Dom Corleone y el vendedor de la playa

Sergio Berrocal | Montaje Sergio Berrocal Jr.

 

Una de las escenas del comienzo de la película “El Padrino 3” es de antología wagneriana. Michael Corleone (Al Pacino), que ha sucedido al Padrino supremo, el Marlon Brando con la voz rota por el Actor’s Studio y el aguardiente de malas tabernas, es entronizado, santificado por la Santa Iglesia Católica en el rostro demacrado de un Cardenal, con una cruz de una orden del más rancio abolengo.

En la catedral, donde se oficia esta ignominia en nombre de Dios y de sus santos apóstoles, los asistentes constituyen la claque más criminal del mundo, la de la Mafia de Mario Puzzo fotografiada por Francis Ford Coppola.

Otro momento de antología del cinismo. El sobrino de la familia (Andy García), trepador como un bailarín de tango, quiere congraciarse con Michael Corleone y le propone asesinar así, por las buenas, a uno de sus enemigos. El padrino, seguimos con Al Pacino (Marlon Brando, que ya estás en los cielos), le contesta: “No necesitamos matones. Necesitamos abogados”.

Desde los primeros tiempos del comienzo del Padrino rey de todos los aceites de oliva del mundo y de Sicilia, la sociedad ha cambiado y ya se sabe, es vox populi, que las palabras matan más certeramente que las balas. Abogados y no asesinos, toda una filosofía, todo un mundo globalizado en la maldad, el desfalco y las nochebuenas con turrón de Jijona comprado en el duty free del aeropuerto de La Habana.

Cómo hemos cambiado…

En el Mediterráneo, curiosamente en aguas del sur de Italia, por allí se va también a la Sicilia cuna mafiosa, donde tanto navegaron o navegan los yates de los mafiosos, tres mil inmigrantes, negros, naturalmente, fueron rescatados en una semana por buques de España y de Italia cuando fueron encontrados en embarcaciones hechas para hundirse. Porque los traficantes, la mafia de almas perdidas por el hambre y la falta de libertad, ya no necesitan matones. Solo abogados para que ellos, los malvados que trafican, no pasen mucho tiempo en cárceles confortables y hasta con calefacción central. Porque ya no hay siquiera matones para darles el tiro de gracia a estos traficantes de los nuevos esclavos del maldito siglo XXI.

Ya no se cuentan los ahogados en aguas del tranquilo Mediterráneo. Habrá habido miles, pero, qué más da, no son, finalmente, más que negros, Salen del fondo de África, donde la necesidad aprieta, donde se desconocen y pisotean los derechos del hombre con los que tanto de gargajea el Occidente rico y se embarcan en barquitos de perdición, muchos de ellos construidos para hundirse.

Los emigrantes que pagan un potosí por embarcar jugándose la vida, la de sus hijos, la de sus mujeres, porque tienen todo eso, son hijos de ese Dios ciego que no ve nada, sueñan con las tierras acogedoras de una Europa que ya no lo es tanto, porque los ricos también lloran y también tienen miedo a lo que no conocen.

En la catedral de colores cálidos, de gente guapa vestida por los mejores sastres, comidos por los mejores restaurantes italianos, donde la pasta tiene todos los dobles sentidos del mundo, Michael Corleone se levanta del doloroso arrodillamiento de la ceremonia solemne y triunfa con la modestia de los confirmados por los billetes de banco. Y triunfa, como cuando mandó mató a su hermano, como cuando… Tiene tanta sangre en las manos que ha querido lavarse su ego con incienso del caro.

Cuando lo están bendiciendo, ya se ha apoderado de la podrida banca vaticana y los aduladores le llaman el hombre más poderoso del mundo, está en puertas una matanza final mientras el hijo del capo mafioso es a su vez celebrado como barítono en la Opera de Palermo.

A la salida, y a ritmo de “Cavaleria rusticana”, hablan las pistolas, los estiletes y las escopetas y el triunfo del hijo salpica de sangre indeleble a toda la familia. La hija de Dom Michael Corleone muere en la escalera de honor del teatro. Pero así queda salvado el honor. La muchacha, bella morenaza poderosa, ya no podrá casarse con su primo, el trepa. Ha muerto sin pecado concebido. Antes de haber cometido el incesto que los hubiese llevado a los dos al infierno.

Porque no se crean, los mafiosos, asesinos y extorsionadores varios, también tienen un cielo y un infierno. Aunque en general sus medios les permiten convertir la vida, tan difícil y ruin para otros, en un paraíso celestial, con sus Evas salida de los mejores colegios de monjas y los Adanes diplomado de las mejores universidades. Y es que el crimen no se aprende en la universidad. Es una vocación y suele venir de familia.

El africano, de piel negra, que trata de vender en la playa gafas y otras baratija para pobres con pretensiones de ricos, todo falso, como la vida misma, me mira pero le digo que hoy no compro nada. Me recuerda a aquellos otros blancos conquistadores que hace cientos de años desembarcaban en otras playas para vender otras baratijas a otros negros,

Y me dan ganas de entregarle este volante que me han dado al pasar por Los Boliches Evangelical Church, en pleno malecón, donde te ofrecen “tomar un café y charlar un poco”. Supongo que quieren hablar de un dios, seguramente del que no protege a los ahogados ni a los vendedores de las arenas. Quizá porque son negros.

Autor entrada: onmagazzine