Un Principito feliz

 

Sergio Berrocal | Montaje Sergio Berrocal Jr.

Ulises regresó alguna vez a su casa y a los brazos de Penélope, hartita de tejer sin parar para que los impacientes pretendientes no le pidieran asilo entre sus sábanas vírgenes en un último de esos revolcones que da la vida y que condena al héroe mítico y griego, cuando Grecia todavía no había sido arruinada por políticos y chanchulleros de varias nacionalidades y distintos palos políticos.

Nadie sabe, porque las leyendas leyendas son y somos hijos de nuestras propias y queridas mentiras que nos permiten vivir menos mal, al borde del desagravio de toda una vida, ché Gardel pará, ¿no ves que estoy hablando en serio?. ¿Y quien va a saber algo en un mundo atorado de información donde hay que cubrir los huecos, las bajas, con mentiras piadosas según el color de la túnica del monte de los Olivos por el que andes? Mentiras piadosas muchas y pudientes que nos endulzan la vida antes de la muerte y que se acaban como el rosario de la aurora que tu mamá no paraba de rezar alrededor de la casa de aquel maldito clérigo que no paraba de engordar porque era la suya. En nombre de un dios, el suyo, y de todos los falsos y fariseos santos que pululaban a su alrededor.

Probablemente Ulises, el vencedor de mil mares, aunque solo fuera del pacífico Mediterráneo al que le castraron de olas para que los señoritos de Lorca pudieran dormir a la sombra de los olivos henchidos de calor con la Chiquita piconera esperando con ojos locos que el maestro Julio Romero de Torres acabara de pintarla porque el brasero se había apagado y sus medias compradas aquella misma mañana al buhonero de la esquina no le protegían ya las bellas piernas que resistieron a la muerte del pintor, a los colores de sus pinceles. Chiquita piconera, más inmortal que la mismísima Penélope, tú a la que Ulises hubiese amado por tu gallardía y la profundidad de esos ojos negros al fondo de los que nadie llegó a mirarse, porque era imposible ver tan lejos.

Podía haber sido un Ulises moderno de los aires Monsieur Antoine de Saint-Exupéry, aquel caballero de otros tiempos, señorito de postín de una Francia en guerra contra todos los jinetes del apocalipsis que azuzaba desde su madriguera el maldito Adolfo Hitler para que patearan, inocularan el tétano del odio de la muerte a todos esos países que rodeaban al suyo pero que no cantaban por las noches con antorchas y camisas grises de pena y pasión, de cobardía y altanería. Ay, señorito Saint-Exupery, usted que vivió en los cielos…

Cuentan los cuentistas cuentan que fue hombre triste y poco amigo de estudiar, nada ennoviado al parecer pero embutido en sus cosas, que le gustaba escribir y también guerrear porque Francia había sido atacada por aquel monstruo que dejó recuerdo triste en las cervecerías de Munich.

Tenía 44 años, unos pocos más que Jesús, cuando Antoine de Saint-Exupéry entró en la leyenda como entran los héroes de la muerte, con la fuerza de la autodestrucción. Pîlotaba un avión, precisan las enciclopedias populares que un Lightning P38, que vaya usted a saber qué era eso. Tenía misión de saber por dónde andaban los soldados nazis que estaban invadiendo, destrozando Francia la bella, la que antes habían gozado sus padres y que luego idolatrarían sus hijos. No se sabe si eran las cinco de la tarde como en el poema de Lorca y del torero, pero el avión desapareció en el mar Mediterráneo, el mismo de Ulises, el 31 de julio de 1944 –qué poco quedaba para la paz de los cementerios, para el fin de los malditos nazis—cuando para él sonó el clarín. Ya no tocó más la orquesta.

El francés no ha pasado a la leyenda que no tiene historia por sus heroísmo ni siquiera por sus locuras de aviador que le llevó a convertirse en uno de los pilotos de la Aéropostale, aquella compañía francesa que transportaba correo desde Francia, desde Europa, a América, como si fuera un poney exprés del glorioso Oeste.

Era un héroe desesperado, de los que quieren morir donde mejor les parezca a la muerte, sin suicidarse ni otras monerías que ya la vida da bastantes cornadas sin que nadie las provoque.

Antes de irse en busca de las brujas que acechaban a Ulises, antes de desaparecer, de quitarse en medio que dirían los modernos, Saint-Exupéry dejó un rastro enorme como escritor, que no solamente escribía, algo que está al alcance de todos los pobres que escriben como la Penélope tejía, desesperadamente para que algún día coloquen su libro en una librería donde muchos son los llamados y poquitos, poquísimos los elegidos.

Antes de marcharse para siempre, quizá a las cinco de la tarde, que el sol no luce para todos aunque queme a los más desgraciados que siguen el surco de la tierra porque así lo manda el amo, el hombre ya leyenda fue glorioso.

En Estados Unidos, donde había encontrado el amor de su vida, ese amor que nadie rechaza porque es el único, como en las loterías de las ferias, el amor eterno que no tiene ni fronteras ni cortafuegos que lo frene. Ella era una señora, probablemente de posición holgada, salvadoreña se cree, con ojos de brasa, cuerpo de mimbre, otra Chiquita piconera de nombre Consuelo que enamoró a este pintor de pintaba con palabras. Bellas palabras como las que dejó en un libro que solo los más apestados de la vida no han leído, Le petit Prince (El Principito o El pequeño príncipe como le dicen otros). Un niño extraño, casi de otro planeta perdido en otro planeta que ni es la Tierra ni el cielo, quizá ese purgatorio de territorio de nadie antes de la gloria, del paraíso que se inventó para que fuésemos buenos porque si no nos mandaban a ese callejón sin salida de la fe. Porque el purgatorio era el lugar adonde irás pero no sabes si volverás. Probablemente ni Alicia hubiese encontrado su camino en ese mundo.

Quien no haya sentido que las lágrimas le chorreaban en el corazón leyendo El Principito tiene un problema, el problema de la insensibilidad. Es el libro más bello, el que sin duda le hubiese gustado escribir a Juan Ramón Jiménez. Y seguramente el niño, el Principito, habría querido jugar con el burrito Platero. Pero ese ya es otro cuento.

Ese libro se publicó cuando Saint-Exupéry entraba en la leyenda del fondo de los mares. Lo tenía Consuelo, la mujer amada y la edición, las ediciones fueron un éxito mundial. Hasta el cine se metió por medio. El magnífico Stanley Donen, al que se le perdona todo por una sola de sus películas, “Cantando bajo la lluvia”, probó a adaptar las aventuras de El Principito, pero dicen que sin mucho acierto. Pero es que ese personaje no era de este mundo y la película no podía resucitarlo.

El Principito murió con su creador y seguramente sigue haciéndose preguntas que nadie responderá en el fondo del océano, donde hay un paraíso al que Ulises estuvo a punto de ir.

Antes, el piloto metido a escritor, el aventurero ceñudo que dicen decía poco, se había hecho más que célebre con un par y uno más de libros escritos allí en el cielo, “Tierra de hombres”, “Vuelo nocturno” y “Piloto de guerra”. Murió glorioso, probablemente rico como pocos escritores, pero solo, o quizá con su amigo el Principito ese que se hundió con él en el mar, matarile, matarile…

Pero nada de eso fue lo mejor de este hombre-dios que desapareció sin más como desaparecen los héroes, los Ulises y otros escogidos por no se sabe quién. Ni siquiera han dicho nunca dónde apuntarse para tener una posibilidad de ser, de existir, de dejar de ser, de dejar de existir como los dioses del Olimpo mandan, mandaban, quien sabe. Otra leyenda, solo leyendas.

Nada fue mejor que los años de su infancia y de su primera juventud, cuando tenía aquella madre aristócrata a la que adoró y que le adoró. Que todos los huérfanos de madre se levanten, porque los huérfanos de padre no existen. Que se levanten y canten a esa señora maravillosa, a su castillo de ensueño, donde aquel futuro héroe, futura leyenda, corría, cantaba. Madre de ensueño, de otra película, que dio al muchacho el valor, la clarividencia, el empuje para que volara no en su avioncito con cartas o bombas, sino que volara en las alas que ella, y luego Consuelo, le dieron, para que tuviese el valor silencioso de ser el héroe. El padre de ese Principito, el petit Prince, que envuelve la vida de cualquiera aunque no lo haya leído, basta con que haya visto el retrato del niño de otro mundo. Porque El Principito es mágico y mágico se vuelven todos lo que piensan por lo menos una vez en él.

Y contra la magia nada se puede. Ella, como la mujer, la madre, la novia, la amada, todo lo puede.

Autor entrada: onmagazzine