Última foto del penúltimo periodista

 

Sergio Berrocal | Montaje Sergio Berrocal Jr.

Algunas veces me recordaba al Richard Widmark más cabreado a la caza y captura de la peste que un descuidado e irresponsable marinero de mugriento pantalón casi blanco con adornos de grasa ha introducido en la ciudad que Elia Kazan había compuesto en “Pánico en las calles”.

Otras, cuando en la Plaza de la Catedral tomábamos un café espeso como el calor que te perseguía por toda la ciudad, pensabas que te habías equivocado y que ya había encontrado al marinero y había metido en cintura a la peste.

Se marchó, porque le dio la gana, porque él era así,  mucho antes de que sucediese lo que nadie parecía creer que pudiera ocurrir cuando en aquellas tertulias del patio de su casa del Macondo habanero gente de saber y no poder decir en voz alta discutía hasta altas horas del alba, cuando los vecinos ya dormían. ¿O quizá escuchaban?

Entonces había relativamente pocos periodistas extranjeros en La Habana. Tampoco era como en tiempos de antes de la Revolución, cuando Cuba tenía poco interés para los periódicos de fuera.

Él, el Richard Widmark de pacotilla había asistido a todo eso. Desde el comienzo de la Revolución o casi, porque ya eran cuarenta años y picos los que llevaba contando historias desde La Habana cuando se le ocurrió morirse.

Ya sé, entiendo que se pregunten a cuento de qué este pijo que está tecleando en este amanecer de primavera adelantada en el último rincón de Europa con trasbordo en patera para África quiere volver a hablar de Chango, que casi nadie llamaba Muñoz-Unsain, apellidos que le dieron sus padres argentinos, antes de que el niño se convirtiese en cubano. Algunas señoritas, guapísimas de infarto asegurado, le llamaban Alfredo, fui testigo.

Era de esos raros sudamericanos que no presumía de universidades ni otras pringadas culturales. Sabía lo que sabía y cuando había que identificarse soltaba desde todo lo alto de su personal púlpito que había estudiado en la UPC. Me impresionó la primera vez que me lo soltó en una cena con distinguida gente de encopetado pedigrí y modales de vals cruzado de tango matón.

Ah, ¿qué por qué hablo de este hombre que no tenía nada de modesto, que poseía el Ego más monumental de todo el Caribe y alrededores pero que escribía con tinta robada en el escritorio de Maquiavelo y papel cocido en las calderas de su amigo el Diablo, al que respetaba pero al que llamaba Pepe? Hace unos día, un amigo caro, a la par que compañero de La Habana o Havane según algunos exquisitos del ron de importación, encontró y me mandó esa foto que ven ustedes ahí. Entiendo por qué no sabía de ella, aunque ni era fotogénico ni le apasionaba la foto, como un huido. De huido tiene pinta en esa representación de carné, de las que uno se hace a prisa y corriendo en un fotomatón para que te den ese documento indispensable para seguir viviendo o para tomarte aquel güisqui encharcado de auténtica nieve cubana con la hija bella como Cenicienta de Walt Disney de un primo hermano que tanto confía en ti.

Y vuelvo a escribir sobre él por la razón más poderosa de todas, porque me da la real y republicana gana y porque me apetece recordar a ese periodista que sabía casi todo de Cuba, pero que solo te enseñaba un poquito, como la coqueta Sherazade, que sonreía como un personaje de dibujo animado en lugar de responder y que cuando lo hacía se iba por los cerros de la Sierra Maestra.

Y como estoy seguro de que va a leer este artículo allí donde esté, porque es orgulloso, ya lo he dicho y hasta muerto quiere imitar a Richard Widmark, le diré que, querido Chango, estuviste poco acertado al morirte. No tuviste en cuenta, oh Nostradamus de la negritud, que iban a ocurrir cosas terribles y que tú no estarías ahí para contestarle a un Redactor Jefe que identificaras la fuente que tanto te exigía para afirmar que el avión tan importante, con gente tan relevante ya había salido del viejo aeropuerto José Martí. Y ya no podrás contestarle como si salieras de la pluma de Augusto Roa Bastos: “¡La fuente soy yo!”. O como aquel Cantinflas de época hollywoodense que decía con voz chillona: “Pepe is me!” .

Pues, resulta, querido Chango, que te has perdido el desfile de modas más surrealista de cuantos pudieses imaginar, no como aquel al que asistimos juntos en un patio interior de un lugar de La Habana del que ya no puedo acordarme aunque conservo el olor a niña mujer bien trajeada. Imagínate que de pronto desembarcaron en tu ciudad la flor y nata de las muchachas de Chanel, que seguramente iban regadas de ese número 5 que nos gustaba a todos cuando Marilyn ya no era mocita y John Fitzgerald Kennedy tenía la espalda rota porque su papá le mandó ser héroe en la II Guerra Mundial.

En plena ciudad, en plena calle, como proletarias de la belleza, las maniquíes más caras del mundo desfilaron ante la admiración de todo el que pasaba por allí.

Pero, bueno, tú que lo sabías todo, te olvidaste decirme que el presidente Barack Obama desembarcaría en Cuba con sus boys para firmar la paz de los bravos, que no pareció hacerle demasiada gracia a tu amigo el Comandante.

Ah, claro, que tampoco lo sabes. Fidel Castro, ese hombre que cuando un día me lo tropecé cara a cara en el Palacio de la Revolución su uniforme me olía a alpechín de olivo andaluz, un olor que a casi nadie le gusta pero que a mí me sabe más sabroso que el Chanel 5. Pues, sí, hijo, se murió y tú en tu paraíso persiguiendo musarañas.

De nada valdrían hoy tus tertulias en el patio de tu casa que parecía dibujada por García Márquez y donde noche tras noche preguntábamos, los novicios a los sumos sacerdotes: ¿qué pasará en Cuba cuando muera Fidel Castro?

Me fallaste corazón, con tu manía de ser siempre el primero y el más listo.

La verdad, te lo digo en serio, es que no ha pasado nada o casi nada, aparte de que hay más turistas bullangueros de esos que tan poco nos gustaban a nosotros.

Granma sigue saliendo igual que antes, tan enigmático como antes, cuando el Comandante mandaba callar con ese talante gallego pintado en ojos que destilaban fuerza.

Todo sigue igual. Aquí no ha pasado nada. Su hermano Raúl le ha reemplazado, la vida aumenta y todos los cubanos esperan que pase algo, como si Obama hubiese sido Jesucristo, aquel amigo nuestro, ¿te acuerdas de él?, que hacía milagros.

Ya ni Jesús sabría contestar a las preguntas de su patinillo.

Autor entrada: onmagazzine