Los Mantones negros de la guerra

Sergio Berrocal | Montaje Sergio Berrocal Jr.

Aquellos mantones negros de Archidona, que tan bien evoca Antonia María, te los tropezabas también en el mercado, en las tiendecillas, en las casas, en las misas eternas de un pueblo que creía en Dios y temía a Dios, pueblo de vírgenes encerradas en las iglesias o en la casi inaccesible ermita de la Virgen de Gracia, donde un día lejano hubo una mezquita con caballeros árabes que querían conquistar y conquistaron Andalucía, el al-Andalús de sus quejas cuando Boabdil, el último rey de Granada, perdió la última batalla de su deshonor.

Las otras vírgenes, muchas de las cuales probablemente rezaban por dejar de serlo, se ocultaban, las guardaban. en las casas encaladas y de fríos inviernos.Mis recuerdos son de la posguerra española, cuando la escasez de alimentos y la absoluta penuria de libertad dejaban a la gente postrada en la infelicidad.Las tropas de Franco habían ganado la guerra de Archidona y los rojos huidos y perseguidos batían en retirada.Mantones negros de burda confección que estrangulaban el frío pero también la miseria.Ya veces eran como un refugio para muchas mujeres de cierta edad y de luto vestidas en un pueblo por donde la barbarie de la guerra, apuntillada por moros matones que cumplían órdenes pegando tiros en carnes siempre inocentes, habían sembrado chorreones de negro luto difícil de limpiar.

Porque todo el mundo era inocente en Archidona, como en tantos pueblos donde las izquierdas heredaras de la República habían perdido la partida contra los uniformados bestiales que imponían la paz del vencedor, el silencio de los corderos que a veces eran sacrificados, en una esquina, al subir una escalera, o en aquella otra calle empinada.

Y el moro maldito, maldito moro, apretaba el gatillo del fusil que le habían entregado los oficiales blancos mala leche. Y con un grito desencajado caía un matrimonio al salir de su casa en una mañana que parecía prometedora, que hubiera podido ser prometedora. Primero la mujer y luego el marido. Y quedaban allí tirados hasta que algún familiar advertía de lo ocurrido y algunos venían a llevárselos. Porque los moros hartos de grifa seguían divirtiéndose pegando tiros y creando lutos y sinrazón.

Mi abuela materna, Doña Cristina, comadrona de Archidona, tuvo que refugiarse alguna vez en un mantoncillo negro para acudir al mando militar, o para ir a ver al hijo muerto en aquella calle.Con la autoridad que le daba el haber sido la partera de tantos recién nacidos del pueblo, incluso se presentaba en el cuartel para apelar a la clemencia de los vencedores. No ya para remediar el hijo muerto en medio de la calle. Que aquello no lo arreglaba nadie. Ya la sangre estaba seca cuando acudió un oficial franquista requerido por el mantón negro que resguardaba malamente del frío, del llanto y del dolor, a la abuela Cristina, la comadrona.

No, aquella clemencia ya no servía para nada. Ahora, vamos luego, la abuela se jugaba su prestigio para intentar salvar a Isabelita, su hija, una de sus hijas, mujer tan bella como revoltosa que no había vacilado en jugársela, por amor, claro, echándose el novio más expuesto del pueblo, el alcalde socialista, que tuvo que salir corriendo, que digo, huyendo, hacia la frontera francesa.

Luego quisieron casarse por poderes. Pero la guerra cerró a cal y canto la frontera con Francia y ya no había nada que hacer.Otra vez, la abuela Cristina, enfundada en su mantón negro como Zorro envuelto en su capa justiciera también negra, de terciopelo negro, salía para parlamentar entre dos partos.

Finalmente, Isabelita tuvo que huir a Ceuta, capital de la España franquista en el norte de Marruecos, donde un familiar que por suerte era uno de los altos oficiales más escuchados de Franco le dio asilo, con un salvoconducto de su puño y letra que impedía cualquier represalia contra la portadora de dicho documento.En Ceuta no había mantones negros. Las mujeres los habían reemplazado por elegantes abrigos. En aquella ciudad, la posguerra era risueña para los vencedores y para todos aquellos que pudiesen acogerse a su benevolencia.

Mercedes, hermana de Isabelita, se había titulado de profesora de partos por la Universidad de Granada y tenía una escogida clientela en aquel islote fuera de la posguerra.

Pocos mantones como los de Archidona se veían entonces en aquella isla fuera de una posguerra que fue más cruenta que la guerra misma. La gente trataba de olvidar los terrores de una contienda de tres años que se prolongaría con sus fusilamientos, ajustes de cuenta, encerramientos injustos de aquellos que no pensaban como los ganadores y más de muchos antiguos combatientes republicanos o acusados de serlo hacinados en campos de concentración. Muchos de los que tuvieron la suerte de escapar a los pelotones de fusilamiento se encontraron en el Valle de los Caídos construyendo un inquietante mausoleo a la gloria del Dictador.

La guerra civil (1936-1939) había tenido un solo vencedor y millones de vencidos, llamados ahora a redimir sus supuestas culpas.Manolito, el alcalde de Archidona, el prometido de Isabelita, había huido a tiempo y seguía los acontecimientos desde los alrededores de París. Como muchos de los republicanos. Pero siempre hay inocentes para una guerra como aquella que sólo quería la matanza de los inocentes.

Algún día, se decía Manolito, volvería al pueblo, en busca de la muchacha bella que dejó en Archidona compuesta y sin novio según el estribillo popular.Y volvió cuando la paz hecha de tampones en un pasaporte que certificaba que el portador ya no era un fugado, que se acogía a la clemencia del Régimen. Pero fue muy tarde, demasiado tarde, tal vez con tres años de retraso.Cuando ya más mozo volví al pueblo en aquellos veranos que eran gloriosos para mí.Los mantones no habían desaparecido del todo. De haber sido durante la guerra una prenda de abrigo, de disimulación de rostros y miserias, se había convertido en una prenda noble que fabricada en un tejido más bello acompañaba en sus paseos a señoras ya mayores.

Autor entrada: onmagazzine