El crimen

A. Maria Rodriguez

                                                             

Todas las primaveras jugábamos al escondite entre los trigales cercanos a Bórmigos. Una de aquellas tardes, escondida entre las cañas del trigo, vi cómo junto a una torrentera un hombre mataba a una mujer. Ella gemía y gritaba, casi sin fuerzas, mientras intentaba librarse del hombre  apretándole  el tórax con los brazos quizá en un desesperado esfuerzo para asfixiarlo. Él profería palabras ininteligibles, le mordía reiteradamente el cuello con gestos de oprobiosa saciedad y la golpeaba brutalmente con su cuerpo como si quisiera aplastarle las entrañas. El miedo me paralizó las piernas y una especie de voz interior me decía que no debía gritar ni decir nada.

 En unos instantes la mujer dejó de gemir, el hombre se apartó de ella y quedaron los dos, inertes y supinos, medio desnudos sobre el suelo mientras bajo la carpa azul del cielo varias golondrinas surcaban el tibio aire de la tarde de junio con sus gráciles vuelos en busca de insectos. Aunque la luz cegadora del poniente me distorsionaba las imágenes, por entre los filamentos de las espigas pude ver que la muerta,  dulce y sonrosada, era Enriquilla  la de Rosa y el asesino, sudoroso y con los ojos llameantes, parecía  Juan el Marteño, un operario que trabajaba en el molino de Bejarano. Era una situación angustiosa mitigada apenas por el gorjeo de las golondrinas que, como saetas oscuras, atravesaban el aire transparente del  atardecer.

 

En un  determinado momento, estando apenas oculta por unas cañas, observé que el criminal se incorporaba lentamente e inclinaba su cara  hacía los labios exhaustos de la víctima, tal vez para asegurarse de que ya no respiraba. Sólo entonces el vacío de mi cabeza se inundó  de ficciones que me hicieron tomar conciencia del peligro que corría en aquel descampado y me dieron fuerzas para salir sigilosamente del trigal y echar a correr luego por la vereda, envuelta en una humareda de polvo. Sentía en mi cara los quiebros del aire como caricias de una mano tibia y a mis espaldas oía a mi amiga Gregoria, que con una piedra daba tres golpes sobre  un poste del tendido  eléctrico  mientras gritaba:

            -Una, dos y tres. Descubierta Julia que va corriendo por el camino.

Pero no quise retroceder hacia donde estaba Gregoria, como mandaban las normas del juego, sino que corrí hasta mi casa  y me encerré en el dormitorio sin atreverme a hablar con nadie. El miedo que circulaba por mis arterias me pulsaba las sienes y un inevitable fluir de conciencia empezaba a señalarme como infame encubridora de aquel horrible crimen. Si yo hubiera gritado con fuerza o hubiera corrido a pedir auxilio a la era cercana, tal vez Frasco Gaspar con un bieldo hubiera podido espantar al asesino. Sin embargo, aquel pánico que me había  inmovilizado las piernas y aquella fuerza extraña que había  amordazado mi boca se habían confabulado entre sí para hacerme espectadora  impasible, casi cómplice, de la muerte de la pobre muchacha.

 Devorada por una horrible sensación de culpabilidad, aquella noche no pude conciliar el sueño. Apretaba los párpados y veía al criminal, duro y terrible, cortando los hilos de la vida para tejer la sombra helada de la muerte. Y me imaginaba a Enriquilla, con el cuerpo en flor, metida en su caja como la Bella Durmiente,  pero muerta de verdad, rodeada de cintas y flores. Cintas azules, lirios blancos, rosas amarillas, cintas lila. Aquellas imágenes me torturaban las retinas hasta desencadenar en mi interior un vértigo de inquietud que ahuyentaba al sueño.

 A la mañana siguiente fui con mi madre a la tahona y encontré allí a Enriquilla la de Rosa hablando tranquilamente con las cotillas del pueblo. Estaba radiante y feliz, más viva que nunca, y mis ojos no daban crédito.

Unos meses después, Enriquilla se casó con el Marteño y a la salida de la iglesia los vecinos les arrojaron trigo y arroz como mandaba la costumbre. El aire olía a azahar y  a perfume. Al atardecer, cuando el sol era ya un círculo de oro sobre las colinas, comenzó  la fiesta en la explanada de Roque donde los novios, junto con algunos  vecinos, bailaron hasta la medianoche al son desfallecido del acordeón de Pepe el de la Cuesta.

  Y durante mucho tiempo me estuve preguntando qué misterio se ocultaría en el  extraño suceso del trigal. 

 

 

 

 

Autor entrada: onmagazzine