Ultimo vuelo para Ítaca

Por Sergio Berrocal

Había pasado la noche rebinando, desordenando libros, echando un vistazo a algunos. Volvió a leer largos pasajes de “El viejo y el mar” y de “El cielo protector”. Durante mucho tiempo, estos dos libros les hicieron pensar que tras el esfuerzo sobrehumano del pescador de Ernesto Hemingway llegaba el reposo del guerrero en el desierto de Paul Bowles, en aquel Marruecos donde había vivido pero que a estas alturas ya no era más que un recuerdo borroso más.

Había repasado durante horas a todas las mujeres que ocupaban su escritorio en fotos blanco y negro y que tanto habían significado en su vida. Se acordó del catecismo de su infancia, cuando los niños hacían la primera comunión vestidos de almirante y las niñas de novia, y después de rezar un padrenuestro hizo examen de conciencia, a su manera, como todo lo que hacía.

Había amado mucho, mujeres, hijos, algunos amigos, algunos recuerdos, muchos libros que ya no leería nunca más. Había querido más de lo que le habían querido a él, estaba seguro.

Durante cuarenta años había tratado de compaginar su oficio de escribidor de periódicos –se negaba a que le tratasen de escritor, como mucho aceptaba escribidor — con la búsqueda de aquel paraíso perdido del que tanto hablaban cristianos como troskistas, todos igualmente ilusionados en sus propias mentiras, convencidos de que cada uno de nosotros, cada mujer, cada hombre, tiene un sitio en algún lugar del espacio donde les esperan las odaliscas que los musulmanes creen tener reservadas como recompensa suprema.

Empezó la búsqueda en París, donde se había convertido en lo que era, un hombre atormentado, roído por la duda, quebrado entre el bien y el mal. Pero a él lo único que siempre le había interesado era alcanzar el amor de Abelardo y Eloísa, con ciertos puntos y aparte, claro. Una versión mejorada sin Inquisición y con más glamour,

En esta noche de ajustes de cuentas consigo mismo había tratado de ser sincero, riguroso en sus pensamientos, cauto en sus entusiasmos.

Pero se dio cuenta de que eran muchos años los que había pasado identificándose con situaciones de todas esas películas que había visto, las miles de película que habían sido sus padrinos y madrinas, sus guías, sus desviaciones, su devoción,  sus pecados, sus arrepentimientos, sus triunfos y sus miserias.

El cine ya se había acabado. Ni Superman y su kriptonita podrían echarle una mano.

Estaba solo ante el peligro de la madrugada, horas largas de contrición, de ilusión de vez en cuando.

Cuando el sol empezó a emerger del mar, poquito a poco, porque no tenía ninguna prisa en iluminar a los malhechores, malhechores todos, que aprovecharían su luz para hacer el mal, para ver mejor la maldad de sus pensamientos.

Solo los desgraciados del Sahara infinito, que no era precisamente el de Paul Bowles, se beneficiarían de su luz y de su calor para llegar más fácilmente a este primer atisbo de Europa donde, con suerte, empezaría para ellos una vida penosa y, si las cosas iban mal, que siempre terminan por ir mal, una vida de decepción. Porque por mucho que esos desdichados te enseñen en una sonrisa una dentadura que tú, puto blanco, no tendrás jamás por muchos miles de euros que le regales al dentista, sonríen cuando lloran.

Porque los negros no son tontos por mucho que lo crean los blancos del sur, los que hicieron nacer el mito de la raza. Y aunque haya habido un Presidente de Estados Unidos negro. Los norteamericanos no conocen el humor negro pero sí el humor blanco con k.

Ya había amanecido y las calles chorreaban sol y humedad del mar cuando terminó de hacer el balance de todas esas mujeres, que no eran tantas pero sí intensas, que habían ocupado su vida durante medio siglo.

Entonces se dio cuenta de que no sabía nada de ellas. Habían convivido con cada una de ellas, se habían amado con el empacho de la juventud, luego con la sabiduría de la edad madura, con esos hijos que tan alegremente habían traído al mundo creyendo que eran una garantía para sus amores, para sus vidas, para su felicidad.

Volvió a mirar las fotos. Algunas estaban muertas. Otras vivían en el recuerdo y unas pocas, pocas, muy pocas, representaban a seres muy queridos con las que todavía podía hablar, recordar y hasta llorar en algunos buenos momentos, que eran los menos.

Se percató de que faltaban fotos. Eran las de antes de que su vida se encarrilara con matrimonios y nacimientos. Ellas mismas se habían borrado del censo, alguna que otra desapareciendo del todo, sin dejarle más que el recuerdo y el lamento. Y lo entendía, las mujeres, al menos las que él había conocido suficiente para amarlas, eran mucho más poderosamente inteligentes.

Estaba María, demasiado profunda para liarse contigo que solo le ofrecías incertidumbre, depresiones y muchos días de angustia.

Monique, tal vez la primera en París, estaba enamoradísima pero era una mujer y por lo tanto capaz de comprender que dos y dos no pueden dar un total de veinticinco.

Ambos muy jóvenes, ella dos años más de experiencia dura, y durante nueve meses y unos días se amaron casi al ritmo de los acordeones de los pequeños bailes populares a los que iban de vez en cuando, agarrados de la mano, comiéndose a besos en una ciudad liberada de murmuraciones desde que muchos años antes, cuando en la guerra contra los alemanes amar podía suponer para una mujer acabar con la cabeza rapada y paseada por todo el barrio con la ignominia de la envidia.

Monique era una muchacha fuerte, que sabía lo que quería y aunque tenía pinta de estrella de cine –eran los años de Brigitte Bardot y sus faldas anchas con las que parecía iba a volar—nunca pensó en hacer su vida con él. Una noche de tormenta, después de que las sábanas pidieran una tregua se lo dijo muy claro. Ella había llegado hasta el mostrador desde el que regentaba con siete camareros, cuatro cocineros y cuatro pinches uno de los mejores negocios de la rue Pigalle con mucho esfuerzo y sin el empujón de ningún hombre. Detrás de una gran mujer casi nunca hay un tipo que merezca la pena.

Se habían querido mucho, había sido maravilloso, de verdad, tonto, te lo juro, pero no vamos a ningún sitio. Tú dices que quieres triunfar escribiendo. Yo sé que un vaso de vino me deja treinta céntimos de beneficio. Eso está claro y no admite discusión. Tú llevas otro camino por el que yo no sé andar. Hablas de vender exclusivos reportajes que mañana te darán mucho dinero, pero yo, cuando cierro, sé lo que tengo en caja.

Diez días después, te acuerdas, la rabia del despido te llevó a vender una exclusiva con la que ganaste diez mil francos, una fortuna para ti, pero no volviste al restaurante. Sabías que la puerta ya se había quedado cerrada para siempre.

Liza era una maniquí que una noche en que presentaba lencería en un gran hotel de París te llevó a su casa porque le contaste, y era rigurosamente cierto, que no tenías ni un franco para pagar el hotel donde dormías cuando podías en la Rue Mouffetard. Pasaste con ella seis meses en un delicioso estudio que sus padres, gente acomodada de Normandía, le habían regalado.

Fue como la primera vez de cualquiera de aquellas canciones que cantaban Claude François o Johnny Hallyday. Pero pertenecíais a dos mundos muy distintos. Ella se preparaba para dar ese salto a la fama que todas las jovencitas querían dar entonces, hacia uno de esos podios de Miss de Algo. No te gustaban aquellos pingüinos maricones que al cabo de un tiempo cortaron vuestro romance. Y te fuiste. El viejo argelino de la Rue Mouffetard te pegó cuatro gritos porque te habían ido sin avisar y que le habías hecho perder dinero. Pero como tu habitación no la había querido nadie porque los piojos eran los verdaderos inquilinos que se habían acomodado en todos los rincones, te dio un bote de un insecticida para caballos y te dijo que podías seguir viviendo allí. A condición de pagar los cinco francos diarios, claro.

Ni la matanza de piojos te consoló de haber dejado a Liza o más bien de que ella te dejara, porque la verdad es que también se había dado cuenta de que no eras el macho terrible que podía acompañarla en aquella carrera suya que esperaba la llevara hasta Miss Universo. Y casi, casi, lo consigue. Lo hubiese conseguido si no llega a enamorarse de otro chulo cuya capacidad mental se centraba entre las piernas.

La primera vez que tomaste un avión de Cubana Aviación para cubrir un Festival del Nuevo Cine Latinoamericano en La Habana descubriste un país comunista a ritmo de mambo y donde cuando en la radio daban consignas bélicas te parecía escuchar la voz de Pérez Prado. Tampoco cuajaste en aquel régimen en el que el Comandante podía hacer parar cualquier cosa.

Tú, machito europeo, llegaste a la Redacción de Prensa Latina (pl), la única agencia de prensa latinoamericana con posibilidad de conquistar el estatuto de internacional, y pensaste hacer la revolución, tu revolución de blanco anémico. Entonces viste el cuadro en el que el Che Guevara, fundador de PL, sonríe feliz junto a un uruguayo que le ayudó en aquel menester.

Cuando quisiste imponer tus ideas que consistían en “occidentalizar” la prensa cubana, nada menos y nada más, te mandaron parar. Ni hizo falta que saliera el Comandante para decirte que aquello era un país comunista, con tendencias a convertirse en socialista, y que te fueras a buscar jineteras que ya te atenderían.

Le contaste tus cuitas a algunas de las jineteras que entonces hacían guardia delante del Hotel Nacional y que a veces conseguían dar cursos magistrales en el bar, cuya entrada les estaba formalmente prohibida,

Te enamoraste, como de cine, de una compañera, pero aquello duró lo que un rosario rezado en casa de Chango, tu padrino de fuego cruzado.

Ella y tú pasasteis una noche hablando de Jesucristo, el único personaje que a los dos os parecía decente. Por la mañana, tú ya estabas enamorado y ella te miraba con ojos perdidos, pero era de sueño.

Cuando regresaste a Europa volviste a enamorarte y decidiste tener hijos, ellos te vengarían, pensaste con el cretinismo que te aquejaba cada vez que regresabas de La Habana. Años felices, contentos y algo más.

Esta mañana, el agua ya está llena de bañistas, has decidido empezar de nuevo, antes de que todo se vaya al carajo porque estás convencido de que todavía te queda un amor por vivir, el último, pero no sabes dónde y lo malo es que los billetes de avión necesitan un destino. En La Habana saliste escaldado, en Río tuviste una posibilidad que desperdiciaste por cobarde, en Brasilia…, mejor no hablar. Aunque en Bogotá… Y luego en Cartagena de Indias… Sí, pero han pasado muchos años, o por lo menos algunos, y ella anda metida por el Congreso. Peor que la modelo de lencería. Montevideo,… Dejaste abierto un frente que tal vez… Para Buenos Aires ni te cuento.

Llamó un taxi y se fue al aeropuerto, el más cercano y el más ruidoso.

Sin dudarlo se dirigió a una ventanilla y pidió un billete de ida.

Se sentó cómodamente frente al panel de Salidas.

Tres horas después, una empleada, la misma que le había vendido el billete, se le acercó sonriente, ellas siempre sonríen, para decirle que el vuelo estaría a la hora y que su plaza en primera clase estaba confirmada.

El viajero no le contestó. Miraba fijamente el panel de Salidas.

La muchacha comprendió que había que dejarle tranquilo.

El viajero ya se había marchado, calladito, con una sonrisa en los labios. Iba a Ítaca, con escala en Atenas.

Autor entrada: onmagazzine