Emile Zola: contar como revulsivo social

 

Sergio Berrocal | Montaje Sergio Berrocal Jr.

“La guerra es la paz, la libertad es la esclavitud, la ignorancia es la fuerza”.

A finales del siglo XIX, el escritor británico George Orwell no había tenido tiempo de plasmar esos tres espantosos principios en su libro “1984”, pero ya eran verdades como puños reivindicativos en una Europa que conjugaba la guerra, aplicaba cierta forma de esclavitud entre la clase obrera y sabía que la ignorancia era poder.

Emile Zola, escritor francés, ignoraba esos principios de catástrofe cuando emprendió la tarea de contar con un estilo que llegó a llamarse naturalismo la historia de una familia del siglo XIX, en el que él vivía. Una familia larga y espesa en la que había de todo, desde héroes hasta villanos, desde santos hasta putas.

El naturalismo, se oponía naturalmente al romanticismo, neorrealismo contra novelita rosa en cierto modo, y Emile Zola enseñó por primera vez, con una audacia que le costó muchos sinsabores, que escribir implica a menudo una posición político y social y que el escritor tiene la obligación de ver y contar, aunque le puedan acusar de socialista, algo muy mal visto en su tiempo, y aunque la burguesía dijese que sus libros eran pura basura.

Cuando se inicia en la escritura novelesca, saliendo de la pequeña burguesía francesa, ha estado colaborando durante mucho tiempo en los periódicos que entonces se publican en París. Casi siempre para servir de apoyo a grandes casas bancarias. La causa principal del periodismo de la mayoría de aquellas gacetas, casi todas escritas por verdaderos escritores, raramente por gacetilleros a los que se les reservaba los trabajos más ingratos y finalmente poco importantes, era literario y financiero.

Teatro y literatura dependían de las críticas que con sus verdaderos nombres o seudónimos escritores conocidas vendían en las columnas de los periódicos. Toda una industria del arte que se movía alrededor de las críticas, raramente desinteresadas, pero bien escritas, que diariamente se publicaban para “guiar” al espectador o al lector. Pero sin olvidar que la inmensa mayoría de todas esas gacetas, muy leídas, servían para apoyar al gobierno de turno, cuidar de los intereses de políticos influyentes o, sobre todo, lanzar las operaciones de entidades bancarias que según las circunstancias incitan a los lectores a comprar acciones, a veces de minas perdidas más que en la geografía de África u Oriente Medio en la imaginación, en el sueño religioso.

Cuando uno de los principales personajes de Zola, Saccard (L’Argent) se lanza a lo que entonces llamaban la conquista de París, que más bien hubiese podido ser el saqueo de París, sabe que necesita un apoyo en la opinión pública en cuanto ha asentado sus primeras posiciones frente a la Bolsa y a las grandes bancas ya existentes que Zola, curiosamente, pone siempre en manos de repelentes judíos, los mismos que años después, con la ascensión del nazismo en Alemania, serían mostrados como los auténticos ladrones del pueblo.

Saccard quiere aprovechar, aprovecharse, porque las ocasiones las pintan calvas, de la prosperidad insolente de una Francia que vive bajo el Segundo Imperio, que facilita con sus conquistas todos los negocios. Una bonanza que duraría desde 1852 a 1870 bajo el mando del Emperador Luis Napoleón Bonaparte, Napoleón III por la gracia de un dios sin fe.

Eran tiempos de grandes logros, grandes locuras, enormes excentricidades pero sobre todo tiempos en que la fortuna sonreía a los más audaces a condición de que tuviesen los padrinos adecuados.

La política y los negocios parecían anudados por los mismos intereses que Zola caricaturiza con el personaje de Aristide Saccard, quien se lanza a esa conquista del dinero fácil de un París rico apoyado por un hermano ministro, su Excelencia Eugène Rougon, que es algo más que un vulgar miembro de un gabinete ministerial ya que goza de la confianza del Emperador y, por lo tanto, se convierte en el trampolín indispensable, paso obligado, para tener las manos libres en los más sucios negocios.

En esta sociedad rica, opulenta hasta la saciedad, donde las fortunas de hacen y deshacen al ritmo de una copa de champán, en el lujoso café de la Place de la Bourse de París, por donde pasa todos los que tienen el menor interés en la Bolsa que está enfrente, en forma de templo dedicado a todos los dioses del dinero, surgen los personajes más variopintos.

Emile Zola, observador, periodista de aquellos periódicos que eran de todo menos de información baladí, donde cada línea estaba tarifada, vendida al mejor postor, tiene, en ese París, la idea de escribir nada menos que Les Rougon Macquart, Historia natural y social de una familia bajo el Segundo Imperio.

Veinte copiosos, sabrosos e imprescindibles volúmenes en los que cuenta con pelos y señales las bajezas de toda una tribu para llegar a lo más alto de la sociedad. Y así empieza con La fortune des Rougon, con lo que establece la base de esa familia Rougon, de la que saldrán ministros, financieros, un cura atormentado por la fe, un pintor de renombre, una familia de obreros de la peor especie del París donde los pobres eran pobres y los ricos ricos de verdad, más o menos como hoy. El mundo de la alta prostitución también lo describe con una de sus más fabulosas novelas, Nana, nombre de una niña criada en los más miserables barrios de la capital que con esfuerzo, astucia y sobre todo una belleza del renacimiento que rinde a todos los hombres, de los más pobres a los más ricos, llegará a las cumbres más borrascosas.

Amantes multimillonarios pasarán por las sábanas de una cama gigantesca y digna de faraones que ha hecho construir con gusto de niña pobre en su hotel particular donde entra y sale toda la nobleza y todo lo que cuenta en el poder.

Emile Zola describe en sus veinte volúmenes construidos como reportajes, escritos con el mejor estilo del más cruel de los reporteros voyeurs, los que hoy, en 2017, ejercen en la prensa rosa. Otro de los grandes momentos de esta serie es La Bête humaine, historia de una pasión en medio de la locura hereditaria del protagonista.

Emile Zola es vida, pasión, sexo, dinero y sangre. Como cualquier autor popular de baja estofa. Pero en realidad es el padre de una religión literaria que se llamará el naturalismo, que impone contar con crudeza, sin paños calientes, brutalidad imparable. Con sus novelas se pasa del romanticismo agradable y perfectamente elegante de una sociedad rica a la brutalidad de contarlo todo y lo más crudamente posible, sin escatimar detalles, aunque sean los más bajos, la sexualidad más bestial como la más romántica o rendida, y eso que estamos en el siglo XIX, unos cien años antes de que lleguemos a la época en que vivimos, donde todo parece estar permitido pero donde la censura es más severa y restrictiva que nunca.

El siglo XIX del Segundo Imperio francés, el que relata Emile Zola con la frialdad de un entomólogo que mete sus bichitos bajo el más cruel de los microscopios sin preocuparse de aplastarlos, es el de la libertad de hacer dinero, pese a que Luis Napoleón no sea precisamente un débil. Gobierna con mano de hierro pero sin meterse en la poca moral de sus sujetos tanto en sus vidas privadas, que casi siempre son pública sobre todo en las grandes familias, en aquellos bellísimos hoteles particulares que habitaban los más afortunados, como en sus negocios sucios todos. A condición de que tengan siempre presente quién manda y a quién se lo deben todo,

El gran mérito de Zola es haber entendido antes que nadie que tiene que contar con crueldad, sin tapujos, entrar a saco en sus historias, ya sea para dibujar a una prostituta amante de un príncipe o de un ministro del Imperio como para describir a la mujer de mundo más bella y misteriosa cuyos muslos no se abren más que en función de las cotizaciones de la bolsa.

Así nace en la literatura el naturalismo, que se asemeja mucho al socialismo realista, como muchísimo después nacería en el cine el neorrealismo italiano (años cuarenta) que cortaría los puentes con las conveniencias y lo conveniente.

El otro gran mérito de Emile Zola es ver y contar, nunca inventar, o muy poco, y adornar lo justo para dar color a ciertos pasajes de sus libros. Investiga a fondo y con rabia de saber el tema que va a tratar antes de ponerse a contarlo.

Una de sus obras más admirable, por lo que tenía de denuncia social en una época en la que los periódicos prestaban poca o ninguna atención a los pobres y a las vidas más que lamentables que engendraba este estado en la nada, es Germinal, en la que cuenta la vida feroz de los mineros en Francia. Los mineros del carbón, cuando el carbón era el motor de la modernidad de la sociedad, que llevaba luz y calor y movía máquinas, las locomotoras que servían para atravesar Francia (como la maravillosa criatura de hierro y humo que pinta admirablemente en La bête humaine). Por lo tanto, el minero es indispensable. Es sobre todo indispensable que trabaje como una bestia para arrancar el carbón de la tierra. Pero que trabaje mucho y barato. Tan barato como la miseria que engendra la riqueza a los propietarios de las minas.

Zola investiga durante meses y consigue incluso bajar a una de esas minas del carbón del progreso, acceder a informes confidenciales, guardados bajo mil llaves aunque a nadie les interesa, sobre todo en la rica y próspera prensa de París, la vida y aventura de gentes que trabajan como esclavos muy lejos de la capital. Son siluetas sin importancia, obreros, la categoría social más baja de la Francia imperial. Por si fuera poco, al minero, al obrero, a esa clase que permite la riqueza, se le considera como lo escoria de la humanidad. Para los burgueses, son poco menos que animales que no piensan más que en emborracharse y en copular, en echar al mundo hijos que luego se arrastrarán en el arroyo. O que bajarán a la mina para seguir el ciclo natural de la muerte anunciada.

Los hombres, viejos, jóvenes, niños, todos son buenos para alimentar el fuego de las minas, para bajar a cientos de metros a las entrañas de la tierra, en jaulas metálicas que aterrorizaron a Emile Zola. Bajan, se arrastran por espacios estrechos, con el acetileno guiándoles con poca seguridad, el calor los cuece, el grisú amenaza, las inundaciones también. Y cuando han arrancado carbón suficiente, cuando ya no les queda coraje más que para tirarse en la jaula que les devolverá por unas horas al aire libre. Las mujeres que no están en la mina trabajan en las casas que la compañía minera tiene a su disposición, cerquita del lugar de trabajo, para que no se escapen cegados por la luz de la ciudad. Pero en esas casas, el esfuerzo, el cansancio y la desesperación tropiezan casi siempre con que no queda un céntimo para comer algo, aunque sea pan, pan y agua, o agua y pan.

Y mientras en la mina los hombres, abuelos, padres, hijos con apenas fuerzas para cavar en busca del maldito carbón procuran sobrevivir, fuera las mujeres tratan de preparar algo que puedan llevarse a la boca.

Todo va bien cuando se acaba de cobrar la paga y las amas de casa, cuyas hijas e hijos, a veces con edad solo para ir a la escuela primaria, a la que por cierto nunca tienen tiempo de ir, se restriegan todos los días con la muerte en las oscuras galerías, pueden poner un puchero, algo consistente, con mucho pan, agua o vino. Porque el vino es el elixir del minero, el que los patronos no le regatean, porque el vino debilita, hace bajar la guardia y hasta los picadores más audaces, los que a golpes arrancan las riquezas en las entrañas de la tierra, sucumben a la facilidad de olvidar, de olvidarse. Porque ellos, los mineros, ni siquiera tienen la esperanza de un día mejor. No viven más que en la oscuridad, en medio del polvo, a merced de un derrumbe, de una inundación que se lleva las vidas.

Y cuando salen, si hay suerte, si el mes no está muy avanzado, podrán comer algo, e incluso lavarse en un enorme caldero que la madre llena de agua caliente, cuanto más caliente mejor porque el carbón es difícil de arrancar de la piel, donde ya vive como en su elemento, como en las paredes de la mina. Pero eso es el sábado, cuando se ha cobrado la paga semanal. El padre es el primero que se lava. Luego viene la madre, los hijos, las hijas, en una total promiscuidad de la que surgen barrigas que a los nueve meses paren un futuro minero, o minera, que las muchachas también valen, para seguir dando beneficios a los patronos que viven no lejos de allí, en confortables villas rodeados de criados, buenas viandas y buenos vinos.

En la casa del minero ha terminado el baño semanal. El agua está negra como el hollín.

A veces el hambre aprieta y no queda dinero para comprar ni un mísero pan de dos kilos que sacie un poco el hambre de la familia. Ni patatas. Y a veces ni fuego, porque los niños, siempre hay niños en las familias mineras, no han tenido tiempo de ir a buscar la escarbilla que les permita encender la candela.

Y aunque no haya dinero hay que seguir comiendo, aunque sea un cacho de pan inundado de ilusiones. Pero ni eso hay. Y entonces las mujeres, sobre todo las mozas, las más vistosas, van a la tienda a mendigar algo de comida a un tendero que Zola describe con los peores pinceles, y que pide a cambio carne fresca, sexo en la trastienda si quieren poder hervir un cacho de carne con unos kilos de papas. Y la madre cede y la hija también. La prostitución por el pan. Mi alma por una comida. Pero ellas, las madres, las hijas –el tendero prefiere a estas últimas, menos vapuleadas y más suculentas–, siguen prostituyéndose por un cacho de lo que sea que llevarse a la boca.

Y un día, lo cuenta Zola, Emile Zola, surge la rebelión. Los pobres ya no pueden más con tanta iniquidad que ni siquiera les permite dar de comer a los suyos una vez por día y a veces una vez por semana. Y entonces la ferocidad puede más.

Un día, una mañana, o quizá una tarde, las mujeres de los mineros, no pueden consentir que el tendero les diga una vez más que no les da nada por nada. Que no les fía. Y entonces ellas se toman la justicia por su mano.

En la página 410 de Germinal, Emile Zola describe la muerte de uno de esos tenderos libidinosos y abusones. Lo han asesinado las mujeres, con sus puños pero sobre todo con su rabia, sin piedad.

Y, cuenta Zola: “Mouquette le quitó el pantalón, mientras Lavaque le levantaba las piernas. Y Brûlé, con sus manos secas de vieja, le abrió y aprisiono su virilidad muerta. Lo agarraba, lo arrancaba a pedazos, en un esfuerzo que resonaba en sus grandes brazos. La piel se resistía, tuvo que esforzarse para arrancarla y por fin consiguió llevarse un paquete de carne vellosa y sanguinolenta, que enarboló como un trofeo mientras gritaba “¡Aquí está. Lo tengo!… “

Y en la multitud sedienta de la sangre del malhechor que durante años las había mancillado, violado, ensuciado, surge una voz: “¡Cabrón, ya no podrás seguir embarazando a nuestras hijas!”.

Es la ferocidad de todo un pueblo aplastado, pateado, vejado de todas las maneras posibles.

Luego vendrían los soldados, que harían fuego. Y mineros en huelga por un mendrugo caerán contra la tierra. Por una vez a pleno sol, no a quinientos metros en las entrañas de la montaña.

Autor entrada: onmagazzine