Los apagones de Donald Trump

 

Por Sergio Berrocal 

En este basural que nos rodea y nos sumerge, constantemente asaltados, agredidos, vapuleados por la mentira, por los impresentables personajes que se cuelan en nuestras casas para decirnos lo que hay que pensar, cómo hay que hacer el amor, qué es bueno y qué es malo, dan ganas de vomitar bilis de presidio de Papillon, allá en aquellas islas de todos los diablos.

Y no le echen todas las culpas a Donald Trump, que ha llegado a la presidencia de los Estados Unidos a punto para que le carguemos con todos los males del mundo. Es feo, es desagradable, tiene un tupé asqueroso, una mujer demasiado bonita, una hija todavía más, es multimillonario, berrea para expulsar a indocumentados mexicanos que ninguna culpa tienen los pobres de que Putin alardee de ser el mejor.

Es cierto que desde que ha llegado él, desde que echa pestes contra los periodistas, a los que los otros dirigentes suelen tratar con amor para ganárselos a sus causas, la vida ya no es la misma.

Abres los periódicos, desde Nueva York a París pasando por Villanueva del Trabuco, y te lo encuentras, siempre acompañado no de su escultural esposa sino de un titular rabioso y vomitón. Unos dicen que no sabe nada de política, otros que es un tramposo, los de más allá que eso de que su hija se fotografíe sentada en el sillón de mando del despacho oval, vamos, que no nos tomen por tontos, oiga, que no hemos nacido anteayer durante la guerra de Secesión, ni siquiera en la Semana Santa de Andújar.

Leo espantado que Donald Trump no sabe leer, que no está bien del coco. Y no importa que este extremo sea cosa de unos cuantos psiquiatras de los miles que hay en Estados Unidos. Se le da leña y basta.

Confieso que ya me da susto echar un vistazo a los periódicos, aunque ya no los leo o entonces me tomo antes un calmante y rezo tres padrenuestros. Señor Trump, pare de irritar a la prensa y que podamos quedarnos tranquilos con nuestros problemas, que no son pocos.

Durante la dictadura de Francisco Franco y no sé qué más en España, yo traía regularmente, nunca en domingo, claro, de París a Madrid el último número de Lui, revista de bellas mujeres, una copia del Play Boy aquel que vistió nuestra soledad en el norte de África o en el centro de Nueva York, cuando se desayunaba con diamantes y Audrey Hepburn no quería saber nada más que con Mel Ferrer. Tiempos desesperantes en los que no nos quería nadie, porque tampoco tenías condiciones, que decía mi tía, para que te quisieran y entonces me recordaba que era un bastardo y que ya, ya, cuidadito, muchacho, aprende a leer o serás un Trump cualquiera. Sí, mi tía era una adelantada y tenía mucho de vidente.

Pero en Madrid, mis compañeros de curro periodístico tenían que vérselas todos los días con los censores analfabetos, embrutecidos por la miseria del sueldo y por la glándula mamaria que les hacía que prohibiesen todo lo que les daba la gana, todo cuanto se movía más allá del paralelo 22.

En París teníamos un alivio con Lui, con Serge Gainsbourg, con la Brigitte Bardot y sus pechitos enloquecedores, con el amor antes de Mayo del 68. Mis amigos españoles habían tenido la ocurrencia de meterse a escribidores de periódicos en tiempos en que si no habías pasado por la Escuela Oficial de Periodismo, sita en Madrid, no podías alquilar tu carné de prensa. No eras nadie, hermano, apenas un indocumentado más que Trump hubiese puesto al otro lado del Rio Bravo.

Tiempos perrunos en los que yo llegaba algunos viernes a Madrid con algo prohibido, la revista, el disco o simplemente la amistad.

Eran tiempos maravillosos de Play Boy, cuando hasta los más miserables podíamos soñar que un día nuestras novias serían como esas mujeres, pero solo en la intimidad, claro, no a la luz de una portada o de páginas de papier couché.

En estos días de 2017 –cómo ha pasado el tiempo, cómo hemos cambiado, se acabó La Dolce vita, ya no hay más Mastroianni por quién rezar—evadirse de la estupidez que nos carcome se ha convertido en una necesidad esencial de supervivencia.

Yo, que para mi desgracia sé leer y escribir e incluso he aprendido a leer entre líneas, la del franquismo fue una escuela inmejorable, me asustan los periódicos hasta en sus páginas rosas. Todo está hecho para desestabilizarte. Entonces agarro el nuevo Play Boy que va a salir –¿pero cómo va a permitir Trump tamaña inmoralidad?, mon Dieu!—y juro por Jesucito que nunca más compraré ninguna publicación que no esté avalada por suntuosos cuerpos de mujer. ¡Machista yo? Pobres hombres en este siglo de los apagones.

La primera vez que supe lo que era un apagón fue en La Habana. De pronto, cuando salíamos del cine Chaplin, la calle se quedó sin luz y a la opacidad de una noche caribeña, que nada tiene que ver con estos simulacros de oscuridad de la Europa vieja, cansada y harta, tuvimos que marchar por la calle dando trompicones y algunos conociendo el sabor del adoquinado habanero. Pero en ese ambiente de apagones comunistas, siempre saltaba una sonrisa digna de un desayuno con diamantes y tú mismo te reías. Todas las mujeres eran bellas, simpáticas, todas eran María Magdalena para consolarte del cacho trompazo que te habías pegado en la esquina por culpa del apagón, que luego bendecirías.

Ahora, desde tiempos inmemoriales, vivo en países que no son comunistas y donde no hay apagones y, fíjense qué raro, me siento acojonado. Las mujeres no ríen en la oscuridad como en La Habana donde, no se les olvide, feligreses míos, amos de mi corazón, camaradas de todas las tertulias mentales de erradicación masiva de mosquitos trompeteros que provocan amígdalas de guerra fría con fiebres amarillas de la Amazonia y cocodrilos del Pantanal.

Que se apaguen las luces, que vengan los apagones, que me inoculen el virus comunista, que pueda leer el diario Granma a la luz de un fósforo divino, que una jinetera se agarre a mi brazo para evitarme un socavón, que me dejen andar como el amo del  Lazarillo de Tormes, pegando con una garrota en el suelo.

Que el comunismo de Play Boy nos ilumine de nuevo con la belleza envuelta en colorines, en sonrisas, por falsas que sean, pero sonrisas. Y que el señor Presidente deje de darme sustos. Que uno ya no está para esos trotes. Todo lo más para un güisquicito con almendras fritas y saladitas. Déjenme vivir. Denme Dolce Vita. Que vuelva Ennio Morricone para mecerme la siesta y que Claudia Cardinale se pasee conmigo por la calle 23 de La Habana. Virgencita de la Caridad del Cobre, que vuelva la Revolución y que el comunismo me corrompa y me deje vivir. Que sea feliz, que me dejen ser medianamente feliz, carajo.

Autor entrada: onmagazzine