La señorita de Tánger

 

Por Sergio Berrocal

Iran Eory tenía un papá diplomático austriaco y una madre judía y había nacido en Teherán, en el Irán que adoptó como nombre artístico.Un Irán donde todavía reinaba el Sha, que muchos años después sería desbancado por un viejo molá con siniestra barba llegado de las afueras de París, donde se había preparado para predicar la revolución a los suyos. Ciudadana mexicana por voluntad propia, la única forma de que nacionalidad sea el reflejo de nuestra voluntad, llegó de paso a Tánger con 17 o 18 años, con belleza serena y algo severa. Era cuando productores del mundo entero soñaban con convertir la ciudad internacional, hoy marroquí, en un emporio cinematográfico. Un sueño que por aquellas razones que la razón no conoce se estrellaron.

A Iran he vuelto a verla hace unos días cuando preparaba mi próximo libro de collages “Descafeinado con güisqui”. No nos convencía la foto de portada que habíamos elegido quizá porque hablaba de la época en que Cuba y yo éramos amigos para siempre.

Entre cientos de fotos apareció la de una damisela en bañador de una pieza, muy pizpireta, sentada en la arena de una playa de Tánger a mi lado, el reportero Tribulete que la entrevistaba para el semanario tangerino “Cosmópolis”.Debía ser el año 1956 del siglo veinte, cuando la vida a orillas del Mediterráneo y con vistas sobre el África profunda era un poema que nadie recitaba nunca porque era nuestro.

Era Tánger aquella ciudad con la que todos ustedes, niños, mayores de edad y ancianos han soñado sin saberlo alguna vez. Era el sueño que a mí me habían regalado porque los dioses tienen esas cosas y a veces hacen que tus velas se orienten hacia un puerto, el puerto de todos los contrabandistas del mundo, de todos los famosos, los de verdad, que siempre terminaban por echar anclas allí.

Era Tánger puerto único y acogedor para miles de refugiados del mundo entero. Llegaban de la guerra civil de España (1936-1939) como de los frentes hechos trizas en la Europa de la II Guerra Mundial, allá por 1945.Era Tánger una tierra acogedora para los refugiados a los que la policía internacional no preguntaba qué credo profesaban o contra quien habían combatido y perdido.

Era Tánger el verdadero “Casablanca”, ya saben, pero sí, anden, hagan memoria, aquella ciudad de esperanza y de desesperación concentrada en el Bar Ricky, con el chulo de Humphrey Bogart ejerciendo de héroe maltratado por la vida y aquella Ingrid Bergman, bella empalagosa de foto en blanco y negro, que no sabía a quién amar.

¿Y cómo vamos a olvidarnos del negro que tenía un piano con teclas blancas?Pero en aquella playa, una de las más bellas del mundo, decían los hombres de negocios internacionales que no dejaban de admirarla, estábamos lejos de todo esto.

Iran Eory, que miraba con ojos un tanto perdidos, se preparaba a dar el salto a la fama. Por el momento era una estrellita que ya había hecho sus pinitos en el cine con “El diablo toca la flauta”.

La verdad es que no recuerdo las inútiles preguntas que le hice, porque se trataba de entrevistar a personalidades de paso que diesen sus impresiones sobre Tánger. Ahí se paraba el ejercicio intelectual del entrevistador.No volví a saber nada más de ella, aunque de vez en cuando recibía los ecos de alguna de sus películas como “Nobleza baturra”, del clásico Juan de Orduña, 1963, o “La verbena de la paloma”.Me cuentan, tengo que fiarme a la memoria de los demás, que ya en 1970, cuando yo corría detrás de algo que escribir en París, Iran Eory estaba en México y tras filmar “Rubí” se lanzaría en una carrera sin frenos en el mundo apasionante de la telenovela.

La premiaron, la seleccionaron para otros premios y ella siguió rodando hasta que falleció el 10 de marzo de 2002 en Ciudad de México.La chiquilla de la arena caliente de Tánger tenía ya 63 años.¿Y por qué nos cuenta este tío todas estas cosas? No lo sé muy bien, pero posiblemente tenga que ver con la nostalgia despertada por un par de fotos que los tangerinos vieron un día en las páginas del semanario “Cosmópolis”,Los mismos ojos de la damita de Tánger los ví una tarde de verano de un día cualquiera en una princesa egipcia que preparaba en París, hacia 1958, su boda con el rey Faisal II de Irak.

Era cuando llegó un revolucionario con uniforme y cartuchera y mandó parar tanta felicidad y el monarca pasó a ser nada más que un cadáver.Y ella una princesa, triste de verdad, sin falsa literatura.

Triste como entonces estaba Iran Eory mientras me contestaba casi mecánicamente en la arena de la playa de Tánger, la ciudad internacional, el refugio de miles de sueños y de angustias, que un día desapareció. Quizá se la tragara el mar o tal vez no hubiese sido más que un espejismo que unos cuantos muchos habíamos tomado por la realización de nuestros anhelos. Aquella playa del Tánger Internacional atraía a celebridades del mundo entero, encantadas de tener además de un baño de ensueño, no esas Maldivas de los viajes organizados, una ciudad tan ecléctica que en ella pululaban los espías y los traficantes más importantes, no los desgraciados de la marijuana –allí la fumaba libremente quien quería—y donde todavía se veían a las vampiresas con pinta de Mata Hari en las terrazas de algunos cafés del Bulevar Pasteur.

Eso sí. En la playa no se oía a Modenico Modugno ni te tropezabas con las notas de “Volare”.No eran tiempos para que el periodista de traje negro e ideas más negras todavía, aquel Marcello Mastorianni (“¡Marceloooo!” gritaba Anita Ekberg) de la triste figura en “La dolce vita” se encontrara con la niña inocente de ojos azules.Quizá en Tánger hubiese sido una Iran Eory.

Autor entrada: onmagazzine