Olores y Memoria : Navidad

José Luis Conde Ayala | Montaje Sergio Berrocal Jr.

…Es el olor -más que otro ingrediente- lo que marca las etapas del este escribidor y diferencia sus ciclos de vida, y gracias a ello puede reconstruir con veracidad la primera Nochebuena de su niñez, que fue  gozada allá por finales de los cincuenta o primeros de los sesenta y quizás con siete u ocho años, pues aquella fue la primera  con imágenes que perduran gracias a  olores reales… Y desde aquel instante atrás quedaron las borrosas Nochebuenas sin perfume, que  hasta entonces todas fueron poco más que tufillo a musgo reciencogido para el nacimiento de la cercana sierra, o un lejanísimo aroma a Nochebuena desde la calidez de la cama que nuestra madre –antes de acostarnos- templaba con bolsas de agua hirviente o ascuas: Hasta entonces siempre la misma gélida visión de fríos cuajados en los cristales del dormitorio y cantos y carcajadas tras ellos, pues nos internaban nuestros padres   y forzaban a dormir a horas tempranas y antes de la celebración, mientras abajo en el comedor oíamos   risas y villancicos y ronquidos de zambombas, y nosotros conteniendo la irritación y las ganas de levantarnos e ir hasta las escaleras para a hurtadillas ver, pues nuestra quietud era sobornada con promesa de regalos que recibiríamos el día siguiente.

Gracias al potencial que tienen los olores para rescatar imágenes perdidas entre los vericuetos de la memoria, recuerdo vivamente, y con nostalgia, aquel oscuro atardecer de 1959 o 60 como horas de  nevadas y pegado a la gran chimenea de la cocina. Allí me veo junto a mis hermanos: Juan que era el primogénito y nuestro adalid, Jesús menor que yo y de naturaleza concentrada  y tranquila, y Antonio que resultaba entonces  apenas un crío inquieto  al  que sosteníamos lejos de los rescoldos y llamas… Y  todos dejándonos acariciar por el caluroso reflejo de la candela y volviendo a la vida: caldeándonos manos y pies que eran de carne muerta y  azulada tras una larga jornada de juegos y revolcones por la nieve… Cansinos, y casi de manera automática y no exenta de teatralidad, repetíamos a trío “Si mamá” a sus continuas recomendaciones para que tuviéramos cuidado con Antonio y también no quemar las botas de agua,  aquellas que llamaban  Katiuska… Mas todo lo dábamos por bueno, incluso el desaprovechamiento de horas de juego,  puesto que esperábamos impacientes que corrieran los minutos y ansiando glotones que se hiciera más noche aún, para al fin vivir la gran fiesta a que estábamos invitados y conteniendo las hambres, pues deliberadamente no habíamos merendado para que “cupiera” más  a la hora de la cena.

Recuerdo con apaciguada tristeza y templada codicia aquella Nochebuena por irrepetible e insustituible, pues por primera vez la olí y  por primera vez vi  a mi madre cocinarla. Y de entre todos los olores que flotaban en la cocina  mi olfato eligió  el  pavo guisado para aquella noche como singular piedra angular para reconstruir la memoria 41 o 42 años más tarde: Un pavo, que tradicionalmente mataba un vecino nuestro muy peculiar que llamaban “Verdegué”, y que él -el día anterior- había sacrificado de certero navajazo en el pescuezo ante las atónitas miradas de nosotros y los miedos de Encarna, la muchacha –casi de nuestra edad- que nos cuidaba.

Mi madre especiaba –y lo continua haciendo- los muslos y la pechuga del pavo con ralladuras de nuez moscada, pimientas enteras  y laureles frescos  dentro de una gran cacerola de color rojizo que todavía existe, mojaba las fuertes carnes hasta cubrirlas con abundante y oloroso vino blanco, después espolvoreaba con tacos de jamón curado en nuestra casa, vertía inmaculados pedazos de manteca de cerdo y muchos dientes de ajos enteros, que al cocer  todo lentamente ablandaba carnes hasta dorarlas, trituraba ajos hasta hacerlos desaparecer de sus envolturas y religaba sabores  y aromas hasta uno solo, olor que hoy –milagrosamente impoluto- recupero en su total lozanía y frescura, a pesar de haber vivido varias existencias infortunadas y a pesar de décadas agrediendo  a la ilusión.

 

Autor entrada: onmagazzine