La conquista de París sin Balzac

Sergio Berrocal | Montaje Sergio Berrocal Jr.

No era ni guapo ni rico ni siquiera seductor como el joven Lucien de Rubempré al que Balzac lanzó a la conquista de París.Pero presumía siempre de haber tenido una vida de película, gracias a París que le acogió con muchísima generosidad cuando tuvo que huir de su paraíso perdido, la ciudad internacional de Tánger.

Presume, y presumía cuando ya en la capital de todos los sueños, hasta el feísimo Humphrey Bogart y la dulce Ingrid Bergman soñaron también con las orillas del Sena como remedio a todos los males, empezó a querer ser un periodista con muchas vidas y más ambiciones.Porque aunque ahora se desdeñe, aunque ahora se considere que es una profesión de advenedizos, de gente que no piensa en soñar sino en medrar, el periodismo ha sido ese oficio que, dice un proverbio francés, puede conducir a todo “à condition de s’en sortir”. Y les dejo la traducción a su gusto.
 

A los mejores todavía los lleva a la escritura que todo lo puede, porque contar y llegar a emocionar con tu cuento es un privilegio de dioses, de gente capaz de vivir por lo menos mil doscientas veintitrés vidas. He llorado y reído, me he emocionado y a veces he caído en la más profunda depresión. Mi vida es un compendio de vidas, como el buen cine es un reflejo de lo que vivimos y de lo que morimos.Una amiga holandesa entrañable, maravillosa periodista y a la que recuerdo por la risa más perlada del mundo mundial, pero que no me amaba como yo siempre la he amado, se escandalizaba de que presumiese de haber tenido una vida de película, cuando “el cine no es más que una mala copia de lo vivido”.

 De muy joven empecé a huir de una realidad que me partía el alma y que de chiquillo había astillado mis tirabuzones rubios.Llegó un momento en que descubrí el cine y comprendí que pasara lo que pasara, por mucho que el sol no quisiera acostarse al oeste, siempre conseguiría noventa minutos de paz y de regocijo por unas pocas pesetas. Me imaginaba con el cigarrillo siempre encendido de Humphrey Bogart en las comisuras del idilio con la más sensual de las gélidas actrices, Ingrid Bergman.
 

Cary Cooper y John Wayne me enseñaron a codearme con el valor y la rectitud moral. Y mi primera novia fue la sirena Esther Williams pese a que yo no sabía nadar.Cuando conseguí ser aprendiz de periodista en el semanario Cosmópolis de Tánger, simultaneaba los sucesos horribles (un día me desmayé en un hospital porque una maravillosa muchacha me contó cómo le habían aserrado el pie en plena calle para salvarle la vida) y la “crítica” de cine, es decir que contaba el contenido de los estrenos en Tánger, ciudad internacional de un Marruecos que ya no existe más que en el trasfondo de mi cerebro.

 Empecé a frecuentar el Cine Roxy, que me parecía el más elegante de la ciudad, y la misma magia de la adolescencia guió mis pasos. Nunca más paré de considerar que lo bueno que se contaba en las pantallas formaba parte de mi vida. Yo protagonizaba todas aquellas historias que me seguían haciendo gotear las lágrimas o que sencillamente me daban alguna razón más de creer. Por lo menos, en la pantalla los Al Capone se pudrían en cárceles miserables. Mientras la pantalla me ayudaba a hacer huir mis fantasmas heredados de una infancia escasa en padre, el ejercicio del periodismo me hizo descubrir otra vida de película.En el París de los años 60 conocí a gente miserable y otra admirable, hombres y mujeres que me hicieron soñar y otras que me llevaron a la desesperación. Buenas y malas pero todas ellas asomadas a los balcones de una vida de película, la que ellos vivían. Era la ventaja de ser periodista. Al principio ganabas apenas para mantenerte fuera del umbral de la pobreza pero aunque tuvieses una gabardina medio raída o zapatos asqueados de tantas medias suelas te dejaban entrar en esos hoteles particulares dibujados por Emile Zola pero que todavía existen y donde la manera de vivir era totalmente distinta, donde los refrescos eran a base de champán perdido en el tiempo de las bodegas de Champagne, y los huevos duros de mis almuerzos los reemplazaban suaves canapés de salmón y caviar. Los hombres respiraban suficiencia y las mujeres transparentaban seda salvaje.
 
 Asistí a más de una fiesta que hubiese podido figurar en “La dolce vita” o en “Il gatopardo”. Enamoré y me enamoré de más de una señora en medio de suaves lencerías. Eran tiempos de enamoramientos porque la edad lo mandaba. Y de mujeres, todas generosas a las que mi juventud les hacía gracia.Eran momentos de compartir amor y siempre o casi siempre lo sublime hacía huir a la vulgaridad que habría padecido irremediablemente de no haber dispuesto del sésamo que abría esos estudios donde Brigitte Bardot rodaba una de las películas que apasionó a toda una generación. Y tú, parapetado en tu camisa blanca de nylon de los domingos mil veces lavada en el lavabo del hotel de la rue Houdon. Antes había sido en la Rue Mouffetard, un garito con más chinches que recuerdos de Ernest Hemingway, que vivía a pocos metros más arriba.Y conocías a una de las maravillas del cine de aquellos momentos en París, la actriz norteamericana Jean Seberg que quería ser más famosa que Juana de Arco. Llegaba huyendo de las deliciosas salchichas con mostaza y cebolla que vendía su padre en uno de esos pueblos de Estados Unidos que nosotros siempre conoceremos sólo por el cine.
 
 En realidad, creo que el padre era un magnate de la carne picada aunque para una actriz el carrito de la salchicha siempre resultaba más fotogénico. En un teatro me tropezaba con la cantante Juliette Greco, con su eterno vestido negro, y con la novelista Françoise Sagan, de una cierta sonrisa equívoca formateada por el güisqui con cine.Un día, mis zapatos mocasines pagados con muchos huevos duros no rotos y menos comidos se acercaban a los de Gene Kelly y charlábamos, él con unos extravagantes dientes a la Obama, que contrastaban con los míos apunto de ortodoncia.Cada cual a nuestra manera éramos felices.Estoy en la última recta de la vida y el cine sigue alentándome, dándome razones de esperar que un día, que ya yo no veré, el mundo no será peor.

Autor entrada: onmagazzine