El chupachús antiviolencia de Kojak

Sergio Berrocal | Montaje Sergio Berrocal Jr.

No se vive una vida de película como la mía sin haberse cruzado alguna vez con el Comisario Maigret, que ese día andaba metido en el pellejo del iracundo actor Jean Gabin en los míticos estudios de cine parisienses de Billancourt.

El más misógino a la par que tranquilo, que si alguna vez agarraba una pistola es que el mundo, su mundo, nuestro mundo, estaba a punto de arder por los cuatro costados.

¿Qué hubiera pensado este ejemplar defensor del orden francés, creado por el extraño belga Georges Simenon, si estuviese contemplando lo que vemos todos los días en nuestros países tan felices, tan adelantados y tan necesitados de un poco de calor humana? Pobrecito mío, se moriría de un ataque al corazón, como le llamaban a los infartos en su tiempo.

Pertenezco a esa época de reflexión, aunque para ello hubiese que encender una pipa y llenarse los pulmones de humo nefasto. Formé parte de un mundo más bonito que otros, más jóvenes, más felices musculitos de gimnasios caros, no volverán a ver.

Ya había televisiones, y además de Maigret y sus investigaciones tejidas como un encaje de bolillo, teníamos todos aquellos policías de las series norteamericanas, las mejores, desde “Las calles de San Francisco”, “Kojak” y unas cuantas más, sobre todo “Hill Street Blues”, la joya de todas las coronas montadas por orfebres de Hollywood.

Para cuando apareció el calvo Kojak, teniente de policía de la ciudad de Nueva York, encarnado por el griego Telly Savalas, ya estábamos en la ley sin tabaco. ¿Y qué es un policía sin un cigarrillo que llevarse a la boca? Humphrey Bogart se habría colgado de un árbol de cualquier florista de Park Avenue. Kojak, más pragmático, lo resolvió con un chupachús de lo más chulo, pero bueno, por los pelos, los que él se había afeitado, quizá porque le obligaron a abandonar el humo.

Lo importante es que todos esos policías de ficción se parecían en su sencillez. Maigret solía usar un abrigo muy parecido al que disimulaba la pistolera del teniente de “Las calles de San Francisco”, Karl Malden. Y un sombrero parecido. Gente normalita.

Luego, la vida se desbocó y el cine siguió la carrera ascendente hacia la fealdad de la más alta violencia. Y en 1987 aparecía un delirio y pesadilla llamado “Robocop”, con Peter Weller, un policía transformado en personaje del futuro, un robot invulnerable que puede con todos y con el que ya el defensor del orden empieza a meter miedo y no solamente a los malos.

De los años setenta a los dos mil el mundo conoce una oleada de secuestros aéreos en general por motivaciones políticas. Y ya entonces la cosa se pone seria. Con el nacimiento de ese nuevo terrorismo se crean nuevas policías capaces de enfrentarse técnicamente el nuevo peligro. Luego, como muchas cosas en la vida, los terroristas se aburrieron de meterse en un avión, dominar a la tripulación y repetirle al piloto que pusiera rumbo a Argel o a La Habana, los puntos de destino entre los que más gustaban a los piratas del cielo. No sé si se aburrieron o si se cansaron de enfrentarse –perdieron bastantes veces—a cuerpos de intervención que eran una gloria de eficacia y que salvaron cientos sino miles de vidas en operaciones muy arriesgadas.

Pero antes de que los aeropiratas volvieran a casa, tuve la posibilidad de experimentar lo que podía sentirse encontrándose en medio de un secuestro aéreo. Era en el aeropuerto de Le Bourget (París), donde un avión esperaba poder despegar, probablemente para Argel, con un montón de rehenes.

Yo estaba esperando un vuelo regular sin terroristas cuando me enteré del secuestro y con la complicidad de amigos de la compañía Iberia pude trepar a un tejado desde donde se divisaba la acción como en una película.

Poco tiempo estuve allí. Al cabo de unos dos minutos oí una voz imperiosa que me gritaba: “Tournez-vous doucement, avec les mains en l’air!” (¡Dese la vuelta lentamente, con la manos arriba!). Giré la cabeza y me encontré con lo que creí era una pesadilla, el cañón de un Magnum .357, cuyos proyectiles conocía muy bien Clint Eastwood y con las que se podía volar sin necesidad de avión. El policía, que desde luego no me recordaron ni a la tranquilidad de Maigret ni a la guasa de Kojak, me obligó a largarme saltando por una ventana y él detrás. Cuando llegué al despacho del amigo de Iberia sentí que me ardía la cara. ¡Estaba sangrando! ¡Pero si no había habido ningún disparo! El agente que me había interceptado y que ya había comprobado que yo no era más que un periodista algo majareta, y  a punto de desmayarse, soltó una carcajada: “No se preocupe, se ha cortado la oreja con una arista de la ventana…” Hubo risas mientras yo estaba a punto de morirme de vergüenza.

Tiempos después quise recordar esa ridícula escena, que a mí me parecía gloriosa, y en mi novela “Ojos verdes” quedó como sigue, aunque solo les ofrezco una versión corta:

“Antes de que el camión se estrellase suavemente contra el ala derecha del Boeing 747 vio la silueta negra de un miembro del GIGN (Grupo de Intervención de la Gendarmería Nacional) que apuntaba con su fusil. Y como en un primerísimo plano oyó un estallido y vio casi a su lado a un terrorista que en un brusco movimiento había dejado escapar la metralleta Uzi que a él le apuntaba a la cabeza. Los ojos del hombre se abrieron desmesuradamente. Los ojos, aquellos ojos que le miraban fijamente, eran verdes, de un verde olivo chillón. El mismo oficial que probablemente le había salvado la vida al matar al terrorista le sacó de la cabina del camión medio inconsciente. Detrás del pasamontañas que acababa de quitarse le salió una sonrisa que quería ser tranquilizadora. En el momento de subir a la ambulancia que palpitaba con el rugido del motor y los faros giratorios, vio de nuevo el uniforme. Un uniforme negro en una de cuyas mangas había un distintivo de fondo azul con una especie de espada ardiendo. Por encima de la inscripción Groupe d’Intervention vio el número cuatro. Decidió que a partir de entonces sería “su” número”.

Pero ahora en 2017, las cosas han cambiado mucho en las series policíacas norteamericanas que nos sirven en Europa día y noche. Los terroristas no tienen los ojos verdes, los policías de intervención no sonríen así como yo lo conté. Eso sí, si yo viera entrar en mi casa, y aunque solo fuese llamar a la puerta, a uno de esos polis armados con enormes pistolas que además te alumbran para que no te escapes, o con uno de esos fusiles de asalto que parecen ametralladoras de la Guerra de las Galaxias, no tendrían que rescatarme. Ya habría fallecido del miedo.

Y cuando no te pegan voces para que te tires al suelo, puñetera manía porque, por muy cuidadoso que un rehén sea o incluso un bandido, siempre se va a ensuciar y romperse algún hueso de la emoción. Ya con los alaridos que dan pueden provocarte una hemorragia cerebral.

Pero hay peor, esas brigadas que además de las ametralladoras con balas terroríficas utilizan todos los trucos de la ciencia, huellas, ADN, comparaciones extraconyugales de acuerdo con el posible amante que pudo intervenir en el delito. Te sientes tan poquita cosa…

Por favor, please, señores productores, devuélvannos a Kojak, o al teniente de San Francisco. Tal vez no fuesen tan eficaces, pero nos sentíamos más seguro con ellos.

Autor entrada: onmagazzine