La cartonera y la diseñadora

 

Por Marcelo Aparicio

Ambas nacieron en 1980, comienzo de una década aciaga en cuyo final (87) asumió la presidencia un tipo bajito, peludo, con aires de play boy que dejó el país económicamente hecho trizas. Los padres de las dos, bebés hermosas, no sospecharían al verlas nacer que a sus 25 años harían cosas muy dispares para las que fueron preparadas: Lucy, descendiente lejana de calabreses, morenita, linda, de un cuerpo torneado por la práctica de ejercicios físicos, iba para peluquera, con idioma francés incluído. Jennifer, a pesar de ese nombre, es descendiente de polacos, también es muy linda, de hermosos ojos achinados, pelo rubio y una boca que parece decir “muérdeme” a cada frase que pronuncia. Es diseñadora de moda.

Las dos no sólo nacieron el mismo año sino que bajo la misma bandera, el mismo acento, el mismo himno, el mismo territorio, pero viven en dos países diferentes en los que se ha dividido la sociedad argentina. El país de los que tienen y el de los desposeídos. Algo más diferente que ricos y pobres, una división que es muy simplista para la Argentina de hoy.

Con un top naranja un poco más claro que el pantalón ajustado y bajo del mismo color, Lucy se lanza por la avenida Pueyrredón hacia arriba alrededor de las ocho de la noche. Es menuda, tiene un físico demoledor por lo bonito y proporcionado. Se mueve con una gracia infinita. Es puro nervio, se ve. Estudió para peluquera; pero forma parte de un colectivo de 80.000 cartoneros que asaltan las calles de Buenos Aires para hacerse con los cartones mezclados con la basura que sacan los porteros a esa hora de los hogares. Jennifer sale a la calle junto con chicos y chicas que pasean entre 10 y 15 perros por las hermosas praderas de los parques de Recoleta y Palermo para costearse estudios. La “polaca” no diseña moda, como es su capacidad y su talento, sino que cumple con horarios fijos en un estudio de abogados a los que les “mejora” el texto que escriben en sus formularios…

 Lucy “comanda” a un grupo de cinco varones a los que llama, desde 200 metros de distancia, con un silbido que logra mediante un juego diabólico que hace con sus dedos y los labios de su hermosa boca, plagada de blancos dientes. “Me encanta que me llames la cartonneusse, pero en caso de existir la palabra sería cartonniere”, me corrije cuando en broma la llamo así por desconocer su nombre. En su ambición por ser peluquera, la cartonera me explica que empezó estudiando francés. “Me gusta porque hablarlo es como estar cantando, me resulta muy musical”, me dice mientras levanta un pesado fardo de cartones. Tiene una belleza salvaje. Yo sigo esperando que me pasen a buscar mientras desfilan ante mí sus ayudantes, todos chicos, más chicos que ella. Después que me recupero de la sordera que me produce su silbido (“Para aprender a silbar así se necesita mucho tiempo “) insinúo una cita para comer o cenar: “ni mi tiempo ni tu clase nos lo permitiría”, se ataja contundente. “Trabajo duro cuatro horas, pero soy recompensada”, me responde a mi insultante curiosidad que no logra saber de cuánto estamos hablando. “No me interesa tanto cuánto voy a ganar sino que con esto ayudo a mi familia y a mi carrera. Algún día seré peluquera”. Ocho años después de ese efímero encuentro (aunque la veía pasar muchos días con un simple hola), me pregunto qué será de la peluquera y volvería a Buenos Aires si supiera dónde encontrarla.

Mientras se aburre con los documentos procesales de los abogados, Jennifer prepara una colección para presentar a un club femenino de su barrio y luego para distribuir en algunas boutiques donde trabajan amigas, piezas que son muy dignas de la “Ibiza Adlib”. “Pero sin este trabajo tedioso, mi colección nunca vería la luz del sol”, dice la madrugadora diseñadora.

 En esa Argentina del 2006, la mayoría de los jóvenes, sacudidos por esa demoledora crisis del 2001, trabajaban en algo que generalmente no era lo suyo, pensando, proyectando o desarrollando algo que les gusta y que será seguramente su futuro. Hoy, en 2015, me dicen que la situación es mucho peor y que muchos de esos desposeídos, en lugar de ser cartoneros son directamente delincuentes.

De regreso a España no tuve ocasión de toparme con dos realidades tan diferentes. Es lo que agradezco de las calles porteñas, del recuerdo que tengo de ellas y que mis amigos me dicen que hoy ya no es posible. El contacto humano intenso y a veces contradictorio. Una actitud evidentemente heredada de los italianos que la poblaron con la gran migración de siglos pasados. El contacto con la “polaca” diseñadora y la cartonera para peluquera, es uno de los recuerdos más agradables del último, en el tiempo y quizás en mi historia, viaje a la capital argentina.

Autor entrada: onmagazzine