El Derecho a gozar

José Luis Conde Ayala

Aquel mediodía Navideño, en la casa que comenzó la vida de todos y que era piedra angular de todos y todo, estaba la madre viuda con sus  doce hijos de los trece que fueron y estaban también sus dieciséis nietos y sus nueve yernos  y nueras: Estaban todos los que tenían estar por derecho de sangre y los ajenos  a ella, aquellos que libremente decidieron emparentarse con la familia matriz a través de matrimonios que mezclaron condiciones y castas pero que  tan acertadamente bien  lo hicieron, pues ellos -los foráneos- con su buen hacer pronto se hicieron  en parte propios y  los doce hermanos se hicieron ellos.

La única razón para reunirse aquel mediodía Navideño era  para que la vida se sobrepusiera  a la vida y venciera a la congoja y, sobre todo,  para procurar  que la memoria de los  nietos se llenaran de imágenes para recordar  y para que heredaran los mismos sentimientos  que habían conseguido hacer UNA FAMILIA  aquella  familia… Mas sucedía  que en el corazón de la madre y en cada uno de los doce hermanos sobrevivientes estaba asentada la tristeza y sucedía que todos rehuían sentarse donde siempre se sentaron el padre y el primogénito: nadie quería usurpar el derecho de los muertos a tener vida después de la vida  y todos –en secreto-  se angustiaban con la sola idea de que pudiera ocurrir. 

En ningún instante del almuerzo ni la larguísima sobremesa sucedió y nadie reemplazó a los que por muchísimas Navidades ocuparon en la cabecera de la gran mesa familiar lugares de honor, y  sin pactarlo ninguno de los doce hermanos ni la madre ocuparon el lugar del  padre ni del primogénito muertos…  Los doce hermanos y la madre sólo se permitieron  mirar  a la solitaria cabecera de la mesa con  infinita tristeza, pero procurando disimular la angustia para  no empañar la alegría de los niños ni mermar su derecho a  gozar

 

Autor entrada: onmagazzine