanca como en el siglo XIX cuando ponerse moreno era cosa de gitanos y de otra gente de mala vida. Los clientes no eran difíciles. Se sentaban, charlaban y se bebían el café con leche, el descafeinado con leche y los más atrevidos optaban por panzu­das copas desde las que se extendía el olor dulzón a anís. Se consumía mucho anís en aquella terraza, sobre todos los extranjeros que desde que llegaron un día, un año o un mes de sus lejanos países comprendie­ron rápidamente que lo más barato de aquel país era el alcohol, al que rendían culto desde las nueve de la mañana. Estaban los cerveceros, que a la tercera pinta daban voces de una infantil alegría en por lo menos tres lenguas y cuatro dialectos. A nadie parecía importarle nada. Nadie se entendía y si se entendía hacía como que no, con una sonrisa vacía que corta las conversaciones y hace desaparecer la curiosidad.

En verano, la terraza se animaba con las turistas en biquini que de la playa cercana solían pasar entre las dos filas de mesas que ocupaban la acera para exhibir celulitis y algunas buscar un rollo. Contaban que en aquella improvisada pasarela de bellezas pasadas por agua y por años habían nacido algunos idilios a la sombra del anís El Mono y de las pintas de cerveza. El café con leche no parecía hacer revolotear las hormonas. La verdad, que todo hay que decirlo, es que la mayor parte de la fauna de la terraza del Café Esperanza había dejado ya de vivir. Una mañana tranquila, un forastero que nunca había visto nadie con su mono de verdulero se quedó plantado en medio de la pasarela y exclamo con la convicción de la mala educación:

“¡Coño, aquí están todos los viejos del mundo!” Fue una imbécil apreciación que una parte de los comensales acogió con poca gracia y los vasos volaron hacia el intruso que nunca más vendió verdura en el barrio. Pero la terraza siguió su vida aburrida y solemne porque no da más solemnidad que tomarse un café con leche de cuarto de litro en un vaso hirviendo.

La temperatura del café era precisamente lo que marcaba y fijaba aunque sin dar esplendor la ocupación de la mesa. La verdad es que siempre eran los mismos y cuando no quedaba una mesa libre se llamaba al recién llegado para que se juntara en una ya ocupada aunque estuviese repleta de vasos y discusiones. Era lo que más se hacía allí, hablar. Pero al poco rato de haberse iniciado una conversación, se entraba en la discusión con la participación de los ocupantes de las seis mesas. Cada cual daba su opinión, en tres lenguas y otros tantos dialectos, sin que a nadie le importase lo más mínimo saber quién tenía razón y ni siquiera de qué se estaba hablando. El objetivo era mantener un nivel acústico importante, cuando no sur­gía alguna canción finlandesa en boca de un refugiado de la vida que había venido a buscar nostalgia auténtica.

Luis ya formada parte del Café Esperanza desde que desde Brasil y un paso previo por París se había instalado, varado pretendía él, en este pueblo de lo más sur de España, donde sólo había que atravesar el Estrecho de Gibraltar para encontrarse en África.

Hacía ya unos años que estaba en esta situación laboral de tomar café a cualquier hora del día, de preferencia descafeinado con leche, aunque en los momentos más deprimentes recurría a una variante que él había bautizado descafeinado con Perrier.

Muy lejos habían quedado todos aquellos campesinos sin tierras brasileños con los que vivió una de las jornadas más emocionantes de toda su vida profesional. Pero a estas alturas, las zapatillas que chirria­ban como una amenaza en la enorme avenida-autopista que conduce a la Plaza de los Tres Poderes de Brasilia, habían encontrado otro uso. Las había visto en todas las tiendas de objetos playeros, a precios nada populares y con la etiqueta de made in Brasil. Seguro que ninguno de aquellos desarrapados de Brasilia hubiese podido imaginar que los “vehículos” que les habían llevado desde todos los rincones del país hasta la mismísima capital federal para plantarle cara al poder central se convertirían en una moda entre los guapos y guapas de las playas europeas.

Aquella primera mañana en el Esperanza, mientras intentaba colarse en alguna conversación de aquellos europeos del norte más extremoso que parecían escapados de un infierno local, se dio cuenta de que tendría que seguir inventándose, creando su vida, como siem­pre había hecho, para no desaparecer de pronto en las arenas de la playa. Aunque lo cierto, lo más seguro, es que cuando miraba atrás había vivido una vida de película, de auténtica superproducción, con alguna que otra tragedia, dramas a porrillo y algún que otro vodevil probablemente para que no se rompiera de todo el molde.

Se tragó el coñac más que perruno que le había puesto la bonita muchacha del moño azabache.

 

Autor entrada: onmagazzine