Madame Flaubert y la estupidez

 

Sergio Berrocal  | Montaje Sergio Berrocal Jr.

Acabáis de descubrir, ay malditos entremetidos, lo que hace casi ciento cincuenta años Gustave Flaubert había enunciado claramente al parir a la singular Madame Bovary: que el amor no existe y que cuando creemos que vive ya está enterrado en un camposanto bautizado desamor.

El invento es cosa de gente perversa que no tenía nada que hacer cuando se le ocurrió crear un museo que en Zagreb – capital de Croacia, un país resucitado o inventado después de la guerra de los Balcanes que despatarró a Yugoslavia– será como el gran cementerio de Cupido.

Se llama, o se llamaba, que en Europa todo va muy de prisa “el museo de las relaciones rotas” para recoger triunfalmente los pedazos de alma que imbéciles del mundo entero quieran enviarle para constituir un “registro del desamor”.

Pueden mandarles un pañuelo en el que usted lloró o en el que ella se sonó por última vez y ruidosamente los mocos, justo antes de marcharse con viento fresco, con sus ilusiones y llevada de la mano por su mejor amigo.

No olviden remitir también las cartas de amor, que supongo que hoy serán puñeteros correos electrónicos. O el vestido de boda blanco con el que usted creyó entrar en el paraíso sin saber que ya estaba en el zaguán de la desilusión.

(Leo que en Alemania un científico dice estar a punto de inventar una pastilla contra la estupidez y los estadistas oficiales, que se ocultan las verdaderas cosas importantes con el método de la avestruz que esconde su estúpida cabeza en la arena cuando no le interesa algo, han llegado a la conclusión de que el país más feliz del mundo es Dinamarca,  allá en el profundo y frío norte de Europa).

Yo cada día entiendo menos las cosas que oigo y que amigos muy queridos tratan de meterme en la mollera.Todo el mundo dice conocer a Madame Bovary y no porque se hayan leído el libro de Flaubert sino de oídas, de alguna película mala o solamente porque un primo hermano deletreó un día de aburrimiento agudo un resumen en el Reader’s Digest.

El caso es que parece que nadie ha entendido a la pundonorosa Madame Bovary, que tiene la ocurrencia de matar su aburrimiento en el pueblo de Normandía donde vive comiéndose el arsénico a puñados. (Era tan tremendamente estúpida que no entendió que un vermut con sifón o un güisqui con agua le hubiese procurado más placer y le habría hecho menos daño).

Que le den un tiro a Flaubert. Normandia puede ser fatal para los nervios pero las veces que he estado allí no se me ha ocurrido pedirle a un boticario medio kilo de estricnina sino que me he limitado a irme al primer bar donde me he puesto tibio con el aguardiente local, capaz de matar a los muertos.

Todo esto me induce a pensar que el desesperado era el Flaubert aquel que terminó tan empachado que gritaba en los guateques de los elegantes salones de París “Madame Bovary c’est moi!” (¡La señora Bovary soy yo!”), lo que algunos desalmados interpretaron como que era un maricón arrepentido.

Estoy casi seguro de que los croatas que han tenido la idea de reunir cartas de amor, pañuelos de encaje de amor, s marchitas de amor que huelen a tiros, fotografías de la querida o del querido, no han digerido Madame Bovary.

Si lo hubiesen hecho habrían comprendido que son unos antiguos, que Monsieur Flaubert ya tenía su propio museo del horror de no querer más como uno se debería querer a sí mismo ya que de lo contrario nunca habría podido escribir con tanta propiedad sobre el desamor. Para los más afectados por el amor muerto, asesinado o prostituido, queda esa opción de Dinamarca como país feliz por encima de los demás. Aunque tengo mis dudas. Es otra farsa, otra estafa monumental. Vivo en un pueblo de playa en el sur de España, un lugar llamado Fuengirola. Cuando alguna mañana de desamor por mí mismo, de desesperación profunda me voy a tomar un descafeinado al lado del mar, entre mis vecinos hay más de un señor y de

una señora que vienen de Dinamarca. Y yo, que tan inocente soy, les pregunto: “¿Cómo se les ocurre haber recorrido tantos kilómetros para llegar a la punta sur de España cuando la felicidad la tienen allí, en Dinamarca?”.Las respuestas suelen ser sonrisas de conmiseración, aunque el otro día un excamionero de Copenhague se calentó tanto con mi insistente pregunta que estuvo a punto de

refrescarme la cabeza con el medio litro de cerveza que se estaba tragando. Lo pensó y se la bebió, lo que demuestra que tampoco había leído Madame Bovary.

Y ahora que lo pienso, una parte importante de la importantísima comunidad extranjera de este antiguo pueblo de pescadores está formada por gente llegada de los países nórdicos, de los que, por muy feliz que sea, Dinamarca forma parte. Mañana por la mañana, les prometo tomarme mi descafeinado con leche con una de esas pastillas anti estupidez que al parecer están probando en Alemania.

 

 

Autor entrada: onmagazzine